Our lives are labor of love in God

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
After God set the world in motion through the work of creation, he fashioned man and woman from the dust of the earth in the divine image and likeness and entrusted them with the task of developing this grand handiwork. Then and now, God intends that we not lose sight of his divine presence when we apply our talents to building a world that gives glory to the creator, dignity to human life everywhere and a profound awe for the beauty of our planet. For further motivation and inspiration, we, as disciples of the Son of God, recall the words of sacred scripture that proclaim, “for in him all things were created, in heaven and on earth, visible and invisible … all things were created through him and for him. (Colossians 1:15-17) Through faith we know that love is our origin, love is our constant calling and love is our fulfillment in heaven.

We also know that for as long as we live there is much to be done. Perhaps this Labor Day more than ever reminds us that throughout our lives the work of building and rebuilding is constant.

Bishop Joseph R. Kopacz

Recall the sobering yet hopeful words from St. Paul’s letter to the Romans. “We know that the whole creation has been groaning with labor pains together until now; and not only the creation, but we ourselves, who have the first fruits of the Spirit, groan inwardly as we wait for adoption as sons and daughters, the redemption of our bodies.” (Romans 8:19-23)

Are we ever groaning these days, as the pandemic grinds on in many corners of our society and world, whether it be over our children, academically and developmentally, or the loss of life and the suffering that ensues. Considerable rebuilding will be necessary.
Blessed Mother Teresa understood well the lifetime task of building a religious community to serve the dire needs of the present moment, and to endure for generations to come in a world where there are no guarantees. In a poem attributed to her entitled, “Anyway” she mused, “What you spend years creating, others could destroy overnight. Create anyway.”
Clearly, what she is saying is that when necessary, rebuild and create something better. We can apply her wisdom to the destructive drives inherent in humanity or to the overwhelming power of nature. It seems that wherever we turn, too many are caught between a rock and a hard place, Scylla and Charybdis, the rocky shoals or the churning whirlpool.

On the one hand, there is the destructive power of nature in the virus silently stalking, in raging fires, in howling hurricanes, in unforeseen flooding or in heaving earthquakes. On the other hand, destruction boils over from the abyss of human nature, alienated from our loving creator, in acts of violence, terrorism and war. What once was, is no more and people are pressed to choose. Look ahead and rebuild in one form or another or look backward and wallow in inertia. The Book of Ecclesiastes reminds us that in the cycle of living, “there is a time to break down, and a time to build up.” (3:3) As God’s children we want to be busy about living.

This weekend is the 20th anniversary of 9/11 that obliterated many lives, destroyed iconic structures, wreaked havoc upon our nation’s psyche, and unleashed a 20-year war whose official ending is still spilling blood. Indeed, all of creation groans. Yet, this crisis immediately revealed the goodness and courage of first responders and many others who put aside concern for self in the hope of rescuing their neighbor and the stranger. It took 14 years for the majestic One World Center to be built on the spot of the Twin Towers that were destroyed. It will take a lifetime or more for those who directly experienced this horror to heal. We pray that the work of reconciliation will never cease.

The Son of God, the one through whom and for whom all creation came to be, revealed life’s inevitable vulnerability on Calvary. Yet, on Easter Sunday the dawn from on high broke upon us and we who walk in the shadow of death, now walk by faith and labor with a purpose everyday of our lives, because Christ lives.

In the big questions about our lives and in our daily and familiar tasks, may we know that in God our lives are a labor of love, whether we are building something new with great confidence, or rebuilding in the face of loss. In the prologue of St. John, we know whence the power comes to regain our footing and our hope. “In the beginning was the Word, and the Word was with God, and the Word was God. He was in the beginning with God, all things were made through him. In him was life, and the life was the light for all. The light shines in the darkness, and the darkness has not overcome it.”

Nuestras vidas son obra de amor en Dios

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
Después que Dios puso el mundo en movimiento, mediante la obra de la creación, formó al hombre y la mujer del polvo de la tierra a la imagen y semejanza divina y les confió la tarea de desarrollar esta gran obra.
Entonces y ahora, Dios quiere que no perdamos de vista su presencia divina cuando usemos nuestros talentos para construir un mundo que dé gloria al creador, dignidad a la vida humana en todas partes y un asombro profundo por la belleza de nuestro planeta.
Para mayor motivación e inspiración, nosotros, como discípulos del Hijo de Dios, recordamos las palabras de la Sagrada Escritura que proclaman, “En él Dios creó todo lo que hay en el cielo y en la tierra, tanto lo visible como lo invisible, así como los seres espirituales que tienen dominio, autoridad y poder. Todo fue creado por medio de él y para él. Cristo existe antes que todas las cosas, y por él se mantiene todo en orden.” (Colosenses 1: 15-17) A través de la fe sabemos que el amor es nuestro origen, el amor es nuestro llamado constante y el amor es nuestra plenitud en el cielo.
También sabemos que mientras vivamos hay mucho por hacer. Quizás este Día del Trabajo nos recuerda más que nunca que a lo largo de nuestras vidas el trabajo de construcción y reconstrucción es constante. Recuerde las palabras aleccionadoras pero esperanzadoras de la carta de San Pablo a los romanos. “La creación espera con gran impaciencia el momento en que se manifieste claramente que somos hijos de Dios. Porque la creación perdió su verdadera finalidad, no por su propia voluntad, sino porque Dios así lo había dispuesto; pero le quedaba siempre la esperanza de ser liberada de la esclavitud y la destrucción, para alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que hasta ahora la creación entera se queja y sufre como una mujer con dolores de parto.” (Romanos 8: 19-23)

Obispo Joseph R. Kopacz

Hemos estado alguna vez quejándonos en estos días, mientras la pandemia avanza en muchos rincones de nuestra sociedad y el mundo; quejas por nuestros hijos, ya sea académicamente y desde el punto de vista de su desarrollo; o quejas por la pérdida de vidas y el sufrimiento que sobreviene con esto. Será necesaria una reconstrucción considerable.
La bendecida Madre Teresa comprendió bien la tarea de toda la vida, de construir una comunidad religiosa que sirva a las urgentes necesidades del momento presente y que perdure para las generaciones venideras en un mundo donde no hay garantías. En un poema atribuido a su autoría y titulado “De todos modos”, ella reflexionó, “Aquello que pasas años creando, otros lo pueden destruir de la noche a la mañana. Crea de todos modos.”
Claramente está diciendo que cuando sea necesario, reconstruya y cree algo mejor. Podemos aplicar su sabiduría a los impulsos destructivos inherentes a la humanidad o al poder abrumador de la naturaleza. Parece que dondequiera que miremos, demasiados están atrapados entre la espada y la pared, Escila y Caribdis, los bajíos rocosos o el remolino agitado.
Por un lado, está el poder destructivo de la naturaleza en el virus que acecha silenciosamente, en los incendios furiosos, en los huracanes aulladores, en las inundaciones imprevistas o en los terremotos. Por otro lado, la destrucción brota del abismo de la naturaleza humana, alienada de nuestro amoroso creador, en actos de violencia, terrorismo y guerra. Lo que una vez fue, ya no existe y la gente se ve presionada a elegir. O mira hacia adelante y reconstruye de una forma u otra o mira hacia atrás y se deja llevar por la inercia. El Libro de Eclesiastés nos recuerda que en el ciclo de la vida, “Un momento para destruir y un momento para construir.” (3: 3) Como hijos de Dios, queremos estar ocupados viviendo.
Este fin de semana es el vigésimo aniversario del 11 de septiembre que arrasó con muchas vidas, destruyó estructuras icónicas, causó estragos en la psique de nuestra nación y desató una guerra de 20 años cuyo final oficial sigue derramando sangre. De hecho, toda la creación gime. Sin embargo, esta crisis reveló de inmediato la bondad y el coraje de los socorristas y muchos otros que dejaron de lado la preocupación por sí mismos con la esperanza de rescatar a su vecino y al extraño. Se necesitaron 14 años para que el majestuoso One World Center se construyera en el lugar de las Torres Gemelas que fueron destruidas. Los que experimentaron directamente este horror tardarán toda una vida en sanar. Oramos para que la obra de reconciliación no cese nunca.
El Hijo de Dios, aquel a través de quien y para quien llegó a existir toda la creación, reveló la inevitable vulnerabilidad de la vida en el Calvario. Sin embargo, el Domingo de Resurrección, el amanecer de lo alto amaneció sobre nosotros, quienes caminamos en la sombra de la muerte y que ahora caminamos por fe, trabajando con un propósito todos los días de nuestra vida, porque Cristo vive.
En las grandes preguntas sobre nuestra vida y en nuestras tareas cotidianas y familiares, sepamos que, en Dios, nuestras vidas son un trabajo de amor, ya sea que estemos construyendo algo nuevo con gran confianza o reconstruyendo ante la pérdida. En el Prólogo de San Juan, sabemos de dónde viene el poder para recuperar nuestro equilibrio y nuestra esperanza. “En el principio ya existía la Palabra; y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Por medio de él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin él. En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla”.

Diocesan ministries depend on generosity through service appeal

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
Dear friends in Christ, due to the pandemic many diocesan, parish and school events and programing were derailed, postponed or curtailed. One of the casualties earlier this year was the parish in-pew process for the 2021 Catholic Service Appeal.

Consequently, our goal of $1,153,654 is down approximately $344,000. All things considered; this shortfall is directly related to the cancellation of the in-pew process over health concerns surrounding the spread of the COVID-19. But as the contributions to the appeal slowed to a trickle by early summer, I and other diocesan officials realized that we had to arrange for one final push to overcome the deficit that will surely have a negative impact on our ministries.

The best approach would be to conduct the in-pew process as the cornerstone for this 11th hour drive, which is now scheduled for Saturday and Sunday, Aug. 28 and 29. A seven-month delay is unprecedented with this critical step for the success of the service appeal, but then again, we are navigating through unprecedented times.

Bishop Joseph R. Kopacz

The service appeal is an essential component of our annual diocesan budget, funding approximately 20% for our ministries and programs. To put a human face on this deficit, a 25% shortfall of $344,000 is most of what it costs to educate our six seminarians for the academic year ahead. Or this is most of the annual contribution to our Catholic Charities that each year is an unrestricted flow of income that can be used for shortfalls in programing. So much of the work of Catholic Charities is accomplished off the radar, but we are serving vulnerable populations throughout Mississippi, and the vast majority of our sisters and brothers whom we empower are not Catholic. We do the work because we are Catholic, and so we lift up the victims of domestic violence, those weighed down under the yoke of drugs and alcohol, homeless veterans who put their lives on the line, children and young people in foster care and adoption services, young people afflicted by mental health issues and family turmoil, disaster relief, counseling and immigration services, academic enrichment for underserved children and much more. Through all of these programs we fulfill our mission to be a visible sign of Christ’s love.

Fittingly, we are concerned about the gaping deficit in this year’s goal, because all of our diocesan ministries that serve the Lord depend upon your generosity through the service appeal. The office of communication, including our Mississippi Catholic publication, Faith Formation and Evangelization, Youth ministry and Campus ministry, and more, will be adversely affected unless we can substantially or totally erase the deficit.

We are grateful to all who have contributed to this year’s appeal so far. Some even went the extra mile and made a second contribution, realizing that regular donors might not be able to give due to the setbacks of the pandemic.

Currently, we are down 1,470 donors for this year’s appeal. Clearly, the postponement of the in-pew process is the major culprit.

If you are able to contribute at the 11th hour of the 2021 appeal, please know that each and every gift will be a blessing. Whether you can take the opportunity through the in-pew-process on Saturday and Sunday, Aug. 28 and 29, through the mail or online giving, be assured that you will be supporting the mission of the Diocese of Jackson to serve others, to inspire disciples and to embrace diversity. Sister Thea Bowman would be so proud to behold each little light glowing together to become a beacon of hope for all in need, and for the glory of God.

Ministerios diocesanos dependen de su generosidad con Campaña de Servicio Católico

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
Queridos amigos en Cristo, debido a la pandemia, muchos eventos y programas diocesanos, parroquiales y escolares fueron cancelados, pospuestos o restringidos. Una de las víctimas a principios de este año fue la colecta parroquial en persona para la Apelación del Servicio Católico 2021.

Obispo Joseph R. Kopacz

En consecuencia, nuestra meta de $ 1,153,654 solo llega aproximadamente a $ 344,000. Con esto en consideración; este déficit está directamente relacionado con la cancelación de la recogida de donaciones personales en las bancas de la iglesia, debido a problemas de salud relacionados con la propagación del virus.
A medida que las contribuciones a la Campaña se redujeron a un goteo a principios del verano, yo y otros funcionarios diocesanos nos dimos cuenta que teníamos que hacer arreglos para, en un último empujón, superar el déficit, que seguramente tendrá un impacto negativo en nuestros ministerios.
El mejor enfoque sería realizar el proceso en las bancas parroquiales, como piedra angular de esta unidad de 11 horas, que ahora está programada para sábado y domingo, próximos 28 y 29 de agosto. Un retraso de siete meses no tiene precedentes en este paso crítico para el éxito de la colecta para el Servicio Católico, pero, de nuevo, estamos atravesando tiempos sin precedentes.
El llamamiento de ayuda para el Servicio Católico es un componente esencial de nuestro presupuesto diocesano anual, que financia aproximadamente el 20% de nuestros ministerios y programas. Para poner un rostro humano a esta diferencia, es bueno explicar que un déficit del 25% de $ 344,000 es la mayor parte de lo que cuesta educar a nuestros seis seminaristas para el próximo año académico. O puede ser ésta la mayor parte de la contribución anual a nuestras organizaciones benéficas católicas, y que cada año es un flujo de ingresos sin restricciones que se puede utilizar para las suplir las deficiencias en la programación.
Gran parte del trabajo de Caridades Católicas se realiza fuera del radar, muchas veces sin hacerse notar, pero estamos sirviendo a poblaciones vulnerables en todo el estado de Mississippi, y la gran mayoría de nuestras hermanas y hermanos a quienes empoderamos no son católicos. Hacemos el trabajo porque somos católicos, porque levantamos a las víctimas de la violencia doméstica, a los que sufren el yugo de las drogas y el alcohol, a los veteranos sin hogar que arriesgaron sus vidas, a los niños y jóvenes en hogares de acogida y adopción, en servicios a jóvenes afectados por problemas de salud mental y/o disfusión familiar, ayuda en caso de desastre, servicios de asesoramiento e inmigración, enriquecimiento académico para niños desatendidos y mucho más. A través de todos estos programas cumplimos con nuestra misión de ser un signo visible del amor de Cristo.
Oportunamente, estamos preocupados por el enorme déficit en la meta de este año, porque todos nuestros ministerios diocesanos que sirven al Señor dependen de su generosidad a través del llamamiento de servicio. La oficina de comunicación, incluida nuestra publicación católica de Mississippi, Formación de fe y evangelización, ministerio de jóvenes y universitario y más se verán afectados negativamente, a menos que podamos eliminar sustancial o totalmente este déficit.
Agradecemos a todos los que han contribuido hasta ahora al llamamiento de este año. Algunos incluso hicieron un esfuerzo adicional e hicieron una segunda contribución, al darse cuenta de que es posible que los donantes habituales no puedan contribuir debido a los reveses de la pandemia.
Actualmente, hemos perdido 1.470 donantes en el llamamiento de este año. Claramente, el aplazamiento del proceso en las bancas es el principal culpable.
Si usted puede contribuir en la undécima hora de la apelación de 2021, sepa que todos y cada uno de sus donativos serán una bendición. Ya sea que pueda aprovechar la oportunidad a través del proceso en persona, en las bancas el sábado y domingo 28 y 29 de agosto, por correo o donando en línea, tenga la seguridad de que apoyará a la misión de la Diócesis de Jackson de servir a los demás, a inspirar a los discípulos y abrazar la diversidad.
La hermana Thea Bowman estaría muy orgullosa de contemplar cada pequeña luz brillando juntas para convertirse en un faro de esperanza para todos los necesitados y para la gloria de Dios.

Eucharist sustains on path of life

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
On the 25th anniversary of his election as the Successor of Peter, and early in the new millennium St. John Paul II on April 17, 2003 bestowed upon the church the Encyclical Letter, Ecclesia de Eucharistia. On this day, the church throughout the world was celebrating Holy Thursday, the beginning of the Paschal Triduum, the institution of the Eucharist, and the foundation for the sacrament of Holy Orders. Instituted at the Last Supper and fulfilled in the death and resurrection of the Lord on Easter morning, “the Eucharist stands at the center of the church’s life” from the beginning.
In this document St. John Paul ardently expressed his hopes and dreams for all of the Lord’s disciples in the Catholic Church throughout the world. “I would like to rekindle this Eucharistic ‘amazement’ by the present Encyclical Letter, in continuity with the Jubilee Year in 2000. To contemplate the face of Christ and to contemplate it with Mary, is the “programme” which I have set before the church at the dawn of the new millennium, summoning her to put out into the deep on the sea of history with the enthusiasm of the new evangelization. To contemplate Christ involves being able to recognize him wherever he manifests himself, in his many forms of presence, but above all in the living sacrament of his body and blood. The church draws her life from Christ in the Eucharist; by him she is fed and by him she is enlightened. The Eucharist is both a mystery of faith and a mystery of light.”

Bishop Joseph R. Kopacz

We recall that in 2002 St. John Paul instituted the Luminous Mysteries of the Rosary that begin with Jesus’ Baptism in the Jordan, and continue with the Wedding at Cana, the Proclamation of the Kingdom, the Transfiguration, and culminate with the Eucharist, “the source and summit of the Christian life” the iconic statement from Lumen Gentium, the document on the church from the Second Vatican Council.
The Holy Sacrifice of the Mass is a boundless fountain of new life where each generation of the faithful is called to be renewed in Eucharistic “amazement,” from the Successor of Peter in Rome to communities of faith on all points of the compass in the universal church. In recent months, the raucous rhetoric surrounding the prospective document on the Eucharist from the United States Catholic Conference of Bishops has misrepresented the goal of the Conference’s strategic plan for renewal in the church in the spirit of St. John Paul’s Apostolic Letter, Ecclesia de Eucharistia. The following is an overview of a deliberative process that was well underway independent of any political distortion.
“The 2021-24 USCCB Strategic Plan will guide the Conference during the uniquely challenging times we face as a church and nation. The theme chosen for the 2021-2024 USCCB strategic plan, “Created Anew by the Body and Blood of Christ: Source of Our Healing and Hope” emerged as the result of listening sessions with Bishops, the National Advisory Council and USCCB senior staff who were asked to reflect on the challenges and opportunities facing the church in the four years ahead. The need for healing and renewal through a reinvigorated focus on the Blessed Sacrament emerged as the theme most commonly discussed and embraced among the groups; as such, it naturally evolved and was adopted as the theme of the 2021-24 USCCB strategic plan that will guide the Conference over the next four years.”
Moreover, the dispersion of the faithful brought about by the pandemic gives even greater impetus to the wisdom of the strategic plan. The extensive dialogue among the bishops at the recent June meeting appears to have righted the ship and the forthcoming document on the Eucharist will align with the strategic plan for 2021-2024.
Worthiness to receive the Body and Blood of the Lord, or being in the state of grace, has been part of the church’s tradition from the beginning as we read in the words of St. Paul. “Therefore whoever eats the bread or drinks the cup unworthily will have to answer for the body and blood of the Lord. A person should examine himself and so eat the bread and drink the cup. For everyone who eats and drinks without discerning the body, eats and drinks judgment on themselves.” (1Corinthians 11:27-29)
Obviously, worthiness is a critical element that cannot be dodged because sin and scandal weaken the Body of Christ and compromise the church’s mission in this world. Worthiness and the essential call of the Lord to repentance and conversion are ever ancient and ever new, will be integral in the impending document. For sure, there is a rightful time and place for disciplinary action in the life of the church in every generation, but this publication of the Bishops’ Conference does not have the authority to address personal situations. This is the realm of a particular pastor or bishop.
Coming soon in a church near you, we will have the opportunity this summer to hear, contemplate and celebrate for several weeks the Bread of Life discourse of Jesus from the sixth chapter of the Gospel of John. In the words of St. John Paul II may the proclamation of these gospel passages, our Lord’s own words, be a source of Eucharistic “amazement” spiritual food to sustain us on the path of life, and the pledge of eternal life.

Our steadfast servant answered the call

(Editor’s note: Below is the homily that Bishop Kopacz delivered at the Mass of Christian Burial for Bishop Joseph N. Latino on June 9, 2021.)
By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
My first encounter with Bishop Latino was at the airport in Jackson when I arrived the night before I was announced as the 11th Bishop of Jackson on Dec. 12, 2013. He was there to welcome me. He had a very broad smile knowing that his successor was real and had arrived. His gracious and welcoming spirit remained constant over these past seven and a half years in many ways. There were some light moments even before arriving. Some mistook his middle name, Nunzio, for Nuncio, and they thought I was following the Apostolic Delegate. Others observed that my facility with the Spanish language will serve me well because I was replacing a Latino. Oh well.
Ut Unum Sint – That all may be one

Bishop Joseph R. Kopacz


The unity that Bishop Latino’s episcopal motto proclaimed is at the center of the great priestly prayer of Jesus at the Last Supper in John’s Gospel. This prayer has its source and summit in the unity that Jesus Christ has with the Father and the Holy Spirit, a mystery woven throughout the Gospel of John that so inspired Bishop Latino as seen in his Gospel selection for today’s Mass. The Gospel of John begins sublimely: “In the beginning was the Word and the Word was with God and the Word was God.”
In the middle of the Gospel at the Last Supper the washing of the feet commences with the bold assertion that “Jesus knowing that the Father had given all things into his hands, and that he had come from God and was going to God, rose from his supper, laid aside his garments, and tied a towel around himself.”
Toward the end of the Gospel on the night of the resurrection Jesus breathed into his apostles the gift of the Holy Spirit, after embracing them in peace and saying to them, “as the Father has sent me so I send you.” His apostles, anointed in the Holy Spirit and consecrated in the truth for mission, were sent to preach the Gospel as a living body, in all of their diversity. They were one!
In his Episcopal motto and in his choice of the Gospel for today’s funeral liturgy, we find the core of Bishop Latino’s vocation to the priesthood culminating in his consecration as the 10th Bishop of Jackson.
Today’s Gospel passage is under the heading “The authority of the Son of God.” “Truly, truly, I say to you, he who hears my word and believes him who sent me, has eternal life … For as the Father has life in himself, so he has granted the Son also to have life in himself.”
There is no doubt that Bishop Latino lived his priestly vocation with a deep sense of the Lord’s call and authority over his life. Throughout his 58 years and two days in the priesthood of Jesus Christ he served with the heart of the Good Shepherd, to build up his body, the church, for the salvation of all, with that graciousness we heard at the end of the passage from Thessalonians: “Encourage one another, and build one another up.”
Like the prophet Jeremiah he felt the Lord’s call to the priesthood from his youth. Like Jeremiah, there were daunting challenges as one can expect when coming forward to serve the Lord as the Book of Sirach soberly states, but once Bishop Latino put his hand to the plow he did not look back.
He was ordained in 1963 in the middle of the Second Vatican Council. Just when he thought he had all the answers after 12 years of seminary formation, in a matter of two or three years, the church and the world changed most of the questions. Obviously, he dug deeper and in the words of Sirach he set his heart and remained steadfast, by the grace of God.
Forty years later, after steadfastly serving in the Archdiocese of New Orleans and in the Diocese of Houma-Thibodaux as vicar general and pastor of the Cathedral for many years, he was anticipating downsizing in his priestly duties, so to speak, like maybe a smaller parish. Oh well!
The phone rang; he took the call, and answered the call, and once again he set his heart right and remained steadfast, and moved north to become the 10th Bishop of this amazing diocese.
Bishop Latino had come forward to serve the Lord early in life, and steadfastness endured as a defining virtue of his character and his priesthood, a mindset that motivated him to work in the Lord’s vineyard in a variety of pastoral ministries, to achieve that unity for which the Lord Jesus prayed and laid down his life. Over his ten years as Bishop of Jackson, the Lord brought forth new growth, fruit that lasts to this present moment. Of course, in his unassuming matter he might say, I just stayed out of God’s way.
St. Pope John Paul II on the occasion of his 50th anniversary of ordination wrote a reflection on his priesthood entitled, Gift and Mystery. In chapter seven, he asks: Who is the Priest? What does it mean to be a priest?
He recalled the words of St. Paul. “This is how one should regard us, as servants of Christ, and stewards of the mysteries of God. Now it is required of stewards that they should be found trustworthy.” (1Cor. 4:1-2)
We give joyful thanks for Bishop Latino’s trustworthy service for nearly six decades, for years in the fullness of his strength and as time passed accepting the changes in his health that humbled him, in the words of Sirach, our first reading.
In his retirement, at times, he grieved the physical limitations that prevented him from serving more actively in the diocese, but at the foot of the Cross his ministry of prayer and presence was a treasure for us. His early monastic formation served him well in his later years. Through it all he trusted in the Lord who called him from his youth, and in holy fear, grew old in God.
My final encounter with Bishop Latino was sitting at his bedside within hours of his death, softly saying the rosary and praying the Night Prayer, as he slowly passed from this world to the next. I spoke the words that he no longer could.
Now, Master, you let your servant go in peace. You have fulfilled your promise.
My own eyes have seen your salvation, which you have prepared in the sight of all peoples.
A light to all the nations; the glory of your people Israel.
This is the cornerstone of Night Prayer that all priests offer at day’s end, reminding us of who is the master, and whose glory is at work.
I trust that as Bishop Latino’s body wasted away, his inner self was being renewed every day, in the words of St. Paul. What is seen is transitory, what is unseen is eternal.
Eternal rest grant unto him, O Lord, and let perpetual life shine upon. May he rest in peace. Amen.
May his soul and the souls of all the faithful departed rest in peace. Amen.

Nuestro serviente inquebrantable respondió al llamado

(Nota del editor: A continuación, se muestra la homilía que el obispo Kopacz pronunció en la Misa de Entierro Cristiano del obispo Joseph N. Latino el 9 de junio de 2021.)
Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
Mi primer encuentro con obispo Latino fue cuando llegué al aeropuerto de Jackson, la noche antes de que me anunciaran como el undécimo obispo de Jackson, el 12 de diciembre de 2013. Él estaba allí para darme la bienvenida. Tenía una sonrisa muy amplia al saber que su sucesor era real y que ya había llegado. Su espíritu amable y acogedor se mantuvo constante durante estos últimos siete años y medio de muchas maneras. Hubo algunos momentos clarificadores incluso antes de yo llegar aquí. Algunos confundieron su segundo nombre, Nunzio, con Nuncio, y pensaron que yo estaba sustituyendo al delegado Apostólico. Otros observaron que mi facilidad con el idioma español me serviría bien porque estaba reemplazando a un Latino. ¡Oh bien!, pensando que él, en realidad descendiente de italianos, era Latinoaméricano.
Ut Unum Sint – Que todos sean uno

Obispo Joseph R. Kopacz

La unidad que proclama el lema episcopal de obispo Latino está en el centro de la gran oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena en el Evangelio de Juan. Esta oración tiene su fuente y cumbre en la unidad que Jesucristo tiene con el Padre y el Espíritu Santo, un misterio tejido a lo largo del Evangelio de Juan que inspiró tanto a Obispo Latino y que fue su selección del Evangelio para la Misa de hoy.
El Evangelio de Juan comienza sublimemente: “En el principio ya existía la Palabra; y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.“ En medio del Evangelio en la Última Cena, en el lavado de los pies comienza con la audaz afirmación de que “Jesús sabía que había venido de Dios, que iba a volver a Dios y que el Padre le había dado toda autoridad; así que, mientras estaban cenando, se levantó de la mesa, se quitó la capa y se ató una toalla a la cintura. …”
Hacia el final del Evangelio, en la noche de la resurrección, Jesús insufló a sus apóstoles el don del Espíritu Santo, después de abrazarlos en paz y decirles: “como el Padre me envió a mí, así también yo os envío.” Sus apóstoles, ungidos en el Espíritu Santo y consagrados en la verdad para la misión, fueron enviados a predicar el Evangelio como cuerpo vivo, en toda su diversidad. ¡Eran uno! En su lema episcopal y en su elección del Evangelio para la liturgia fúnebre de hoy, encontramos que el núcleo de la vocación del obispo Latino al sacerdocio culmina con su consagración como el décimo obispo de Jackson. El pasaje del Evangelio de hoy está bajo el título “La autoridad del Hijo de Dios”. “De cierto, de cierto os digo: el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene la vida eterna… Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, también le ha concedido al Hijo el tener vida en sí mismo.”
No hay duda que obispo Latino vivió su vocación sacerdotal con un profundo sentido del llamado del Señor y la autoridad sobre su vida. A lo largo de sus 58 años y dos días en el sacerdocio de Jesucristo sirvió con el corazón del Buen Pastor, para edificar su cuerpo, la Iglesia, para la salvación de todos, con esa gracia que escuchamos al final del pasaje de Tesalonicenses: “Anímense unos a otros y edifíquense unos a otros”.
Como el profeta Jeremías, Obispo Latino sintió el llamado del Señor al sacerdocio desde su juventud. Al igual que a Jeremías, hubo desafíos desalentadores, como uno puede esperar al presentarse para servir al Señor y como dice sobriamente el Libro de Eclesiástico, pero una vez que el Obispo Latino puso su mano en el arado, no miró hacia atrás. Fue ordenado sacerdote en 1963 en pleno Concilio Vaticano II. Justo cuando pensaba que tenía todas las respuestas, después de 12 años de formación en el seminario, en cuestión de dos o tres años, la Iglesia y el mundo cambiaron la mayoría de las preguntas. Obviamente, cavó más profundo y en las palabras del Libro de Sirácides (Eclesiástico) puso su corazón y se mantuvo firme, por la gracia de Dios.
Cuarenta años más tarde, después de servir firmemente en la Arquidiócesis de Nueva Orleans y en la Diócesis de Houma-Thibodaux como vicario general y pastor de la Catedral durante muchos años, estaba anticipando una reducción en sus deberes sacerdotales, por así decirlo, como tal vez ir a una parroquia pequeña. ¡Oh bien! El teléfono sonó; aceptó la llamada y respondió a la llamada. Una vez más enderezó su corazón y se mantuvo firme, y se mudó al norte para convertirse en el décimo obispo de esta asombrosa diócesis.
El obispo Latino se había presentado para servir al Señor en una temprana edad, y la firmeza perduró como una virtud definitoria de su carácter y su sacerdocio, una mentalidad que lo motivó a trabajar en la viña del Señor en una variedad de ministerios pastorales, para lograr esa unidad para que el Señor Jesús oró y dio su vida.
Durante sus diez años como obispo de Jackson, el Señor produjo un nuevo crecimiento, fruto que perdura hasta el presente. Por supuesto, sin pretensiones, en sus palabras se podría decir, “simplemente me puse a su voluntad, fuera del camino de Dios.”
San Juan Pablo II, con motivo de su 50 aniversario de ordenación, escribió una reflexión sobre su sacerdocio titulada Don y Misterio. En el capítulo siete, pregunta: ¿Quién es el sacerdote? ¿Qué significa ser sacerdote? Recordó las palabras de San Pablo. “Así es como deben considerarnos, como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora se requiere que los mayordomos sean considerados dignos de confianza.” (1Cor. 4: 1-2)
Agradecemos con gozo el servicio confiable del Obispo Latino durante casi seis décadas, durante años en la plenitud de su fuerza y con el paso del tiempo aceptando los cambios en su salud que lo humillaron, como en nuestra primera lectura, las palabras de Sirácides. En su retiro, por momentos, lamentó las limitaciones físicas que le impedían servir más activamente en la diócesis, pero al pie de la Cruz, su presencia y ministerio de oración eran un tesoro para nosotros. Su temprana formación monástica le sirvió bien en sus últimos años. A pesar de todo, confió en el Señor que lo llamó desde su juventud, y con santo temor, envejeció en Dios.
Mi último encuentro con el Obispo Latino fue sentado junto a su cama pocas horas antes de su muerte, rezando el rosario en voz baja y rezandole la Oración Nocturna, mientras pasaba lentamente de este mundo al siguiente, dije las palabras que él ya no podía:
Ahora, Maestro, deja que tu sirviente se vaya en paz. Has cumplido tu promesa.
Mis propios ojos han visto tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos.
Una luz para todas las naciones;la gloria de tu pueblo Israel.
Esta es la piedra angular de la oración nocturna que todos los sacerdotes ofrecen al final del día, recordándonos quién es el maestro y cuya gloria está en acción. Confío en que a medida que el cuerpo de Obispo Latino se consumía, su yo interior se renovaba todos los días, en las palabras de San Pablo ‘Lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno’.
Concédele, oh, Señor, el descanso eterno y deja que brille para él la vida eterna. Ya puede descansar en paz. Amén.
Que su alma y las almas de todos los fieles difuntos descansen en paz. Amén.

Corpus Christi. La solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
Profundamente arraigada en nuestra tradición de fe, en la fiesta de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor, nos reunimos alrededor del Altar del Sacrificio, como lo hicieron Moisés y los israelitas al pie del monte Sinaí, para renovar y celebrar nuestra Alianza, iniciada en el Bautismo, sellada con la sangre de la Cruz y confirmada en la Resurrección.
Los israelitas salieron de la esclavitud de Egipto a un lugar de libertad en el desierto, para reunirse como Pueblo de Dios. Nos estamos reuniendo de nuevo como el Cuerpo de Cristo, en mayor número después de un año de ser esparcidos, no por la opresión de un cruel Faraón, sino por una pandemia castigadora.
Mirando más atrás en nuestra tradición de fe, nos parecemos a Noé y su familia, incluidas todas las criaturas de Dios, que estaban confinadas en su hogar flotante, hasta el día en que pudieran poner un pie en la tierra y ofrecer sacrificios a Dios.
Así también, nosotros ponemos un pie en nuestras iglesias, de toda la diócesis, de una manera más ordinaria para ofrecer sacrificio al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Obispo Joseph R. Kopacz

En la solemnidad más adecuada, aparte del Domingo de Resurrección, en la Solemnidad del Corpus Christi se levantó la dispensa de la obligación dominical, debidamente establecida durante más de un año, para que nuestros fieles católicos, el Cuerpo de Cristo, pudieran celebrar de nuevo el acto de culto sublime, la Santa Misa.
Me han inspirado, en este año pasado, todos los que se han reunido por hambre de la Palabra de Dios y del sacramento de la Eucaristía y todos los que han tenido un hambre profunda de estar físicamente presentes en la iglesia. Cada vez más, este anhelo se está cumpliendo a medida que la pandemia retrocede. Para aquellos que continúan separados debido a problemas de salud, espero que las circunstancias les permitan regresar a casa, más temprano que tarde.
En encuestas nacionales realizadas durante el año pasado, muchos expresaron que la pandemia, en medio del sufrimiento, la muerte y las privaciones, había fortalecido su fe en Dios y su vida espiritual. Los crisoles suelen hacer esto. Este crecimiento podría indicar una amplia gama de desarrollo personal, pero para nosotros como católicos, las señales externas de que nuestra fe en Jesucristo ha crecido son tangibles. Son el hambre de estar en comunión con él en el sacramento de su Cuerpo y Sangre, el hambre de ser parte viva del Cuerpo de Cristo, la comunidad reunida y el hambre y la sed que tenemos de justicia y reconciliación en nuestras relaciones, comenzando en casa y llegando a todos en nuestras vidas y en nuestro mundo.
El Papa Francisco continuamente aboga por un sentido más profundo de fraternidad en nuestro mundo que complemente la libertad y la igualdad. Su pasión por una mayor unidad y solidaridad entre los pueblos y las naciones surge de la fuente y cumbre de nuestra identidad católica, el santo sacrificio de la Misa.
El precioso cuerpo y la sangre del Señor es nuestro salvavidas en la fe. Cada día la Palabra de Dios resuena de acuerdo en toda la iglesia mundial, una luz en las tinieblas. El crucificado y resucitado es la luz del mundo, el pan de vida, el camino y la verdad. Su vida derramada por nosotros es alimento para el viaje y prenda de la vida eterna.
Qué precioso regalo y misterio celebramos en su amor eterno por nosotros. Cuán bendecidos somos cada vez que nos reunimos para la Eucaristía, profesando nuestra fe en que hacemos esto en memoria de Aquel que está con nosotros siempre hasta el fin de los tiempos y por toda la eternidad.
En el monte Tabor, la montaña de la Transfiguración, Pedro espetó, incrédulo de pura alegría: “Señor, ¡qué bien que estemos aquí!”. (Mateo 17: 4)
Estamos de acuerdo en que es bueno para nosotros estar de regreso en la iglesia, en nuestros lugares sagrados, donde podemos ver y celebrar la gloria de Dios que brilla en el rostro de Jesucristo, en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor, y durante todo el año. ¡Aleluya!

Corpus Christi The Solemnity of the Body and Blood of the Lord

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
In a manner deeply rooted in our tradition of faith, on the feast of the Solemnity of the Body and Blood of the Lord, we gathered around the Altar of Sacrifice, as did Moses and the Israelites at the base of Mount Sinai, to renew and celebrate our Covenant begun in Baptism, sealed in the blood of the Cross, and confirmed in the Resurrection. The Israelites emerged from slavery in Egypt to a place of freedom in the desert, in order to gather as the People of God.
We are regathering as the Body of Christ in greater numbers after a year of being scattered, not because of the oppression of a cruel Pharoah, but because of a punishing pandemic. Even further back in our tradition of faith we resemble Noah and his family, including all of God’s creatures, who were confined in their floating home, until the day they could set foot on land and offer sacrifice to God. So too, we set foot in our churches throughout the diocese in a more ordinary manner to offer sacrifice to the God and Father of our Lord Jesus Christ.

Bishop Joseph R. Kopacz

On the most fitting solemnity apart from Easter Sunday, the dispensation from the Sunday Obligation was lifted on the Solemnity of Corpus Christi, rightly in place for over a year, in order that our Catholic faithful, the Body of Christ, might celebrate anew our most sublime act of worship, the holy Mass.
I have been inspired by all who have gathered this past year out of hunger for God’s Word and the sacrament of the Eucharist, and by all who have had a deep hunger to be physically present in church. More and more this longing is being fulfilled as the pandemic recedes. For those, who continue to stay apart because of health concerns, may circumstances allow them to come home, sooner rather than later.
In national surveys over the past year, many expressed that the pandemic, in the throes of suffering, death and deprivation, had strengthened their faith in God and their spiritual lives. Crucibles often do this. This growth could indicate a wide range of personal development, but for us as Catholics, outward signs that our faith in Jesus Christ has grown are confirmable. They are the hunger to be in communion with him in the sacrament of his Body and Blood, the hunger to be a living part of the Body of Christ, the gathered community, and the hunger and thirst that we have for righteousness and reconciliation in our relationships, beginning at home, and reaching out to all in our lives and in our world.
Pope Francis continually pleads for a deeper sense of fraternity in our world that compliments liberty and equality. His passion for greater unity and solidarity among peoples and nations arises from the source and summit of our Catholic identity, the holy sacrifice of the Mass.
The precious body and blood of the Lord is our lifeline in faith. Each day the Word of God resounds in accord throughout the world-wide church, a light in the darkness. The crucified and risen One is the light of the world, the bread of life, the way and the truth. His life poured out for us is food for the journey and the pledge of eternal life.
What a precious gift and mystery we celebrate in his undying love for us. How blessed we are each time we gather for the Eucharist, professing our faith that we do this in memory of the One who is with us always until the end of time and for all eternity.
On Mount Tabor, the mountain of the Transfiguration, Peter blurted out, incredulous for pure joy: “Lord, it is good for us to be here.” (Matthew 17:4) We concur that it is good for us to be back in church in our sacred places where we can see and celebrate the glory of God shining on the face of Jesus Christ, on the Solemnity of the Body and Blood of the Lord, and throughout the year. Alleluia!

Language of love

In our uniqueness, the Lord calls each of us to repent and be reconciled to God for our own salvation and for the good of all.

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
While the nations rage the church eloquently proclaims in Pentecost faith: Lord Jesus, you came to gather the nations into the peace of God’s Kingdom. You come in word and sacrament to strengthen us in holiness. You will come in glory with salvation for your people. As we strive faithfully to fulfill the Great Commission of the Lord to make disciples of all the nations, we also embrace the enormous task of building the Kingdom of Heaven on earth wherever the Gospel is proclaimed, the signs of which are justice and peace, and joy in the Holy Spirit. (Romans 14:17)
The Holy Land upon which Jesus and his first disciples crisscrossed announcing the Kingdom of God, tragically remains relentlessly tormented by hatred, violence and warfare. The truce that ended the latest round of malice is as fragile as a birds’ nest in the midst of hungry predators. Yet, as disciples of the Lord in a universal church, the Holy Spirit impels us to overcome complacency and indifference, cynicism and despair for the sake of the common good and the salvation of all.
God’s dream for our world through the outpouring of the Holy Spirit is both deeply personal and inexorably universal. In our uniqueness, the Lord calls each of us to repent and be reconciled to God for our own salvation and for the good of all. This is a life lived in communities of faith in a world-wide church where uniqueness and diversity are intended to create bonds of unity. We look at the division in our church, nation and world and we wonder if unity and diversity are forever going to be out of reach.

Bishop Joseph R. Kopacz

When snared by this chaos, the Holy Spirit always redirects us back to Jesus and the power of the crucifixion, resurrection and ascension the divine outpouring in the first place. In the reading from Paul’s letter to the Galatians (5:19ff) on Pentecost Sunday, after acknowledging the darkness that dwells within each one of us, he illustrates the fruits of the Holy Spirit and the fountain from which they well up.
“Those who belong to Christ Jesus have crucified the flesh with its passions and desires. For if we live by the Spirit, let us walk also by the Spirit. Let us have no self-conceit, no provoking of one another, no envy of one another.” (5:24-25) It’s a big – if – that determines how we walk. It will determine whether we can create unity while cherishing diversity, or whether we will wallow in division, or worse, the violence, terror and war among nations.
In the midst of enormous divisions among the early Christian community in Corinth, marred by lawsuits, sexual immorality, disregard for the poor, abuses at the Lord’s supper, factions, and denial of the resurrection, to name a few, St. Paul remained steadfast in his belief that the Holy Spirit could bring divine order out of chaos. “There are a variety of gifts, but the same Spirit; there are varieties of service, but the same Lord; there are varieties of workings, but it is the same God who inspires them all in everyone. To each is given the manifestation of the Spirit for the common good.” (1Cor12:4-7)
What follows is a piece of the most heralded testimony ever composed on love. St. Paul penned it, “the more excellent way.”
“Love is patient and kind; love is not jealous or boastful; it is not arrogant or rude. Love does not insist on its own way; it is not irritable or resentful; it does not rejoice at wrong, but rejoices in the right. Love bears all things, hopes all things, endures all things.” (13:4-6) The Holy Spirit gave the Corinthians a way out of their chaos, and a path forward for every Christian community for all time, one generation to the next.
Historians and biblical scholars can puzzle over the Holy Spirit’s coming and its meaning 2000 years ago. But for those of us engaged in Christian ministry and outreach, there can be no doubt that the language being spoken then — and now — is the one any person can understand. It is the language of the Gospel, the Good News. It is the language of love. Yes, this is why Pentecost lives on.
Come Holy Spirit, fill the hearts of thy faithful, and enkindle in them the fire of thy love.