Jesus makes us young, new, full of life

Bishop Joseph R. Kopacz

By Bishop Joseph Kopacz
In the fourth Gospel and in his letters the beloved disciple, Saint John, returns repeatedly to his bold proclamation that “God so loved the world that he gave his only Son so that the world might be saved through him.” (John 3,15) As in the Synoptic Gospels of Matthew Mark and Luke the Lord’s death on the Cross is the fulfillment of this eternal love where Saint John portrays the blood and water flowing from the side of the crucified beloved Son of God. These sacred streams became the dual fountains of new life in the Church in the saving waters of Baptism and in the new covenant of his blood each time the Mass is offered and celebrated.
In his document, Christus Vivit, to young people and to the entire people of God, fresh off on the press on March 25, the feast of the Annunciation, Pope Francis boldly proclaims that because God so loved the world, “Jesus Christ is alive, and he wants you to be alive! He is our hope, and in a wonderful way he brings youth to our world, and everything he touches becomes young, new and full of life.” On each sacred occasion when we celebrate the sacraments of Baptism and the Eucharist during the Easter season which began on Easter Sunday and will culminate at Pentecost 50 days later, the Lord Jesus goes about his saving work of making the world young, new and full of life. On the second and third Sundays of this Easter season we proclaimed the resurrection appearances from Saint John that reveal the personal and universal plan of salvation. In the creation story of Genesis God formed man and woman from the earth’s elements and breathed into them the breath of life, and we became living beings. (Genesis Ch. 2)
To the apostles huddled in fear, (J0hn 20,19ff) the risen Lord bathed them in peace and breathed upon them the creative and reconciling love of the Holy Spirit. “As the Father has sent me, so I send you.” In particular the Lord encountered Thomas, broken in spirit and overwhelmed by doubts that had broken the back of his faith. Jesus restored him to life through the touch of his wounds and the sound of his voice.
In last Sunday’s Gospel Jesus appeared to several of the Apostles at the sea of Galilee who had returned to their former lives after the crucifixion, among whom were Peter, Thomas and John. Jesus was waiting for them at the shore after guiding them to another successful catch that could barely be contained – 153 in all. This number represents God’s universal plan to bring the Gospel to all the known nations of that time. From the universal to the personal, now it was Peter’s turn to be reconciled and restored. (John 21,1ff) As they gathered around the fire for breakfast, the memory of the fire in the courtyard had to be weighing on Peter when he vehemently denied that he knew his Savior. Then, it was night. Jesus had gazed at Peter in that moment and remembering the Lord’s prediction at the Last Supper, Peter went out and wept bitterly.
But now it is the dawning of a new day, and with the fire between them for a second time, Jesus gazed on Peter with the warmth of his love and asked three times, “do you love me?” There was no reproach in the words and tone of Jesus to Peter, to Thomas or to any of his apostles for their behavior during the time of his suffering and death, but rather a deep desire to restore them to life in his name in order to launch the Gospel to the ends of the earth. The rest is history.
Peter fulfilled his destiny as the leader of the early Church, and Thomas brought the Good News to the realm of India. God so loves the world that this eternal question is directed to each of us who disciples of his beloved son are. Do we love him? In Christus Vivit Pope Francis quotes the poetic words of Pedro Arrupe, the legendary Jesuit Superior. “Nothing is more practical than finding God, than falling in love in a quite absolute, final way. What you are in love with, what seizes your imagination, will affect everything. It will decide what will get you out of bed in the morning, what you will do with your evenings, how you will spend your weekends, what you read, whom you know, what breaks your heart, and what amazes you with joy and gratitude. Fall in love, stay in love and it will decide everything.” This love for God is possible thanks to the Holy Spirit who raised Jesus from the dead.
Writing nearly three generations after the death and resurrection of Jesus, Saint John ends his gospel with words of enduring love, hope and light for all people for all time. “Now Jesus did many other signs in the presence of his disciples that are not written in this book. But these are written that you might come to believe that Jesus is the Messiah, the Son of God, and that through this belief you may have life in his name.” (John 20, 30-31).

“Dios amó tanto al mundo que dió a su Hijo”

Obispo Joseph R. Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
En el cuarto Evangelio y en sus cartas, el amado discípulo, San Juan, vuelve repetidamente a su audaz proclamación que “Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna “ (Juan 3,15-16).
Como en los evangelios sinópticos de Mateo, Marcos y Lucas, la muerte del Señor en la Cruz es la realización de este amor eterno donde San Juan retrata la escena de la sangre y el agua que fluyen del costado del amado Hijo de Dios crucificado.
Estos dos torrentes sagrados se convirtieron en las fuentes duales de una nueva vida en la Iglesia, en las aguas salvadoras del Bautismo y en el nuevo pacto a través de su sangre, cada vez que se celebra la Misa.
En su documento, Christus Vivit , a los jóvenes y al pueblo de Dios, recién publicado en la prensa el 25 de marzo en la fiesta de la Anunciación, el Papa Francisco proclama valientemente que debido a que Dios amó al mundo, “…Jesucristo está vivo, y Él quiere que estés vivo! Él es nuestra esperanza, y de una manera maravillosa trae jóvenes a nuestro mundo, y todo lo que Él toca se vuelve joven, nuevo y lleno de vida”.
En cada ocasión sagrada, cuando celebramos los sacramentos del Bautismo y la Eucaristía durante la temporada de Pascua, que comenzó el domingo de Pascua y culminará en Pentecostés, 50 días después, el Señor Jesús se ocupa de salvar al mundo joven, nuevo y lleno de vida.
En el segundo y tercer domingo de esta temporada de Pascua, proclamamos las apariciones de resurrección de San Juan que revelan el plan personal y universal de salvación.
En la historia de la creación de Génesis, Dios formó al hombre y la mujer a partir de los elementos de la tierra y sopló en ellos el aliento de la vida, y nos convertimos en seres vivos. (Génesis Capítulo 2). A los apóstoles acurrucados de miedo, (Juan 20,19 en adelante) el Señor resucitado los bañó en paz y les dio el amor creativo y reconciliador del Espíritu Santo. “Como el Padre me envió, también yo os envío”. En particular, el Señor se encontró con Tomás con el espíritu indispuesto y abrumado por las dudas que habían roto la columna de su fe. Jesús lo devolvió a la vida a través del toque de sus heridas y con el sonido de su voz.
En el Evangelio del domingo pasado, Jesús se apareció a varios de los apóstoles en el mar de Galilea, adonde habían regresado a sus vidas anteriores después de la crucifixión, entre los cuales se encontraban Pedro, Tomás y Juan.
Jesús los estaba esperando en la orilla después de guiarlos a otra captura exitosa que apenas podía contener 153 en total. Este número representa el plan universal de Dios para llevar el Evangelio a todas las naciones conocidas de ese tiempo. De lo universal a lo personal, ahora fue el turno de Pedro de reconciliarse y restaurarse. (Juan 21,1 y en adelante).
Mientras se reunían alrededor del fuego para desayunar, la llama debió traer a Pedro el recuerdo de cuando negó con vehemencia que conocía a su Salvador. Entonces, era de noche. Jesús había mirado a Pedro en ese momento y recordando la predicción del Señor en la última cena, Pedro salió y lloró amargamente. Pero ahora es el amanecer de un nuevo día, y con el fuego entre ellos por segunda vez, Jesús miró a Pedro con la calidez de su amor y le preguntó tres veces: “¿Me amas?” No hubo reproche en sus palabras ni en el tono de Jesús a Pedro, a Tomás o a cualquiera de sus apóstoles por su comportamiento durante el tiempo de su sufrimiento y muerte, sino más bien un profundo deseo de devolverles la vida en su nombre para lanzar el Evangelio hasta el fin de la tierra.
El resto es historia. Pedro cumplió su destino como líder de la Iglesia primitiva, y Tomás trajo la Buena Nueva al reino de la India. Dios ama tanto al mundo que esta pregunta eterna está dirigida a cada uno de nosotros, discípulos de su hijo amado. ¿Lo amamos?
En Christus Vivit, el Papa Francisco cita las palabras poéticas de Pedro Arrupe, el legendario Superior jesuita. “ ¡Enamórate! (o déjate enamorar), porque «nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera”Este amor por Dios es posible gracias al Espíritu Santo que resucitó a Jesús de entre los muertos.
Escribiendo casi tres generaciones después de la muerte y resurrección de Jesús, San Juan termina su evangelio con palabras de amor perdurable, esperanza y luz para todas las personas y por siempre. “Jesús hizo muchas otras señales milagrosas delante de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de Él.”(Juan 20, 30-31).

Homilia de la Misa Crismal 2019

Por Obispo Joseph Kopacz
Desde el párrafo inicial de la Exhortación postsinodal a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios, titulada Christus Vivit, leemos palabras alegres del Papa Francisco que promueven la obra del Señor en nuestro mundo moderno y que están en armonía con el evangelio proclamado en nuestra Misa Crismal.
El Papa Francisco escribe: “¡Cristo está vivo! Él es nuestra esperanza, y de una manera maravillosa trae juventud a nuestro mundo, y todo lo que toca se vuelve joven, nuevo, lleno de vida. Las primeras palabras, entonces, que me gustaría decir a cada joven cristiano (y a todo el pueblo de Dios) son estas. ¡Cristo está vivo y quiere que estés vivo! “
Las primeras palabras que Jesús escogió para hablar en su ministerio público, según San Lucas, proclaman frescura y esperanza divinas “ El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungí para proclamar buenas nuevas a los pobres. Él me ha enviado a proclamar la libertad a los cautivos, recuperar la vista a los ciegos, a liberar a los cautivos, y a anunciar un año de favor del Señor.” Sabemos que esta es la intención para todas las personas, de parte de Dios y del Verbo hecho carne, Jesucristo a través de sus innumerables acciones y palabras durante su ministerio público.
Recordamos las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan Capítulo 10 sobre el Buen Pastor:
“He venido para que tengas vida y la tengas en abundancia”. En la plenitud de los tiempos, la acción y las palabras del Señor Jesús alcanzaron su cumplimiento en su pasión y muerte en la Cruz, tan poderosamente proclamadas del Evangelio de Lucas en el pasado domingo de Ramos.
Las innumerables unciones con los aceites que siguieron a lo largo de la diócesis, después de bendecidos y consagrados en nuestra liturgia, tienen origen y propósito en la sangre, el agua y las palabras que brotaron del corazón de Jesús en la Cruz: el perdón a los torturadores romanos, los conspiradores judíos, para toda la multitud que estuvo abucheando, la esperanza para el ladrón arrepentido, y en última instancia, la fe y la aceptación de la voluntad de Dios.
Aunque la Iglesia y nuestra propia diócesis están conmocionadas por la crisis de abuso sexual que desestabiliza, y para algunos, destruye el precioso don de la fe en el Señor Jesús y en el Cuerpo de Creyentes que él fundó, todavía quedan muchos canales de la gracia de Dios que pueden generar un Año de Favor del Señor.
En primer lugar, el Espíritu del Señor está sobre nosotros para producir buenas noticias para todos aquellos que viven con la carga del abuso sexual, las víctimas y las familias, la libertad para las víctimas esclavizadas por ataques contra su dignidad, justicia, sanación y recuperación de la vista para los ciegos ante crímenes contra la inocencia. En nuestro tiempo, entre todas las buenas obras apremiantes de la Iglesia, esta tarea siempre está delante de nosotros.
En la última semana, el papa emérito Benedicto XVI emitió la declaración “La Iglesia y el escándalo del abuso sexual”. En la introducción él dice” Como yo mismo había servido como Pastor de la Iglesia en el momento del estallido público de la crisis, tuve que preguntarme, como emérito, qué podría aportar a un nuevo comienzo “En medio de su reflexión de 6000 palabras, Benedicto enseña “Solo la obediencia y el amor al Señor Jesucristo pueden señalar el camino”, y él pregunta, “¿qué quiere el Señor?”
“El Señor ha iniciado una narrativa de amor con nosotros y quiere sumir toda la creación en ella. La fuerza contraria al mal, que nos amenaza a nosotros y al mundo entero, en última instancia, puede consistir únicamente en nuestra entrada en este amor. Es la verdadera contrafuerza contra el mal. El poder del mal surge de nuestra negativa a amar a Dios. El que confía en el amor de Dios es redimido … “” …Todo se vuelve diferente si uno presenta a Dios, no deja a Dios en segundo plano, sino que reconoce a Dios como el centro de nuestros pensamientos, palabras y acciones. En Jesucristo, Dios habla con nosotros, vive con nosotros, sufre con nosotros y murió por nosotros. Si esto es solo una cuestión de palabras, corremos el riesgo de convertirnos en maestros de la fe, en lugar de ser renovados y dominados por la fe “.
Cuando amamos al Señor, abrazamos su Misión para ser la Buena Nueva, para ser un pueblo del pan y el vino, su cuerpo y sangre, de la Palabra y de los sacramentos, de los aceites de alegría, catecúmenos, enfermos, crisma para ser un pueblo de toalla y agua en servicio amoroso.
Nuestra visión católica de la vida es sacramental y llena de esperanza, para todas las personas y el sacerdote, sirve de manera única en el centro de la vida crucificada y resucitada del Señor. Pero como Benedicto afirma con elocuencia, no solo somos llamados a ser dueños de nuestra tradición de fe; El Señor exige que seamos renovados y dominados por la fe.
Todos los sacerdotes reunidos en la Misa Crismal renovaron sus votos en unión entre ellos, el obispo y con todo el pueblo de Dios para volver a comprometerse con un Año del Favor como instrumentos y canales de la presencia y promesas de Dios, para ser dominados por la fe. A través del sacramento de la ordenación, el Dios viviente los ha apartado para la obra de salvación, para ser ministros de reconciliación y embajadores de su amado Hijo, Jesucristo, haciendo presente al Señor sacramentalmente y en un servicio amoroso y fiel.
En otras palabras, el sacerdocio es un gran don en la Iglesia y en el mundo. Todos aquí les agradecen por su compromiso con el Señor y por su trabajo en la Iglesia por la salvación de todos.
También quiero agradecer a todos los demás líderes en el Cuerpo de Cristo a través de la Diócesis de Jackson, presentes aquí y en espíritu. Usted está activamente involucrado en la Buena Nueva de Jesucristo en nuestra Cancillería, en nuestras parroquias, en Caridades Católicas, en nuestras escuelas, en la atención médica y en una variedad de otros ministerios.
Quiero felicitar a sus ministerios con las palabras de la hermana Thea Bowman, Sierva de Dios, cuya vida y causa de canonización son la narrativa de amor en las palabras de Benedicto, la increíble dedicación de una generación a otra en nuestra diócesis. Hermana Thea dijo:
“Me sentí atraída a examinar y aceptar la fe católica por el testimonio cotidiano de los cristianos católicos que primero me amaron y luego compartieron conmigo su historia, sus valores, sus creencias; quien me amó primero, luego me invitó a compartir con ellos en comunidad, oración y misión. De niña no reconocí la evangelización en el trabajo en mi vida. Reconocí el amor, el servicio, la comunidad, la oración y la fe“.
Gracias por su servicio en la obra de salvación, como siervos de Dios. El viaje de Thea en el camino hacia la canonización refleja la evangelización y el servicio son la sal y la luz de nuestra generación.
Hoy y especialmente en la Pascua nos regocijamos con el Papa Francisco: Christus Vivit. De hecho, resucitado de entre los muertos, Jesucristo vive, y se aparece a muchos en cada generación cuando nosotros, sus discípulos, recibimos y vivimos la Buena Nueva.

Christ is alive and wants you to be alive

By Bishop Joseph Kopacz
(Editor’s note: In lieu of a column this week, Bishop Kopacz offers his homily from the chrism Mass.)
From the opening paragraph in the Post-Synodal Exhortation to young people and to the entire people of God, entitled Christus Vivit, we read the joyful words of Pope Francis which further the work of the Lord in our modern world and are in harmony with the Gospel just proclaimed at our annual Chrism Mass. Pope Francis writes: “Christ is alive! He is our hope, and in a wonderful way he brings youthfulness to our world, and everything he touches becomes young, new, full of life. The very first words, then, that I would like to say to every young Christian (and to the entire people of God) are these. Christ is alive and he wants you to be alive!” The very first words that Jesus chose to speak in his public ministry as recorded by Saint Luke proclaim divine freshness and hope. “The spirit of the Lord is upon me, because he has anointed me to proclaim good news to the poor. He has sent me to proclaim liberty to the captives and recovery of sight to the blind, to set captives free, to announce a year of favor from the Lord.”
We know that this is God’s intention for all people in the Word made Flesh, Jesus Christ, through his countless actions and words during his public ministry. We recall the words of Jesus from Chapter 10 in John’s Gospel in the Good Shepherd narrative:
“I have come that you may have life and have it more abundantly.”
In the fullness of time the action and words of the Lord Jesus reached their fulfillment in his life-giving passion and death on the Cross so mightily proclaimed from Luke’s Gospel on Palm Sunday two days ago. The countless anointings with the oils which will follow throughout the diocese after their blessing and consecration in our liturgy have their origin and purpose in the blood, water, and words that flowed from the heart of Jesus on the Cross: forgiveness to the Roman torturers, the Jewish conspirators, and to the jeering mob: hope to the repentant thief, and ultimately faith and acceptance of God’s will.
Although the Church and our own diocese are shaken by the sexual abuse crisis that unsettles, and for some, destroys the precious gift of faith in the Lord Jesus and in the Body of Believers that he founded, there remain many channels of God’s grace that can converge to generate a Year of Favor from the Lord. First and foremost, the Spirit of the Lord is upon us to produce good news for those living with the burden of sexual abuse, victims and families, liberty to victims enslaved by such assaults against their dignity; justice, healing and restored sight to those blinded by such crimes against innocence. Among all the pressing good works of the Church, this task is ever before us in our time.
Within the last week Emeritus Pope Benedict released a statement addressing, “The Church and the Scandal of Sexual Abuse.” In the introduction he states: Since I myself had served as Shepherd of the Church at the time of the public outbreak of the crisis, I had to ask myself, as emeritus, what I could contribute to a new beginning.” In the middle of his 6000-word reflection Benedict teaches: “Only obedience and love for the Lord Jesus Christ can point the way, and he asks, so what does the Lord want?”
“The Lord has initiated a narrative of love with us and wants to subsume all creation in it. The counterforce of evil, which threatens us and the whole world, can ultimately only consist in our entering into this love. It is the real counterforce against evil. The power of evil arises from our refusal to love God. The one who entrusts him or herself to the love of God is redeemed…”
“Everything becomes different if one presents God, not leaving God in the background, but recognizing God as the center of our thoughts, words and actions. In Jesus Christ, God speaks with us, lives with us, suffers with us, and died for us. If this is only a matter of words, we run the risk of becoming masters of faith, instead of being renewed and mastered by faith.”
When we love the Lord, we embrace his Mission to be the Good News, to be a people of the bread and wine, his body and blood, of the Word and the sacraments, of the oils of gladness, catechumens, the sick, chrism, and to be a people of the towel and water regarding loving service. Our Catholic vision of life is sacramental and hope-filled for all people and the priest uniquely stands and serves in the center of the Lord’s crucified and resurrected life. But as Benedict eloquently states, not only are we called to be masters of our tradition of faith; the Lord demands that we are being renewed and mastered by faith. Shortly, all the priests gathered today will renew their vows in union with one another, the bishop, and the people of God to recommit themselves to a Year of Favor as instruments and channels of God’s presence and promises, to be mastered by faith.
Through the sacrament of ordination, the living God has set them apart for the work of salvation, to be ministers of reconciliation and ambassadors for his beloved Son, Jesus Christ, making the Lord present sacramentally and in faithful loving service. In other words, the priesthood is a great gift in the Church and in the world. Everyone here thanks you for your commitment to the Lord and for your work in the Church for the salvation of all. (Applause)
Before the renewal of priestly vows, I also want to thank all other leadership in the Body of Christ throughout the Diocese of Jackson, present and here in spirit. You are actively engaged in the Good News of Jesus Christ in our Chancery, in our parishes, at Catholic Charities, in our schools, in health care and in a variety of other ministries. I want to commend your ministries with the words of Sister Thea Bowman, Servant of God, whose life and cause for canonization are the narrative of love in the words of Benedict, the incredible dedication from one generation to the next in our diocese. Sister Thea:
“I was drawn to examine and accept the Catholic faith because of the day-to-day lived witness of Catholic Christians who first loved me, then shared with me their story, their values, their beliefs; who first loved me, then invited me to share with them in community, prayer and mission. As a child I did not recognize evangelization at work in my life. I did recognize love, service, community, prayer and faith.”
Thank you for your service in the work of salvation, as servants of God. Thea’s journey on the road to canonization reflects the evangelization and service that are the salt and light of our generation. Today and especially at Easter we rejoice with Pope Francis: Christus Vivit. Indeed, raised from the dead, Jesus Christ does live, and he appears to many in every generation when we, his disciples, receive and live the Good News.

Reconciling love of God breaks through on Holy Week

By Bishop Joseph Kopacz
As Holy Week commences, we relive the biblical divine drama each year when the light shines in the darkness and the passion, death and resurrection of the Son of God scatters the darkness of sin and death and all its shadows. The Gospel of Luke set the stage on the First Sunday of Lent when the tempter, the enemy, waged an all-out campaign against God’s beloved, he whose identity was revealed at his Baptism, who endured hunger and solitude for 40 days, and who confirmed his full humanity and divinity in the face of potentially ruinous temptations.

Bishop Joseph R. Kopacz

In that moment, Saint Luke alerts us to remain vigilant, because although vanquished, the tempter lurks and awaits another opportunity. The enemy returns in the encounter we know as the Agony in the Garden of Gethsemane when the full force of the impending crucifixion assails Jesus. Fully human and fully divine, an inexhaustible mystery, Jesus of Nazareth sweats drops of blood and is tempted to seek another way, but in the fullness of his communion with the Father, he accepted the divine will.
From the blood splattered ground Jesus arose to walk purposely into the passion which he foretold on several occasions during his pubic ministry. He moved with the same resolve, impelled by the same Holy Spirit who drove him into his public ministry following the desert combat. For Catholics and for many Christians the divine action of salvation is compressed into the proclamation of the passion on Palm Sunday weekend. Most do not partake of the Triduum during Holy Week, but the faith-filled commemoration of the passion and death of the Lord prepares the faithful to celebrate his resurrection on Easter, and to renew the promises of Baptism.
This weekend ahead, when the passion narrative from Luke’s Gospel takes root and remains alive in our hearts and minds, and when the palm is prominent in the home as a blessed reminder of whom we adore, then Jesus Christ will be alive wherever we are.
The world needs to hear the compassionate and reconciling words of the Lord from the Cross from Luke’s passion account, poured out with his precious blood. To those who crucified Jesus we hear, “Father, forgive them for they know not what they do.” Likewise, with the repentant thief we are remembered by God, now and forever. “From this day forward, you are with me in paradise.” At the moment of death, Jesus seals his sacrifice on the Cross with these words to his beloved Father. “Into your hands I commend my spirit.” Ultimate faith and hope in eternal life and renewal in forgiveness, are the way forward in Holy Week and the royal road for a lifetime.
In the Church and in society the Lord wants to pour out his reconciling love upon, the violent, the hardened of heart, the repentant, and those approaching death. This eternal love of God is evident during the passion and from the Cross, and in all of the resurrection appearances. “In the tender compassion of our God the dawn from on high breaks upon to shine on those who dwell in darkness and the shadow of death and to guide our feet in the way of peace.” (Luke 1,78-79)
It is only the crucified love of the Lord that can scatter the darkness in the Church from the scandal of sexual abuse, the lust for religious power, the suffering of the victims, and the brokenness in families and Church communities. Just like the apostles huddled in fear in the Gospel of John in the vacuum between the crucifixion and resurrection, the Lord appears to us to show us his wounds, to forgive our sins, to grant us peace, to breathe into us the Holy Spirit of God, and to renew us in our mission to make disciples of all the nations.
Many are scattered in our time because of the scandals, as were the apostles of the Lord after the scandal of the Cross, mired in fear, anger, doubt, shame and grief, but the crucified and risen Lord is with us always to rebuild and restore his Church for her sacred mission so that even the gates of hell will not prevail before the divine presence. The seeds of healing and hope are already growing and flowering, and the oils of salvation are will be flowing at the Easter Vigil and throughout the year. May the precious blood and life-giving words of the Lord from the Cross, followed by his Holy Spirit, raise us up, grant us peace, and make us busy about the Lord’s work in our families, communities of faith, and in our society.
“Hosanna in the Highest! Blessed is the one who comes in the name of the Lord, Hosanna in the Highest!”

Semana Santa: Fe. Esperanza. Perdon

Por Obispo Joseph Kopacz
Cuando comienza la Semana Santa, revivimos cada año el drama bíblico divino de la luz brillando en la oscuridad y donde la pasión, muerte y resurrección del Hijo de Dios dispersan la oscuridad del pecado, la muerte y todas sus sombras.
El Evangelio de Lucas, el primer domingo de Cuaresma, preparó el escenario cuando el tentador, el enemigo, emprendió una campaña total contra el amado de Dios, cuya identidad fue revelada en su Bautismo; en contra de aquel que soportó el hambre y la soledad durante 40 días, y quien confirmó su plena humanidad y divinidad frente a las tentaciones potencialmente ruinosas.

Obispo Joseph R. Kopacz


En ese momento, San Lucas nos alerta a permanecer vigilantes porque, aún vencido, el tentador se esconde y espera otra oportunidad. El enemigo regresa al encuentro con toda fuerza, en lo que conocemos como la Agonía en el Jardín de Getsemaní, para impedir la inminente crucifixión y asalta a Jesús.
Completamente humano y completamente divino, un misterio inagotable, Jesús de Nazaret suda gotas de sangre y es tentado a buscar otro camino, pero en la totalidad de su comunión con el Padre, Jesús aceptó la voluntad divina.
Sobre el terreno salpicado de sangre, se levantó Jesús, para caminar deliberadamente hacia la pasión que había predicho en varias ocasiones durante todo su ministerio púbico. Se movió con la misma resolución, impulsado por el mismo Espíritu Santo que lo llevó a su ministerio público después del combate en el desierto.
Para los católicos y para muchos cristianos, la acción divina de la salvación se resume en la proclamación de la pasión hecha el fin de semana del Domingo de Ramos.
La mayoría no participa del Triduo durante la Semana Santa, pero la conmemoración de la pasión y muerte del Señor, llena de fe, prepara a los fieles a celebrar su resurrección en la Pascua y a renovar las promesas del Bautismo.
Este fin de semana se acerca, y es cuando la narración de la pasión del Evangelio de Lucas echa raíces para que permanezca viva en nuestros corazones y mentes; es cuando la palma ocupa un lugar importante en el hogar, como un recordatorio bendito de aquel a quién adoramos; y es cuando Jesucristo estará vivo dondequiera que estemos.
El mundo necesita escuchar las palabras compasivas y reconciliadoras del Señor desde la Cruz, en la historia de la pasión narrada por Lucas, palabras dichas a los que crucificaron a Jesús, derramadas como su sangre preciosa, y donde escuchamos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Asimismo, como el ladrón arrepentido, somos recordados por Dios, ahora y por siempre. “Te aseguro, que hoy estarás conmigo en el paraíso”. En el momento de la muerte, Jesús sella su sacrificio en la Cruz con estas palabras a su amado Padre. “En tus manos encomiendo mi espíritu”.
La fe y la esperanza supremas en la vida eterna y la renovación por el perdón son el camino a seguir en la Semana Santa y el camino real para toda la vida.
En la Iglesia y en la sociedad, el Señor quiere derramar su amor reconciliador al violento, al del corazón endurecido, al arrepentido y a los que se acercan a la muerte.
Este amor eterno de Dios es evidente durante la pasión y desde la Cruz, y en todas las apariciones después de la resurrección. “Porque nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae de lo alto el sol de un nuevo día, para dar luz a los que viven en la más profunda oscuridad, y dirigir nuestros pasos por el camino de la paz”. (Luke 1,78-79)
Es solo el amor crucificado del Señor que puede dispersar la oscuridad en la Iglesia, por el escándalo del abuso sexual, la lujuria por el poder religioso, el sufrimiento de las víctimas y el quebrantamiento de las familias y las comunidades de la Iglesia.

Así como los apóstoles se recogieron temerosos, según el Evangelio de Juan, en el vacío entre la crucifixión y la resurrección, el Señor se nos aparece para mostrarnos sus heridas, para perdonar nuestros pecados, para darnos paz, para exhalar en nosotros el Espíritu Santo de Dios, y para renovarnos en nuestra misión de hacer discípulos en todas las naciones.
Muchos, en nuestro tiempo, están dispersos a causa de los escándalos, así como lo estuvieron los apóstoles del Señor después del escándalo de la Cruz, sumidos en el miedo, la ira, la duda, la vergüenza y el dolor, pero el Señor crucificado y resucitado está siempre con nosotros para reconstruir y restaurar a su Iglesia para su misión sagrada, para que incluso las puertas del infierno no prevalezcan ante la presencia divina.
Las semillas de la sanación y la esperanza ya están creciendo y floreciendo, y los aceites de la salvación fluirán en la Vigilia Pascual y durante todo el año.
Que la sangre preciosa y las palabras de vida del Señor desde la Cruz, acompañadas por su Espíritu Santo, nos levanten, nos concedan paz y nos hagan realizar la obra del Señor en nuestras familias, comunidades de fe y en nuestra sociedad.
“¡Hosanna en las alturas!
¡Bienaventurado el que viene en nombre del Señor!,
¡Hosanna en las alturas!

Los antiguos santos ofrecen orientación, esperanza durante las pruebas modernas

Obispo Joseph R. Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
De muchas y variadas formas, invocamos las intercesiones de los santos en nuestra oración, con una devoción singular a través de María, la madre de nuestro Señor Jesucristo.
A principios de esta semana publicamos los nombres de sacerdotes, hermanos religiosos y diáconos que fueron acusados creíblemente de abuso sexual de menores. Al mismo tiempo, tres santos especiales, faros de esperanza para nuestros tiempos difíciles, convergieron en nuestro calendario litúrgico: San Patricio (17 de marzo), San Cirilo de Jerusalén (18 de marzo) y San José (19 de marzo).
San José es el santo patrón de la Iglesia Universal debido a su singular vocación en el plan de salvación de Dios como el esposo de María y el padre adoptivo de Jesús. San Juan Pablo II, hace casi 30 años, el 15 de agosto de 1989, bendijo a la iglesia universal en su Exhortación apostólica, Redemptoris Custos, un documento sobre San José como el Guardián del Redentor.
Elegimos su fiesta, el 19 de marzo, para divulgar los nombres de los clérigos acusados creíblemente del abuso sexual de menores con la intención especial de que este guardián del Redentor y patrón de la Iglesia Universal pueda renovarnos en nuestro cuidado por los miembros de la Iglesia, la familia de Dios, el Cuerpo de Cristo.
En las palabras y pensamiento de san Juan Pablo II leemos. “San José fue llamado por Dios para servir a la persona y la misión de Jesús directamente a través del ejercicio de su paternidad. Es precisamente de esta manera que, como enseña la liturgia de la Iglesia, cooperó en la plenitud del tiempo en el gran misterio de la salvación y es verdaderamente un ‘ministro de la salvación’. Su paternidad se expresa concretamente en haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la Encarnación y a la misión redentora relacionada con él”.
Debajo de esta luz, oramos para que todos los ordenados para el servicio en la iglesia puedan dedicar sus vidas como un sacrificio al misterio de la Encarnación, la Palabra hecha carne, el Redentor. San José, ora pro nobis.
El 18 de marzo celebramos la fiesta de San Cirilo de Jerusalén, no muy conocida en la corte celestial canonizada, pero a quien la tradición conoce como un gran evangelizador y catequista. Le confiamos a todos los catecúmenos y candidatos que buscan estar en plena comunión con la Iglesia Católica.
En el primer domingo de Cuaresma en todo el mundo católico, la Iglesia Universal en el Rito de la Elección convocó por nombre a aquellos que se encuentran en este viaje hacia la plena comunión en la Vigilia Pascual.
La alegría y la esperanza resonaron en toda la iglesia de San Francisco de Asís en Madison hace dos semanas cuando se proclamaron los nombres de los elegidos y los candidatos. Por otro lado, a principios de esta semana publicamos los nombres de todos los clérigos acusados de manera creíble que prestaron servicios en la Diócesis de Jackson desde 1924.
Por supuesto, esta lista evoca una serie de sentimientos negativos en su mayor parte. Sin embargo, no exclusivamente, porque muchos experimentan una sensación de alivio y oran para que comience un nuevo día que permitirá a la Iglesia avanzar en la verdad y la esperanza.
Esta no es una acción punitiva por parte de la Iglesia contra aquellos que han ofendido. Más bien, la declaración pública se hace por el bien de la transparencia, el restablecimiento de la confianza y especialmente para la curación de las víctimas, sus familias y la iglesia. San Cirilo de Jerusalén, ora pro nobis.
El 17 de marzo, la Iglesia Universal no pudo celebrar la fiesta de San Patricio porque aterrizó el segundo domingo de Cuaresma. (Sin embargo, para el desfile y los devotos de la fiesta, el sábado 16 estuvo bien.) Todos los alborotos y las festividades, una excelente manera de marcar la transición del invierno a la primavera en el hemisferio norte, pueden eclipsar fácilmente a los asombrosos espirituales y terrenales. Logros vinculados de este gran santo.
No hay suficiente espacio en un periódico, y mucho menos en una columna para registrarlos todos, pero uno en particular es sobresaliente, ya que la Iglesia Católica se esfuerza por reconciliar las heridas y superar el escándalo de los problemas de abuso sexual.
Durante la vida de San Patricio, la era cristiana naciente en Irlanda erradicó el comercio bárbaro de la trata de personas de los celtas paganos. Desarrollaron el mismo sistema de destrucción humana que impulsó el comercio de esclavos de África, que ahora se presenta en el Museo de Derechos Civiles de Mississippi.
La Iglesia, especialmente en las últimas décadas, se ha comprometido a erradicar el flagelo del abuso sexual, y hasta la fecha la marea está cambiando. Con San Patricio como nuestra guía, podemos redoblar nuestros esfuerzos para erradicar el pecado bárbaro del abuso sexual.
San Patricio, ora, pro nobis.
Aunque los lamentos marcan todos los rincones de esta edición del periódico Mississippi Catholic, las semillas de la verdad, la compasión, la justicia y la sanación ya están plantadas y traen una nueva primavera a toda nuestra diócesis.
Que el llamado del Señor para la conversión no caiga en oídos sordos durante este tiempo de Cuaresma, ahora y siempre.

Ancient Saints offer guidance, hope during modern trials

Bishop Joseph R. Kopacz

By Bishop Joseph Kopacz
In many and varied ways we call upon the intercessions of the saints in our prayer, with a singular devotion through Mary, the mother of our Lord, Jesus Christ. Earlier this week we released the names of priests, religious brothers and deacon who have been credibly accused of the sexual abuse of minors. At the same time three special saints, beacons of hope for our troubled times, converged on our liturgical calendar: Saint Patrick (March 17), Saint Cyril of Jerusalem (March 18) and Saint Joseph (March 19).
Saint Joseph is the patron saint of the Universal Church due to his singular vocation in God’s plan of salvation as the husband of Mary and the foster father of Jesus. Saint John Paul II, nearly 30 years ago on August 15, 1989, blessed the universal church with his Apostolic Exhortation, Redemptoris Custos, a document on Saint Joseph as the Guardian of the Redeemer. We chose his feast day, March 19, to release the names of clerics credibly accused of the sexual abuse of minors with the special intention that this guardian of the Redeemer and patron of the Universal Church may renew us in our care for the members of the family of God, the Body of Christ.
In the words and thought of Saint John Paul II we read. “Saint Joseph was called by God to serve the person and mission of Jesus directly through the exercise of his fatherhood. It is precisely in this way that, as the Church’s Liturgy teaches, he cooperated in the fullness of time in the great mystery of salvation and is truly a “minister of salvation.” His fatherhood is expressed concretely in his having made his life a service, a sacrifice to the mystery of the Incarnation and to the redemptive mission connected with it.”
In this light we pray that all ordained for service in the church may dedicate their lives as a sacrifice to the mystery of the Incarnation, the Word made flesh, the Redeemer.
Saint Joseph, ora pro nobis.
On March 18 we celebrated the feast of Saint Cyril of Jerusalem, not well known in the canonized celestial cohort, but whom tradition knows as a great evangelizer and catechist. We entrust to him all catechumens and candidates who seek to be in full communion with the Catholic Church.
On the first Sunday in Lent throughout the Catholic world the Universal Church in the Rite of Election called by name those who are on this journey to full communion at the Easter Vigil. Joy and hope resounded throughout Saint Francis of Assisi Church in Madison two weeks ago when the names of the elect and the candidates were proclaimed. On the other hand, earlier this week we posted the names of all credibly accused clerics who served in the Diocese of Jackson going back to 1924.
Of course, this roll call evokes a range of negative feelings for the most part. Yet, not exclusively, because many are experiencing a sense of relief and pray that a new day is dawning that will allow the Church to move forward in truth and hope. This is not a punitive action on the part of the Church against those who have offended. Rather, the public statement is done for the sake of transparency, the restoration of trust and especially for the healing of victims, their families and the church.
Saint Cyril of Jerusalem, ora pro nobis.
On March 17, the Universal Church could not celebrate the feast of Saint Patrick because it landed on the second Sunday of Lent. (However, for the parade and party devotees Saturday the 16th was just fine.) All of the hoopla and festivities, a great way to mark the transition from winter to spring in the Northern Hemisphere, can too easily overshadow the astonishing spiritual and earth-bound accomplishments of this great saint. There is not enough space in a newspaper, let alone a column to log them all, but one in particular is outstanding as the Catholic Church labors to reconcile the wounds and overcome the scandal of the sexual abuse troubles.
Within the lifetime of Saint Patrick, the nascent Christian era in Ireland eradicated the barbaric human trafficking trade of the pagan Celtic people. They had developed the same system of human destruction that powered the African slave trade which is now featured in the Mississippi Civil Rights Museum. The Church, in recent decades especially, has committed herself to eradicating the scourge of sexual abuse, and to date the tide is turning. With Saint Patrick as our guide, may we redouble our efforts to eradicate the barbaric sin of sexual abuse.
Saint Patrick, ora, pro nobis.
Although lamentation marks every corner of this edition of the Mississippi Catholic the seeds of truth, compassion, justice and healing are already planted and bringing about a new spring throughout our diocese. May the call of the Lord for conversion not fall upon deaf ears during this Lenten season and always.

Conversion: all things possible with God

Bishop Joseph R. Kopacz

By Bishop Joseph Kopacz
The demand for conversion resounds throughout the Catholic Church this Lent as we dig even deeper to uproot the evil of child sexual abuse and its accompanying demon of abuse of power by Church leadership. Although conversion or metanoia can be painfully slow whether in the life of an individual or in an institution, truth and the demand for justice and mercy compel us in this historical moment to know that nothing is impossible with God (Luke 1,37). The Good News of Jesus Christ cannot be a beacon of hope for the world unless the light of the Gospel transforms the Church.
During this Lent and always I give thanks to all who have a deep love for the Church, the Body of Christ, and who want to see a season of refreshment, but who understand that this is not a matter of cheap grace, in the words of Dietrich Bonhoeffer. Saint Peter in the proclamation of the Kerygma on that first Pentecost points out the way for every generation. “Repent, therefore, and be converted, that your sins may be wiped away, and that the Lord may grant you times of refreshment” (Acts 3,19). May we never grow weary of accompanying those who carry the unjust burden of sexual abuse experienced in our Church communities especially, but also encouraging hope and healing to those have are suffering from this scourge wherever its source.
On Ash Wednesday we were signed with the ashes of repentance, the path of prayer, fasting and almsgiving. These three pillars, set in the soil of the Word of God and the Eucharist, the body and blood of the Lord poured out for us, are the lamps for our feet during the sacred season of Lent, but truly, for every season of every year as a way of life. It is easy to compartmentalize these fundamentals of our faith, with a light meal on Friday, a quick prayer in the morning or a painless check made out on a Sunday. Let us thank God for those breakthrough moments in our lives that bring us to our knees, that create deep hungers, and force us to rely on the generosity of others.
When I traveled in India recently for two weeks, there were obvious signs of poverty and desperation, as you might imagine, as well as the selfless Gospel dedication of ordained, professed and lay disciples. In southern India one of the priests was recalling the immediate aftermath of the severe flooding last year. Rich and poor were washed out their homes and forced to find temporary housing, together. Some of the wealthy were ashamed of this sudden deprivation and hid behind the screens in the daily distribution of the bread hoping to go unnoticed. Gradually, they came out of isolation and today are some of the largest benefactors toward the ministry of serving the abandoned. Often, it takes a crisis to unshackle a deeper experience of our common humanity which the veneer of social strata too easily obscure.
Each of us have our favorite scripture passages that can keep us on the path for the spiritual marathon ahead. Two verses in particular speak to my heart as well as to the heart of the Church in our day. Saint Paul encourages us in our Lenten discipline as he encouraged Timothy. “For God did not give us a spirit of cowardice, but rather of power and love and self-control. So do not be ashamed of your testimony to our Lord.” (2Timothy 1,7-8). Each of us as individuals and families can apply the three pillars of prayer, fasting and almsgiving at work in Saint Paul’s words.
Also, as a Church, with Saint Paul, we know that we are at the service of God’s Kingdom in this world. “So do not let your good be reviled. For the Kingdom of God is not a matter of food and drink, but of righteousness, peace and joy in the Holy Spirit. Whoever serves Christ in this way is pleasing to God and approved by others. Let us then pursue what leads to peace and to building up one another.” (Romans 14, 16-19) In this spirit we can rebuild the household of God, the Church, in the midst of crisis, and for all godly reasons in order to remove the blindness of sin. I end with the words of Pope Francis from his 2017 Lenten message.
“Dear friends, Lent is the favorable season for renewing our encounter with Christ, living in his word, in the sacraments and in our neighbor. The Lord, who overcame the deceptions of the Tempter during the 40 days in the desert, shows us the path we must take. May the Holy Spirit lead us on a true journey of conversion, so that we can rediscover the gift of God’s word, be purified of the sin that blinds us, and serve Christ present in our brothers and sisters in need. I encourage all the faithful to express this spiritual renewal also by sharing in the Lenten Campaigns promoted by many Church organizations in different parts of the world, and thus to favor the culture of encounter in our one human family. Let us pray for one another so that, by sharing in the victory of Christ, we may open our doors to the weak and poor. Then we will be able to experience and share to the full the joy of Easter.”

Conversión: Nada es imposible para Dios

Obispo Joseph R. Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
La demanda de conversión resuena en esta Cuaresma, por toda la Iglesia Católica, a medida que profundizamos aún más para desarraigar el mal del abuso sexual infantil y su demonio acompañante, el abuso de poder por parte de los líderes de la Iglesia. Aunque la conversión o metanoia pueden ser dolorosamente lentas, ya sea en la vida de un individuo o en una institución, la verdad y la demanda de justicia y misericordia nos obligan en este momento histórico a saber que nada es imposible para Dios (Lucas 1,37).
La Buena Nueva de Jesucristo no puede ser un faro de esperanza para el mundo a menos que la luz del Evangelio transforme a la Iglesia.
Durante esta Cuaresma, siempre doy gracias a todos los que tienen un profundo amor por la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, y que quieren ver una temporada de refrigerio pero que entienden que, de acuerdo a las palabras de Dietrich Bonhoeffer, esto no es una cuestión de gracia barata. San Pedro en la proclamación del Kerygma en el primer Pentecostés señaló el camino para cada generación. “Por eso, vuélvanse ustedes a Dios y conviértanse, para que Él les borre sus pecados” (Hechos 3,19)).
Nunca nos cansemos de acompañar a quienes soportan la carga injusta de abuso sexual, que se experimentó especialmente en comunidades de nuestra Iglesia, sino también en fomentar la esperanza y la sanación de quienes padecen este flagelo donde quiera que se origine.
El Miércoles de Ceniza fuimos marcados con las cenizas del arrepentimient para el camino de la oración, el ayuno y la limosna. Estos tres pilares de la Palabra de Dios y la Eucaristía, cuerpo y sangre del Señor derramada por nosotros, son las lámparas para guiar nuestros pies durante la temporada sagrada de Cuaresma, pero verdaderamente, para cada estación, de cada año, como forma de vida.
Es fácil compartimentar estos fundamentos de nuestra fe, con una comida ligera el viernes, una oración rápida por la mañana o un cheque indoloro en domingo. Agradezcamos a Dios por esos momentos de gran avance en nuestras vidas, que nos ponen de rodillas, que crean hambre profunda y nos obligan a confiar en la generosidad de los demás.
Cuando viajé recientemente a la India durante dos semanas, había signos evidentes de pobreza y desesperación, como pueden imaginar, así como de la dedicación evangélica desinteresada de los discípulos ordenados, religiosos profesos y laicos.
En el sur de la India, uno de los sacerdotes todavía recordaba las consecuencias inmediatas de las graves inundaciones del año pasado. Ricos y pobres fueron expulsados de sus hogares y obligados a encontrar todos juntos una vivienda temporal. Algunos de los ricos se avergonzaron de esta repentina privación y se escondían detrás de las pantallas para la distribución diaria del pan con la esperanza de pasar desapercibidos. Gradualmente, salieron del aislamiento y hoy son algunos de los benefactores más grandes en el ministerio de servir a los abandonados. A menudo, se necesita una crisis para desencadenar una experiencia más profunda que la de nuestra humanidad común, fácilmente oculta bajo una apariencia en los estratos sociales.
Cada uno de nosotros tiene pasajes favoritos de las escrituras que nos pueden mantener en el camino durante el maratón espiritual que tenemos por delante. Dos versículos en particular hablan tanto de mi corazón como del corazón de la Iglesia en nuestros días. San Pablo nos alienta en nuestra disciplina de Cuaresma como él alentó a Timoteo. “Porque Dios no nos dio un espíritu de cobardía, sino de poder, amor y autocontrol. Así que no te avergüences de tu testimonio ante nuestro Señor”. (2 Timoteo 1,7-8)
Cada uno de nosotros, como individuos y familias, podemos aplicar los tres pilares: la oración, el ayuno y la limosna y poner en práctica las palabras de San Pablo. Además, como Iglesia, con San Pablo, sabemos que estamos al servicio del Reino de Dios en este mundo. “No den, pues, lugar a que se hable mal de ese bien que ustedes tienen. Porque el Reino de Dios no es una cuestión de comer o beber determinadas cosas, sino de vivir en justicia, paz y alegría por medio del Espíritu Santo. El que de esta manera sirve a Cristo, agrada a Dios y es aprobado por los hombres. Entonces, busquemos lo que nos lleva a la paz y a edificarnos unos a otros” (Romanos 14, 16-19). Con este espíritu podemos reconstruir la casa de Dios, la Iglesia, en medio de la crisis, y por todas las razones piadosas para eliminar la ceguera del pecado. Termino con las palabras del Papa Francisco de su mensaje de Cuaresma en 2017.
“Queridos amigos, la Cuaresma es el momento propicio para renovar nuestro encuentro con Cristo, vivir en su palabra, en los sacramentos y en nuestro prójimo. El Señor, que superó los engaños del tentador durante los cuarenta días en el desierto, nos muestra el camino que debemos tomar. Que el Espíritu Santo nos guíe en un verdadero viaje de conversión, para que podamos redescubrir el don de la palabra de Dios, purificarnos del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en nuestros hermanos y hermanas necesitados. Aliento a todos los fieles a expresar esta renovación espiritual también compartiendo las Campañas de Cuaresma promovidas por muchas organizaciones de la Iglesia en diferentes partes del mundo, y así favorecer la cultura de encuentro en nuestra única familia humana. Oremos los unos por los otros para que, al compartir la victoria de Cristo, podamos abrir nuestras puertas a los débiles y pobres. Entonces podremos experimentar y compartir al máximo la alegría de la Pascua”