
Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
La excomunión promulgada por el Papa León XIV contra los obispos ordenantes y recién ordenados por la asociación de San Pío X (SSPX) ha llamado la atención de muchos, dentro como fuera de la jurisdicción de la Iglesia Católica.
Este es un capítulo triste cuya historia comenzó inmediatamente después de la conclusión del Concilio Vaticano II en 1965. En ese momento, el arzobispo Marcel Lefebvre fundó la Sociedad de San Pío X, un grupo que se opuso a muchos de los cambios inaugurados por el Concilio, especialmente en lo que respecta a la liturgia, el ecumenismo, la disciplina eclesiástica y el Desarrollo auténtico de la doctrina.
Durante los siguientes 20 años, hubo un compromiso considerable y diálogo fraternal con el liderazgo de la SSPX, pero fue en vano. El 30 de junio de 1988, el arzobispo Lefebvre ordenó a cuatro obispos sin la aprobación del Papa San Juan Pablo II, quien respondió inmediatamente con un decreto de excomunión. El Santo Padre continuó con la Carta Apostólica “Ecclesia Dei ” que abordaba el grave asunto del cisma provocado por las acciones rebeldes de Lefebvre.
El Papa San Juan Pablo II escribió: “Este acto en sí mismo fue de desobediencia al Pontífice Romano en un asunto muy grave de suma importancia para la unidad de la Iglesia, como la ordenación de obispos, por la cual la sucesión apostólica se perpetúa sacramentalmente. Por lo tanto, tal desobediencia, implica en la práctica el rechazo de la primacía romana, que constituye en un acto cismático.”
También declara enfáticamente: “Deseo hacer un llamamiento solemne y sincero, paternal y fraternal, a todos aquellos que hasta ahora han estado vinculados de diversas maneras al movimiento del arzobispo Lefebvre, para que puedan cumplir con el gran deber de permanecer unidos al Vicario de Cristo en unidad con la Iglesia Católica, y de cesar su apoyo de cualquier manera a ese movimiento. Todos deben ser conscientes que la lealtad al cisma es una grave ofensa contra Dios y conlleva la pena de excomunión decretada por la ley de la Iglesia.”
El Papa San Juan Pablo II siguió su Carta Apostólica en 1988 con una respuesta pastoral e histórica al cisma con la creación de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro. Esta Sociedad Clerical de la Vida Apostólica fue creada como un puente para aquellos que, en buena conciencia, estaban comprometidos con la Misa tradicional en latín, pero al mismo tiempo deseaban permanecer en la Iglesia Católica. En sus propias palabras, “elegimos a San Pedro como nuestro patrón especial para expresar la gratitud, el amor y la lealtad al Sumo Pontífice.” En 1993, el obispo James C. Timlin de la Diócesis de Scranton, Pensilvania, invitó a la Fraternidad a establecer su centro en Norteamérica en la diócesis donde tienen su lugar hasta el día de hoy. La Fraternidad Sacerdotal de San Pedro y la Sociedad de San Pío X no deben confundirse con una sola y misma.
El Papa Benedicto XVI levantó la prohibición de excomunión contra la sociedad de San Pío X en 2009 con la esperanza de que pudieran reconciliarse con la Iglesia Católica al estilo de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro. Como cardenal Ratzinger, el Papa Benedicto había trabajado de cerca con el liderazgo de la Sociedad de San Pío X, y ahora, como Santo Padre, deseaba profundamente sanar la relación fracturada.
Sin embargo, la siguiente generación de liderazgo, siguió el ejemplo de su fundador, el arzobispo Lefebvre, siguiendo, siendo un cuerpo desafiante. Casi 40 años después, el papa León XIV se encuentra en las mismas aguas cismáticas que el papa San Juan Pablo II tuvo que navegar en 1988.
En la mencionada carta apostólica, el Papa San Juan Pablo II expresó su pesar por los intentos fallidos de reconciliación. “Esta aflicción fue especialmente sentida por el Sucesor de Pedro, a quien primero que nada le pertenece la protección de la unidad de la Iglesia.”
Sin duda, este es el mismo dolor del Papa León por esta división más reciente en el Cuerpo de Cristo. Recuerda que su llamado es In illo uno, unum, o En Aquel que es Uno, somos uno.
Incluso más que la mayoría de los papas, el carisma particular del papa León XIV es la unidad de la Iglesia. Como agustino, su escudo papal contiene un corazón atravesado por una flecha que reposa sobre la Biblia. Sin duda, su corazón está herido por las decisiones cismáticas de la SSPX y la excomunión que sigue. Recordemos que, bajo la Palabra de Dios, escuchamos la oración eterna del Señor por la unidad en la Última Cena, “para que todos sean uno.” (Juan 17:21) Esto es vinculante para todos los que son miembros fieles del cuerpo del Señor, la Iglesia.
