El abusado clama al cielo por justicia

+ Obispo Joseph R. Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
A lo largo de la Iglesia Católica en los Estados Unidos muchos están agonizando por las revelaciones de los crímenes, del Cardenal Theodore McCarrick contra menores, el flagrante abuso de poder y el comportamiento sexual desenfrenado con seminaristas y otros. Dolor, ira y vergüenza están ensombreciendo a los fieles y viejas heridas se reabren. Hay muchas preguntas sin respuesta, pero por más desagradable que sea la verdad, pues solo la verdad pondrá a las víctimas, sus familias y a la Iglesia en el camino hacia la sanación, la justicia y la nueva vida. La revelación del comportamiento pecaminoso de un prelado de alto rango en la Iglesia no resta valor a todo el buen trabajo que la Iglesia Católica ha hecho para proteger a los niños y jóvenes desde 2002, pero es un retroceso horrible en los esfuerzos para restaurar la confianza.
La vasta mayoría de las diócesis católicas en Estados Unidos han trabajado muy duro durante estos 16 años para ser fieles al documento conocido como La Carta de Dallas, titulada “ Promesa de Proteger y Compromiso de Sanar” (Promise to Protect and the Pledge to Heal; por su nombre en inglés). El fomento de entornos seguros en nuestros ministerios es ahora la norma, y el apoyo firme a las víctimas de abuso sexual que luchan por la sanación y la esperanza en sus vidas, ha sido un compromiso incansable.
Los resultados son dignos de elogio; los protocolos creados por los programas para una Iglesia de ambiente seguro han reducido significativamente los abusos a menores por miembros del personal de las iglesias. De igual manera sabemos que toma entre 20 y 30 años, como promedio, para que una víctima se decida a dar un paso adelante y cuente su trágica historia. Este fue el caso de las víctimas del Cardenal McCarrick. Muchos nunca revelan su herida porque es demasiado doloroso el hacerlo. Esta es la razón por la cual difundimos repetidamente la declaración que alienta, a todas las víctimas de abuso sexual por parte del personal de la Iglesia, a presentarse sin importar cuánto tiempo haya pasado desde ocurrido el abuso. El sufrimiento no tiene estatuto de limitaciones.
El abuso sexual es un mal y un crimen que causa estragos, destrucción y desesperación, por tanto el enemigo, el maligno se regocija en esto porque el abuso está envuelto en tinieblas, mentiras y vergüenza. El abuso desata el poder del infierno sobre las víctimas y sus familias y con frecuencia se propaga de una generación a otra, a menos que el ciclo se rompa a la luz de la verdad, la curación y la reconciliación.
Al principio de mi sacerdocio, durante un período de 15 años, tuve la oportunidad de enseñar Desarrollo Humano a adolescentes en tres de nuestras escuelas primarias en la Diócesis de Scranton. El don de la sexualidad está floreciendo a esta edad, y el saber que hay personas en la Iglesia que se aprovechan de estos jóvenes, adolescentes y de los menores en cada etapa de su desarrollo es un ataque desmedido contra la dignidad humana.
En la Diócesis de Jackson nos comprometemos a fomentar ambientes seguros en nuestras Escuelas Católicas, en nuestros Programas de Educación Religiosa y en nuestros Ministerios de la Juventud para que los niños y jóvenes que nos han sido confiados puedan alcanzar el potencial dado por Dios en cada aspecto de sus vidas.
Además, serví como Director de Formación durante 14 años en nuestro Seminario Universitario en Scranton, Pensilvania y escuchar de la explotación de jóvenes que están discerniendo una vocación por aquellos en autoridad y supuestos a nutrirlos, también clama al cielo por justicia. La transparencia y el cultivo de una cultura de confianza, respeto y responsabilidad son las normas de los seminarios donde nuestros seminaristas de Jackson están formándose: Saint Ben’s (Colegio Seminario St. Joseph) en Covington, Luisiana; Notre Dame en Nueva Orleans y el Sagrado Corazón en Hales Corner, Wisconsin.
Durante los dos últimos años, como miembro de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB; por sus siglas en inglés), he estado sirviendo en el Comité para la Protección de Niños y Jóvenes. Esto me sitúa en el centro de la resolución permanente de la Iglesia de proteger y sanar, tal como se establece en La Carta de Dallas y de aplicar estos esfuerzos y mejores prácticas a nuestra propia red de Ambientes Seguros en nuestra Diócesis.
La Carta dirige la acción en los siguientes asuntos:
• Crear un ambiente seguro para niños y jóvenes;
• Sanación y reconciliación de víctimas y sobrevivientes;
• Hacer una respuesta pronta y efectiva a las acusaciones;
• Cooperar con las autoridades civiles;
• Disciplinar a los culpables;
• Proporcionar medios de rendición de cuentas para garantizar en el futuro que el problema continúe siendo tratado de manera efectiva a través de la Secretaría de Protección de Niños y Jóvenes y la Junta Nacional de Revisión.
Que el Señor Jesús, que dio la bienvenida a los niños y los abrazó en su amor, traiga la verdad que nos hará libres, la justicia que restablecerá las relaciones correctas con Dios y con los demás, la sanación y la reconciliación que son los estándares de todas las comunidades cristianas, su cuerpo, la Iglesia.

Abused cry out to heaven for justice

+Bishop Joseph R. Kopacz

+Bishop Joseph R. Kopacz

By Bishop Joseph Kopacz
Throughout the Catholic Church in the United States many are agonizing over the revelations of Cardinal Theodore McCarrick’s crimes against minors, flagrant abuse of power, and unrestrained sexual behavior with seminarians and others. Hurt, anger and shame are casting a widespread pall over the faithful as old wounds are ripped open. There are many unanswered questions but as ugly as the truth will be, the truth will set the victims and their families, and the Church on the path to healing, justice and new life.
The disclosure of the sinful behavior of a high-ranking prelate in the Church does not undermine all the good work that the Catholic Church has done to protect children and young people since 2002, but it is an awful setback in the efforts to restore trust. The vast majority of Catholic dioceses in the United States have worked hard during the past 16 years to be faithful to the Promise to Protect and the Pledge to Heal, the document we know as the Dallas Charter. The fostering of safe environments in our ministries is now the norm, and the steadfast support for victims of sexual abuse who struggle for healing and hope in their lives, has been an unflagging commitment.
The results are commendable because Church safe environment programs and protocols have reduced significantly the abuse of minors by Church personnel. However, we also know that it takes 20 to 30 years on average for a victim to muster the resolve to come forward with their tragic story. This was the case with Cardinal McCarrick’s victims. Many never reveal their woundedness because it is just too painful to do so.
This is the reason why we repeatedly disseminate the statement that encourages all victims of sexual abuse by Church personnel to come forward no matter how long ago the abuse occurred. Suffering has no statute of limitations. Sexual abuse is an evil and a crime that wreaks havoc, destruction and despair, and the enemy, the Evil One, loves it, because it is shrouded in darkness, lies and shame. It unleashes the power of hell upon victims and their families and it often spreads from one generation to the next unless the cycle is broken by the light of truth, healing and reconciliation.
Earlier in my priesthood, I had the opportunity to teach Human Development during a 15-year span to early adolescents in three of our elementary schools in the Diocese of Scranton. The gift of sexuality is flowering at this age and to know that there are those in the Church who would prey upon these young teens, and upon minors at each stage of their development, is an unconscionable assault against human dignity. In the Diocese of Jackson we are committed to foster safe environments in our Catholic Schools, in our Religious Education Programs and in our Youth Ministries so that the children and young people entrusted to us can reach their God-given potential in every aspect of their lives.
Moreover, I served as a Formation Director for 14 years at our College Seminary in Scranton, Pennsylvania and to hear of the exploitation of young men who are discerning a vocation by those in authority who should be nurturing them, also cries out to heaven for justice. Transparency and the cultivation of a culture of trust, respect and accountability are the standards at the seminaries where our Jackson seminarians are in formation: Saint Ben’s (St. Joseph Seminary College) in Covington, Louisiana, Notre Dame in New Orleans, and Sacred Heart in Hales Corner, Wisconsin.
For the past two years as a member of the United States Conference of Catholic Bishops, I have been serving on The Committee for the Protection of Children and Young People. This places me at the center of the Church’s ongoing resolve to protect and to heal as set forth in the Dallas Charter, and to apply these efforts and best practices to our own network of safe environments in our Diocese. The Charter directs action in all the following matters:
• Creating a safe environment for children and young people;
• Healing and reconciliation of victims and survivors;
• Making prompt and effective response to allegations;
• Cooperating with civil authorities;
• Disciplining offenders;
• Providing for means of accountability for the future to ensure the problem continues to be effectively dealt with through the Secretariat of Child and Youth Protection and the National Review Board.
May the Lord Jesus who welcomed the children and embraced them in his love, bring about the truth that will set us free, the justice that will restore right relationships with God and with one another, and the healing and reconciliation that are the standards of all Christian communities, his Body, the Church.

Getting out of the sacristy: looking at our pastoral priorities

Bishop Robert Barron

By Bishop Robert Barron
For the past several days, I’ve been with my Word on Fire team, filming for the Flannery O’Connor and Fulton Sheen episodes of our “Pivotal Players” series. Our journey has taken us from Chicago to New York to Washington, DC, and finally to Savannah and Millidgeville, Georgia.
At every step of the way, we have met numerous people who have been affected by Word on Fire materials: sermons, podcasts, YouTube videos, and the CATHOLICISM series. Many have told me that their exposure to Word on Fire started a process that led them back to the Church. Now, I’m telling you this not as an advertisement for my media ministry, but rather as an occasion to muse about what I consider to be a needful change in the way the Church thinks about its essential work.
Throughout all the years of my involvement with the Church, the parish has been taken as the crucial ecclesial institution. Talk to almost anyone involved in Catholic ministry during the past 50 years and you will hear ample criticism of lots of aspects of Church life, but you will, almost without exception, hear praise of the parish. I think here of Father Andrew Greeley’s lyrical evocations of the parish as a uniquely successful social and religious institution. Certainly within the context of diocesan priesthood, parish work is the unquestioned default position. Ministry outside of the parochial setting — hospital work, seminary work, teaching, administration, etc. — is acceptable, but it is generally seen as not quite what a diocesan priest ought to be doing. I think it’s fair to say that the overwhelming amount of our money, time, energy and personnel go into the maintenance of parish structures.
Now please don’t misunderstand me: I love the parish and believe in its importance passionately. Worship, instruction in discipleship, the building up of the community, formation for mission — all of this happens typically within the parish. I did full-time parish work for several years, and I’ve been involved in numerous parishes for the full 32 years of my priesthood. Now, as a regional bishop in the largest Archdiocese in the country, I supervise and regularly visit roughly 40 parishes. However, I do wonder whether, given the unique demands of our time, it might be wise to ask a few questions about our hyper-stress on the parish.
Survey after survey has shown that the number of the “nones,” or the religiously unaffiliated, is increasing dramatically in our country. Whereas in the early 1970s, those claiming no religion was around three percent, today it is close to 25 percent. And among the young, the figures are even more alarming: 40 percent of those younger than 40 have no religious affiliation, and fully 50 percent of Catholics younger than 40 claim to be “nones.” For every one person who joins the Catholic Church today, roughly six are leaving. And even those who identify as Catholic are spending very little time in and around parishes.
Most studies indicate that perhaps 20 to 25 percent of baptized Catholics attend Mass on a regular basis, and the numbers of those receiving the sacraments — especially baptism, confirmation, marriage — are in noticeable decline. Furthermore, objective analysis reveals — and I can testify from a good deal of personal experience — that a tiny percentage of the already small percentage who attend Mass typically participate in parish programs of education, social service, and spiritual renewal. The point — and again, this is to say absolutely nothing against those who do wonderful work within the parish — is that perhaps we should reconsider our priorities and focus, above all, on active evangelization, the great mission ad extra.
Pope Francis memorably told us to “get out of the sacristies and into the streets,” and to go “to the existential margins.” Especially in our Western context, the streets and the existential margins are where we find the “nones.” Two or three generations ago, we could trust that many people (Catholics certainly) would come to our institutions — schools, seminaries, and parishes — to be evangelized, but we absolutely cannot assume that today. But yet we still seem to devote most of our money, time, and attention to the maintenance of these institutions and their programs. Might it not be wiser to redirect our energies, money and personnel outward, so that we might move into the space where the un-evangelized, the fallen-away, the unaffiliated dwell? My humble suggestion is that a serious investment in social media and the formation of an army of young priests specifically educated and equipped to evangelize the culture through these means would be a desideratum. But that’s a subject for another column.
The last time Cardinal George addressed the priests of Chicago, at a convocation just about nine months before his death, he made a prophetic remark. He told the Chicago presbyterate that, at the beginning of the Church, there were no dioceses, no schools, no seminaries, and no parishes. But there were evangelists. He said that, in light of our present challenges, this is worth thinking about. He was right.

(This article first appeared at WordOnFire.org. Bishop Robert Barron is the founder of Word on Fire Catholic Ministries and Auxiliary Bishop of the Archdiocese of Los Angeles.)

Los obispos piden libertad para servir

Obispo Joseph R. Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
Recientemente la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB, por sus siglas en inglés) designó la semana del 22 al 29 de junio como la Semana de la Libertad Religiosa, la cual ha evolucionado a partir del surgimiento del Fortnight for Freedom (Quince días por la libertad) en 2008, precisamente en una temporada que culmina con la celebración de la fundación de nuestra nación, cada 4 de julio.
Este marco de tiempo guarda gran relevancia con el tema, tanto para nuestra sociedad al aproximarnos a la celebración anual de la libertad, como para nuestra Iglesia, pues da inicio en el día de santo Tomás Moro y san Juan Fisher, mártires por la libertad religiosa y concluye en el día de san Pedro y san Pablo, prototipos de los mártires en pro de la consciencia religiosa y de la integridad de la fe. «Pero ha sido difícil —afirma el presidente de la Comisión para la Libertad Religiosa de la USCCB, arzobispo Joseph Kurtz de Louisville — al nadar contracorriente en esta cultura. Algunas personas piensan que la libertad religiosa es una amenaza, pero la semana dedicada a la libertad religiosa gira en torno al Evangelio y tiene como propósito inspirar la cultura.” La libertad religiosa es la piedra angular de nuestra nación. La primera enmienda a la Constitución inicia con las siguientes palabras: “El Congreso no hará ley alguna respecto al establecimiento de la religión o a la prohibición de su libre ejercicio…”
Hablando en nombre de la Conferencia de Obispos Católicos, el arzobispo ha instado a los estadounidenses a orar y a “actuar apoyando la libertad religiosa dentro de esta nación y en el extranjero.” El arzobispo continuó: “La libertad religiosa permite el espacio a las personas de fe para servir a otros en el amor de Dios en ministerios tales como en la educación, adopción y tutela temporal, en la salud y en los servicios de inmigración y asilo.
Animamos a las personas de fe a reflexionar sobre la importancia de la libertad religiosa la cual hace posible que dispongamos del espacio para llevar a cabo nuestra misión de servicio y misericordia, e invitamos a todos a orar por nuestros hermanos y hermanas que enfrentan intensa persecución en otras partes del mundo.”
El tema en conmemoración de este año: “Sirviendo a otros en el amor de Dios” representa la naturaleza de la Iglesia por casi dos milenios. Comenzando con el Señor Jesús quien vino, no a ser servido sino a servir, es evidente en sí, en la Biblia y en nuestra tradición que la Iglesia es mayormente fiel a su Señor cuando lleva el manto del servicio a lo largo del camino a la salvación.
La Palabra, la alabanza, la comunidad y el servicio son los estándares de toda comunidad cristiana, y su libre ejercicio es la capacidad de correr a toda potencia, dentro de las estructuras de la Iglesia y como ciudadanos activos en la sociedad por el bien común a través de los servicios y ministerios de la Iglesia. El mandato del Señor es ir y hacer discípulos de todas las naciones, enseñándoles todo lo que les he mandado, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28). Frecuentemente, son nuestros ministerios y servicios los que atraen a las personas a la belleza, la verdad y la luz del Señor crucificado y resucitado, insuflando vida a nuestra evangelización, enseñanza y predicación.
Servir a los otros es central a nuestra visión diocesana y en ocasiones una bendición al echar una mirada larga y amorosa a lo que es real, al panorama de ministerios, trabajos y servicios que se desarrollan en diferentes ámbitos de nuestra diócesis. Esa visión está encarnada en nuestras parroquias y en la educación, en la salud y a través de Caridades Católicas. Es la generosidad de los fieles la que hace posible que esta visión se materialice, y esta abundante y generosa donación ocurre a diario, por medio de eventos destinados a recaudar fondos y a través del Service Appeal (Llamamiento al servicio) que se hace anualmente. En este sentido quiero agradecer a miles de personas a lo largo de toda la diócesis de Jackson quienes generosamente apoyan nuestro Catholic Service Appeal (Llamamiento católico anual al servicio). Este constituye un salvavidas para nuestra misión, visión y para los ministerios de las diversas estructuras diocesanas que representan a nuestra comunidad católica, así como en muchos otros rincones de nuestro estado como signo visible del amor de Cristo por todos. Puede estar seguro de que su apoyo le permite a la diócesis inspirar la cultura mediante el Evangelio, para dar lugar al Reino de Dios, y para servir a los demás en el amor de Dios. Este es el libre ejercicio de nuestra fe católica, en la temporada dedicada a la libertad religiosa o fuera de ella, en nuestras iglesias y en la sociedad. No nos cansemos nunca de ser discípulos y ciudadanos fieles en nombre de la vida, de la justicia y de la paz.
(Translated into Spanish by Mora & Iglesias, LLC, www.moraiglesias.com)

Obispo Joseph Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
A principios de este mes, los Obispos Católicos de los Estados Unidos se reunieron para la reunión anual de primavera en Fort Lauderdale para abordar un rango de realidades pastorales que actualmente afectan a la Iglesia y la sociedad de una manera u otra. Los obispos aprobaron las revisiones de la Carta para la Protección de Niños y Jóvenes, originalmente promulgada en 2002, reafirmando una vez más el compromiso de la Iglesia para proteger a nuestros niños y jóvenes, y para proporcionar sanación y reconciliación a cualquiera que se encuentre en nuestro medio que haya experimentado el flagelo de abuso sexual.
Hubo también una sincera y, a veces acalorada, discusión entre los obispos sobre el Documento de Ciudadanía Fiel que ha sido una herramienta de enseñanza en la formación de la conciencia en nuestra lucha para ser fieles discípulos católicos del Señor Jesús, así como ciudadanos comprometidos con el bien común de nuestras comunidades y nación. ¿Cuáles son los cambios necesarios en el texto para estar al tanto de los ataques actuales contra la dignidad de la persona humana, como la pobreza, el medio ambiente, la inmigración y el racismo? Esto provocó una serie de respuestas apasionadas.
Una expansión en las Directivas de Atención Médica que guían las fusiones actuales y futuras de los Sistemas de Salud Católica recibió la aprobación de los obispos, así como también desarrollos litúrgicos en el Misal Romano. Un documento en proceso durante algunos años, Encontrando a Cristo en Armonía, el cual trata sobre el rápido crecimiento de la población de católicos asiáticos y de las islas del Pacífico en los Estados Unidos, también recibió casi la aprobación unánime. Por último, el Obispo Shelton Fabre de Houma Thibodaux, Lousiana, dio una actualización sobre la carta pastoral sobre el racismo en la que los obispos votarán este año en Baltimore.
Con el telón de fondo de estos dos documentos, la Diócesis de Jackson se está preparando para formalizar la Causa por la Hermana Thea Bowman, FSPA, en noviembre de este año en la reunión anual de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos. Nuestro equipo diocesano ha estado trabajado diligentemente para seguir el proceso que nos da un espacio en la agenda de la reunión en noviembre que solicitará la aprobación de los obispos por la Causa de la Hermana Thea para su canonización. Esperamos que reciba el endoso incondicional del cuerpo de obispos y esta es una perspectiva emocionante para la Diócesis de Jackson y para la Iglesia en los Estados Unidos.
La Hermana Thea es reconocida ahora oficialmente como Sierva de Dios, el primer paso en el camino hacia la canonización formal. Su voz profética, su espíritu, su corazón y mente y su herencia son muy necesarios en nuestro mundo contemporáneo, en el hogar y en el extranjero mientras luchamos por superar todo lo que nos divide. Ella era una apasionada de su herencia afroamericana, así como de la creciente diversidad cultural en nuestra sociedad. El fruto podrido del racismo, un grupo étnico o racial contra otro, está desgarrando las costuras de nuestra sociedad.
Sin duda, la Carta Pastoral sobre el Racismo que los obispos promulgarán en noviembre está encarnada en la causa de la Hermana Thea, ya que su vida y su testimonio son suscitados por muchos dentro y fuera de la Iglesia. De un artículo del sacerdote redentorista, el Padre Maurice Nutt, el vicepostulador de su causa, nos adentramos en su asombrosa historia. Conozcan a la Hermana Thea Bowman, nieta de un esclavo en el camino hacia la canonización.
“Nació el 29 de diciembre de 1937 en Yazoo City, Mississippi. Su abuelo nació esclavo y ella fue criada en la fe Metodista. Después de que su familia se mudó a Canton, MS, Bowman fue matriculada en la escuela Holy Child Jesus. Allí se sintió atraída por la fe católica y a la edad de nueve años le preguntó a sus padres si podía convertirse. Cuando cumplió 15 años, Bowman se mudó a La Crosse, Wisconsin, y se unió a las Hermanas Franciscanas de la Adoración Perpetua (FSPA), las religiosas que la inspiraron en la escuela Holy Child Jesús. Se convirtió en la primera Hermana afroamericana de esa orden”.
Su testimonio será una fuente de vida nueva para muchos a medida que su historia gane nueva tracción con la formalización de la Causa de Canonización. Los dejo con sus propias palabras que retratan su espíritu y visión. “¿Qué significa ser negro y católico? … Significa que me atraigo a mí misma, a mi ser negro. Todo lo que soy. Todo lo que tengo. Todo lo que espero llegar a ser. Traigo toda mi historia, mis tradiciones, mi experiencia, mi cultura, mi canción y baile afroamericano, y el gesto y movimiento y la enseñanza y la prédica y la curación y la responsabilidad como obsequio a la iglesia … Creo que la diferencia entre mí y algunas personas es que estoy contenta de hacer un poquito. A veces las personas piensan que tienen que hacer grandes cosas para hacer cambios, pero si cada uno enciende una vela, tendremos una luz tremenda”. Después de luchar contra el cáncer de mama, la Hermana Thea murió el 30 de marzo de 1990. Su Causa para la Canonización se inició oficialmente el 9 de febrero de 2018.

Bishops declare Sister Thea ‘Servant of God’

Bishop Joseph Kopacz

By Bishop Joseph Kopacz
Earlier this month the Catholic Bishops of the United States gathered for the annual spring meeting in Fort Lauderdale, Florida, to address a range of pastoral realities that currently affect the Church and society to one degree or another. The bishops approved the revisions for The Charter for the Protection of Children and Young People, originally promulgated in 2002, reaffirming once again the Church’s commitment to protect our children and youth, and to provide healing and reconciliation for any in our midst who have experienced the scourge of sexual abuse. (See page 19 for related story.)
There was also a hearty and, at times, heated discussion among the bishops over the Faithful Citizenship Document that has been a teaching tool in the formation of conscience in our struggle to be faithful Catholic disciples of the Lord Jesus, as well as citizens committed to the common good of our communities and nation. What are the necessary changes in the text to stay abreast of the current onslaughts against the dignity of the human person, such as poverty, the environment, immigration and racism? This evoked a number of passionate responses.
An expansion in the Health Care Directives that guide current and future mergers for Catholic Health Systems received the approval of the bishops, as well as well liturgical developments in the Roman Missal.
A document in the works for a few years, Encountering Christ in Harmony, addressing the rapidly growing population in the United States of Asian and Pacific Island Catholics, was also given near unanimous approval. Lastly, Bishop Shelton Fabre of Houma Thibodaux, Louisiana, gave an update regarding the pastoral letter on racism on which the bishops will vote later this year in Baltimore.
Against the backdrop of these two documents the dawn is breaking for the Diocese of Jackson as we prepare to formalize the Cause for Sister Thea Bowman, FSPA, in November of this year at the annual meeting of the United States Conference of Catholic Bishops.
Our diocesan team has been working assiduously in the background to follow the process that gives us a slot on the agenda for November’s meeting that will request the approval of the bishops for Sister Thea’s Cause for Canonization. We expect that she will receive wholehearted endorsement from the body of bishops and this is an exciting prospect for the Diocese of Jackson and for the Church in the United States.


Sister Thea is now officially recognized as Servant of God, the first step on the journey to formal canonization. Her prophetic voice, her spirit, her heart and mind and her heritage are sorely needed in our contemporary world, at home and abroad as we struggle to overcome all that divides us. She was passionate about her African American heritage as well as the growing cultural diversity in our society. The rotten fruit of racism, one ethnic or racial group against another, are tearing at the seams of our society. Without a doubt, the pastoral letter on racism that the bishops will promulgate in November is incarnated in Sister’s Thea’s cause as her life and witness – Continued from page 3 –
are raised up for many within the Church and far beyond.
From an article by the Redemptorist priest, Father Maurice Nutt, the Vice Postulator for her cause, we enter into her amazing story. Meet Sister Thea Bowman, granddaughter of a slave on the road to Canonization. “She was born on December 29, 1937, in Yazoo City, Mississippi. Her grandfather was born a slave and she was raised into the Methodist faith. After her family moved to Canton, Mississippi, Bowman was enrolled in Holy Child Jesus School. While there she was drawn to the Catholic faith and asked her parents if she could convert at age nine. When she turned 15 Bowman moved to La Crosse, Wisconsin, and joined the Franciscan Sisters of Perpetual Adoration (FSPA), the Religious Sisters who inspired her at Holy Child of Jesus school. She became the first African American Sister of that order.”
Her witness will be a fount of new life for many as her story gains new traction with the formalization of the Cause for Canonization. I leave you with her own words that portray her spirit and vision. “What does it mean to be black and Catholic?…It means that I bring myself, my black self. All that I am. All that I have. All that I hope to become. I bring my whole story, my traditions, my experience, my culture, my African-American song and dance and gesture and movement and teaching and preaching and healing and responsibility as gift to the church … I think the difference between me and some people is that I am content to do my little bit. Sometimes people think that they have to do big things in order to make change. But if each one would light a candle, we’d have a tremendous light.”
After struggling with breast cancer Sister Thea died on March 30, 1990. Her Cause for Canonization was officially opened on February 9, 2018.

Celebrando las ordenaciones

Obispo Joseph Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
Homilia de la ordenación del Diácono Nick Adam y Deacon Aaron Williams el 31 de mayo de 2018, la Visitación
“Hijos mios ustedes van a ser ahora avanzados a la orden del presbiterado. Deben aplicar sus energías en la tarea de enseñar en el nombre de Cristo, el jefe maestro. Mediten sobre la ley de Dios: crean lo que lean, enseñen lo que creen, y pongan en práctica lo que enseñan. Dejen que la doctrina que enseñan sea alimento puro para el pueblo de Dios. De la misma manera deben llevar a cabo su misión de santificar en el poder de Cristo. En el memorial de la muerte y resurrección del Señor, hagan todos los esfuerzos posibles para morir al pecado y caminar en la vida nueva de Cristo. Cuando bauticen traerán a mujeres y hombres al pueblo de Dios. En el sacramento de la penitencia perdonarán los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia. Con el aceite santo aliviarán y consolarán a los enfermos. Orecer alabanza y gracias a Dios durante todo el día, orando, no sólo por el pueblo de Dios, sino por el mundo entero. Recuerden siempre el ejemplo del Buen Pastor, que no vino para ser servido, sino para servir y para buscar y rescatar a quienes estaban perdidos”.
* Desde el rito de la ordenación
Permítanos acompañar a María e Isabel mientras se encuentran la una a la otra en uno de los momentos más alegres en toda la Escritura. Las generaciones se encuentran cuando una mujer de edad bendice a las más jóvenes.
Decir que están entusiasmadas está muy lejos de la realidad. Son dos mujeres que el Espíritu Santo ha abrazado, y están en fuego por Dios. Han aceptado el plan de Dios en sus vidas y están liberadas. María está con todos aquellos que son llamados cuando están muy joven y Elizabeth con los llamados después que han pasado su juventud. Cantan hoy por todas los grandes mujeres olvidadas que han convertido a la eternidad a tiempo.
En este drama divino de salvación, pasamos a los diáconos Aaron y Nick que han aceptado la invitación del Señor Jesús a ser discípulos, amigos y sacerdotes de Jesucristo, sacerdotes de la Nueva Alianza para la Diócesis de Jackson en nuestros días. Como María, su “sí” a la llamada del Señor fue moldeada en sus familias a lo largo de muchos años, de muchas maneras ordinarias. Le agradecemos a sus familias por construir fuertes cimientos sobre los que construir. Como María e Isabel, han adaptado sus vidas con el plan de Dios para ellos, y poniendo un poco de nerviosismo aparte, proclaman la grandeza de Dios, y se regocijan en Dios su Salvador. Llamados por su nombre hemos afirmado su rotundo sí a estar aquí. Están deseoso de servir en la Iglesia para la salvación de todos. Su deseo de entrar en acción es como el caballo, Justificar, que ganó el Derby de Kentucky y el Preakness y pronto va a salir fuera de la puerta en el Belmont. El entusiasmo, la energía y el celo son los signos de una auténtica vocación, haciendo de la vida algo hermoso por Dios, como la madre Teresa solía decir.
Pero como sabemos, no siempre es 75 grados y humedad baja. A veces el índice de calor es más de 100, y sentimos el peso de nuestras responsabilidades. Nuestra primera lectura es una de las muchas que hay en las Escrituras que narra la historia del Antiguo Testamento sin ilusión. Moisés estaba al borde con los Israelitas deambulando en el insoportable calor del desierto sintiendo la enorme carga de sus responsabilidades. “¿Concebí a estas personas que me diste, o las parí? Son demasiado pesadas para mí para cargarlas”.
Una sincera oración que resuena en el corazón de cualquiera de nuestras vidas, a veces. De una manera profunda, Moisés anticipa la cruz y el poder de Dios trabajando. Las intenciones de Dios a través de la cruz y la resurrección de su Hijo es que las bendiciones son para sobrepasar las cargas, y que las cargas pueden incluso ser un trampolín para una vida mejor, que tomemos nuestras dificultades y alegrías y oremos por ellas y para nosotros, obispos y sacerdotes, que vivamos el prototipo de Moisés y los setenta ancianos en colaboración y comunión el uno con el otro y con Dios, compartiendo mutuamente los gozos y las cargas.
Para que Dios se propone, a través de la cruz y de la resurrección de su Hijo, que las bendiciones son para sobrepasar las cargas, y que las cargas pueden incluso ser un trampolín para una mayor vida útil, que nos tomamos nuestras dificultades y las alegrías de la oración, y para nosotros, Obispos y sacerdotes, que vivimos el prototipo de Moisés y los setenta ancianos en colaboración y comunión el uno con el otro y con Dios, compartiendo mutuamente los gozos y las cargas.
La segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Romanos, retrata los ritmos del Evangelio para un discípulo, incluyendo a los ministros ordenados, infundido con la gracia de Dios: un sincero amor-odio del mal-sosteniendo la buena disposición para servir con celo, no haraganes, fervientes-gozosos perseverantes con generosa hospitalidad, -bendiciéndose el uno al otro como el ejemplo de María y Elisabeth– acompañando a la gente en la alegría y en el dolor, humildes y sabios con sabiduría evangélica. Estas virtudes permiten al ordenado atender a las cosas de Cristo, tener su mente y corazón. Su cultivo nos fortalecerá en nuestras vocaciones para servir al Señor con alegría, incluso en el calor del día.
Sabemos que cada uno de los misterios del rosario: gozosos, dolorosos, gloriosos y luminosos desbordan con vida divina. En el encuentro de la Visitación con Elizabeth, María de Nazaret, Nuestra Señora de la prontitud, simboliza la Iglesia que está pronta a ir donde sea necesario, a servir y a acompañar al pueblo de Dios en nuestras familias, y con el prójimo y el extraño por igual.
María e Elizabeth bailando juntas por el nacimiento de sus hijos, ejemplifican la Iglesia la cual da reverencia a la vida y a la dignidad de la persona humana en todas sus etapas, evidente en las obras de misericordia espirituales y corporales, y en nuestro compromiso con la justicia social.
Proclamando la grandeza del Señor y regocijándose en Dios su Salvador representa la Iglesia que celebra con alegría los sagrados misterios, especialmente en la Eucaristía, la fuente de vida y resurrección del Señor, esta sagrada comida sacrificial en la que celebramos la misericordia de Dios y recibimos la fuerza para el camino en la Palabra y en el sacramento.
Con corazones llenos del amor de Dios acompañamos con alegría al diácono Aarón y al diácono Nick al ofrecer sus vidas en el Rito de la ordenación a abrazar el sacerdocio de Jesucristo.

Visitation perfect complement to ordinations

Bishop Joseph Kopacz

(Editor’s note: Bishop Joseph Kopacz offers his homily from the Mass of Ordination for Father Aaron Williams and Father Nick Adam as his column this week. The ordinations were on Thursday, May 31, the Feast of the Visitation.)
By Bishop Joseph Kopacz
“My sons you are now to be advanced to the order of the Presbyterate. You must apply your energies to the duty of teaching in the name of Christ, the chief teacher. Meditate on the law of God: believe what you read, teach what you believe and put into practice what you teach. Let the doctrine you teach be pure nourishment for the people of God. In the same way you must carry out your mission of sanctifying in the power of Christ. In the memorial of the Lord’s death and resurrection, make every effort to die to sin and to walk in the new life of Christ. When you baptize you will bring men and women into the People of God. In the sacrament of penance you will forgive sins in the name of Christ and the Church. With holy oil you will relieve and console the sick. You will offer praise and thanks to God throughout the day, praying not only for the people of God but for the whole world. Always remember the example of the Good Shepherd who came not to be served but to serve and to seek out and to rescue those who were lost.”
– From the Rite of Ordination
Let us accompany Mary and Elizabeth as they encounter one another in one of the most joyful moments in all of Scripture. Generations are bridged as an older woman blesses the younger.
To say that they are enthusiastic falls way short of the reality. They are two women whom the Holy Spirit has embraced and they are on fire for God. They have accepted God’s plan in their lives and they are set free. Mary stands with all who are called too young and Elizabeth with all so called past their prime. They sing today for all of the great unsung women who have turned eternity to time.
In this divine drama of salvation, we turn to Deacon Aaron and Nick who have accepted the Lord Jesus’ invitation to be disciples, friends and priests of Jesus Christ, priests of the new Covenant for the Diocese of Jackson in our day. Like Mary, their Yes to the Lord’s call was molded in their families over many years, in many ordinary ways.
We are grateful to your families for building strong foundations on which to build. Like Mary and Elizabeth, they have aligned their lives with God’s plan for them and placing a little nervousness aside, they proclaim the greatness of God and rejoice in God their savior. Called by name we have affirmed their resounding yes to be here. They are zealous to serve in the Church for the salvation of all. Their desire to spring into action is like the horse, Justify, who won the Kentucky Derby and the Preakness and soon will surge out of the gate at the Belmont. Enthusiasm, energy and zeal are the signs of an authentic vocation, making one’s life ‘something beautiful for God,’ as Mother Teresa was fond of saying.
But as we know, it’s not always 75 degrees and low humidity. Sometimes the heat index is well over 100 and we feel the burden of our responsibilities. Our first reading is one of many in the Scriptures that tells the story of the Old Testament without illusion. Moses had it to the brim with the Israelites wandering around in unbearable desert heat feeling the enormous burden of his responsibilities. “Did I conceive these people you gave me or give birth to them? They are too heavy for me to carry.”
An honest prayer which resounds in the heart of any one of our lives at times. In a profound way, Moses anticipates the Cross and the power of God at work. For God intends, through the Cross and Resurrection of his Son, that the blessings are to surpass the burdens and that the burdens can even be stepping stones to greater life, that we take our burdens and joys to prayer and for us as bishops and priests, that we live the prototype of Moses and the seventy Elders in collaboration and communion with one another and with God, sharing one another’s joys and burdens.
The second reading from Saint Paul’s letter to the Romans portrays the Gospel rhythms for a disciple, including the ordained, infused with God’s grace: sincere love — hatred of evil — holding on to the good — readiness to serve — zealous, not slackers, fervent — joyful — enduring — persevering — generous — exercising hospitality — blessing one another with the example of Mary and Elizabeth – accompanying people in joy and sorrow — humble — and wise with gospel wisdom. These virtues enable the ordained to attend to the things of Christ, to have his mind and heart. Their cultivation will empower us in our vocations to serve the Lord with gladness, even in the heat of the day.
We know that each of the mysteries of the rosary: joyful, sorrowful, glorious and luminous overflow with divine life. In the Visitation encounter with Elizabeth, Mary of Nazareth, Our Lady of Promptness, signifies the Church who is prompt to go where needed, to serve and to accompany God’s people in our families and with neighbor and stranger alike.
Mary and Elizabeth dancing together over their unborn children, exemplify the Church who reverences life and the dignity of the human person at all stages, evident in the corporal and spiritual works of mercy and in our commitment to Social Justice.
Proclaiming the Greatness of the Lord and rejoicing in God their Savior represents the Church who joyfully celebrates the Sacred Mysteries, especially in the Eucharist, the life-giving death and resurrection of the Lord, this sacred sacrificial meal at which we celebrate God’s mercy and receive strength for the journey in Word and Sacrament.
With hearts overflowing with God’s love we joyfully accompany Deacon Aaron and Deacon Nick as they lay down their lives in the Rite of Ordination to embrace the priesthood of Jesus Christ.

New memorial advances devotion to Mary

Bishop Joseph Kopacz

By Bishop Joseph Kopacz
The Pentecost experience, akin to the Big Bang that burst out into the universe, continues to expand and accelerate in the creative and saving power of the Holy Spirit. At the Last Supper Jesus promised that the Spirit would lead us into all truth, or a deeper knowledge and understanding of the mysteries of our faith from one generation to the next.
Recently, Pope Francis pronounced that from this day forward the Monday after Pentecost is to be celebrated as the Memorial of Mary, the Mother of the Church. Mary, whose Fiat brought about a new world for God’s plan of salvation in the Incarnation of the eternal Logos, reveals to every generation that the Holy Spirit, when alive in the hearts and minds of the faithful, will bring Jesus Christ to life, a light shining in the darkness.
Mary has many titles in the Church to express the singularity of her vocation and this latest one arises from the Pentecost moment nearly 2,000 years ago in Jerusalem. Mary was assembled with the Apostles and the other disciples, 120 in total, when the Holy Spirit poured forth into their hearts and minds, creating a new day with power from on high. “This is the day the Lord has made, let us be glad and rejoice in it.”
So the mother of the Lord Jesus, has always been and now is formally venerated as the mother of the Church, the Body of Christ in the world. Like Mary, our souls proclaim the greatness of the Lord as we treasure all these things in our hearts, holding Jesus Christ close in our daily lives.
As in many instances throughout the history of the Church, Pope Francis, as the successor of St. Peter, speaks on behalf of the Church and in this instance has formally decreed a new memorial on behalf of all of the faithful, many of whom express their love for Mary in their daily devotion. The ministry of the Holy Father, the successor of St. Peter, is to recreate and expand Pentecost when the Holy Spirit raised up St. Peter to speak on behalf of the 120 to the incredulous throngs gathered in Jerusalem for a Jewish feast.
All assembled in prayer had received the gift of the Holy Spirit, represented in the hovering tongues of flames and the strong driving wind. From this mutual encounter with their saving God in Jesus Christ, Peter, with that Galilean accent who only days before vehemently denied his Lord, now boldly evangelized about salvation in his Name to all who would listen. Recently, at a pre-synod gathering on young people, the faith and vocational discernment in Rome, a remarkable photo revealed the dynamics of a Pentecost moment. Pope Francis, in his white cassock, was pictured seated in the center of a packed hall of the faithful, representatives from many nations and regions around the world who were partaking in the pre-synod process.
There sat Francis of Rome surrounded by laity, religious and ordained. Open to the wisdom and power of the Holy Spirit all were listening to a presentation, one of many that will lead to a post-synodal exhortation from Pope Francis. Like St. Peter, eventually, he will rise up from the midst of his sisters and brothers and speak to the Church and the world. The Holy Spirit has empowered Pope Francis in his Petrine ministry over the past five years in ordinary and extraordinary ways.
The Joy of the Gospel, Evangelii Guadium, is his landmark Apostolic Exhortation on evangelization, the fruit of a world-wide synodal dialogue and discernment. More recently, he gave to the Church Amoris Latitiae, the Joy of Love, a panorama of the challenges of living the gospel in marriage and family in the modern world. This exhortation emerged as the fruit of the Holy Spirit after a two year, grassroots process in the universal Church, offering a path, consolation, hope and light.
Lastly, the Pentecost moment calls us back to our center where we know that we are God’s children, brothers and sisters of the Lord Jesus and temples of the Holy Spirit. I have witnessed the Holy Spirit throughout the Diocese of Jackson during the 19 celebrations of Confirmation to date. These are extraordinary moments to be sure, but they can only materialize because of the Holy Spirit’s burning presence in the hearts and minds of families and parish communities from day to day.
For some, the flame may have been as imperceptible as a pilot light waiting to be stirred into something more in God’s good time. Yet, the gift of the Church, the Body of Christ, calls us all back to our Pentecost, our birthday of the Lord, where we can renew our identity and vocation as his disciples. From that first community in Jerusalem to the many communities throughout our diocese, with Mary, Pope Francis and the newly confirmed, we pray together, Come, Holy Spirit and renew the face of the earth.

Nueva fiesta dedicada a María

Obispo Joseph Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
La experiencia de Pentecostés, parecida a la gran explosión que estalló en el universo, continúa expandiéndose y acelerándose en la creatividad y fuerza salvífica del Espíritu Santo. En la Última Cena, Jesús prometió que el Espíritu nos llevaría a toda la verdad, o a profundizar en el conocimiento y la comprensión de los misterios de nuestra fe de una generación a la siguiente. Recientemente, el Papa Francisco declaró que a partir de este día el lunes después de Pentecostés se celebrará como el Memorial de María, la Madre de la Iglesia. María, cuyo mandato, trajo un nuevo mundo para el plan de salvación de Dios en el misterio de la Encarnación del Logos eterno, revela a cada generación que el Espíritu Santo cuando vive en los corazones y las mentes de los fieles, traerá a Jesucristo a la vida, una luz que brilla en la oscuridad.
María tiene muchos títulos en la Iglesia para expresar la singularidad de su vocación, y este último surge desde el momento de Pentecostés hace casi 2000 años en Jerusalén.
María estaba reunida con los apóstoles y los demás discípulos, 120 en total, cuando el Espíritu Santo se infundió en sus corazones y mentes, creando un nuevo día con poder desde lo alto. “Este es el día que el Señor ha creado, alegrémonos y regocijémonos en él.” Así que la Madre del Señor Jesús, ha sido siempre, y ahora es oficialmente venerada como Madre de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo en el mundo.
Como María, nuestra alma proclama la grandeza del Señor y valoramos todas estas cosas en nuestros corazones, manteniendo a Jesucristo cerca en nuestra vida diaria. Como en muchos casos a lo largo de la historia de la Iglesia, el Papa Francisco, como sucesor de San Pedro, habla en nombre de la Iglesia, y en este caso ha decretado oficialmente un nuevo memorial en nombre de todos los fieles, muchos de los cuales expresan su amor por María en su devoción diaria.
El ministerio del Santo Padre, el sucesor de San Pedro, es la recreación y expansión de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo inspiró a San Pedro para que hablara en nombre de los 120 a la incrédula multitud reunida en Jerusalén para una fiesta Judía. Todos los reunidos en oración habían recibido el don del Espíritu Santo, representado en las flotantes lenguas de fuego y el fuerte viento. A partir de este encuentro mutuo con su Dios salvador en Jesucristo, Pedro, con ese acento Galileo, quien sólo unos días antes había negado rotundamente a su Señor, ahora audazmente evangeliza acerca de la salvación en su nombre a todos los que desean escuchar. Recientemente, en una reunión Pre-Sínodo sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional en Roma una notable foto revela la dinámica de un momento de Pentecostés.
El Papa Francisco, en su sotana blanca, fue fotografiado sentado en el centro de una sala repleta de fieles, representantes de muchos países y regiones del mundo que estaban tomando parte en el proceso Pre-Sínodo. Allí estaba sentado Francisco de Roma, rodeado de laicos, religiosos y sacerdotes. Abiertos a la sabiduría y el poder del Espíritu Santo, todos escuchaban una presentación, una de las muchas que conducirían a una exhortación post-sinodal del Papa Francisco. Como San Pedro, eventualmente, él se levantará de en medio de sus hermanos y hermanas, y le hablará a la Iglesia y al mundo.
El Espíritu Santo ha facultado al Papa Francisco en su ministerio petrino durante los últimos cinco años en forma ordinaria y extraordinaria. La Alegría del Evangelio, Evangelii Guadium, es su memorable exhortación apostólica sobre la evangelización, el fruto de un diálogo y discernimiento sinodal mundial. Más recientemente, le dio a la Iglesia el Amoris Latitiae, la Alegría del Amor, un panorama de los desafíos de vivir el Evangelio en el matrimonio y la familia en el mundo moderno. Esta exhortación emergió como el fruto del Espíritu Santo después de un período de dos años, el proceso de base en la Iglesia universal, ofreciendo un camino, consuelo, esperanza y luz.
En conclusión, el momento de Pentecostés nos llama a nuestro centro donde sabemos que somos hijos de Dios, hermanos y hermanas del Señor Jesús, y templos del Espíritu Santo. He sido testigo del Espíritu Santo en toda la Diócesis de Jackson durante las 19 celebraciones de confirmación hasta la fecha.
De seguro estos son momentos extraordinarios, pero sólo pueden materializarse a causa de la ardiente presencia del Espíritu Santo en los corazones y en las mentes de las familias y de las comunidades parroquiales día a día. Para algunos la llama puede haber sido tan imperceptible como una luz piloto a la espera de ser agitados en algo más en el tiempo bueno de Dios. Sin embargo, el don de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, nos llama a todos de vuelta a nuestro Pentecostés, nuestro cumpleaños del Señor, donde podemos renovar nuestra identidad y vocación como discípulos suyos. Desde esa primera comunidad en Jerusalén a muchas comunidades a lo largo de nuestra diócesis, con María, el Papa Francisco y los recientemente confirmados, oramos juntos, Ven, Espíritu Santo y renueva la faz de la tierra.