Dando gracias por aquellos que sirven

Obispo Joseph R. Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
Una gran cantidad de personas en Misisipi continúan siendo afectadas por las recientes redadas, del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), a indocumentados en comunidades y lugares de trabajo en todo el centro de nuestro estado. Las familias directamente afectadas están luchando para abordar las necesidades inmediatas mientras se preguntan sobre lo que seguirá en las próximas semanas y meses.
Por otro lado, la respuesta de base a la crisis ha sido rápida y de gran alcance. Dos días después de su instalación, personas de 40 estados hicieron donaciones en la página web de Catholic Charities dedicada a los afectados por las redadas. Estas donaciones se contabilizaron rápidamente y se prepararon para su distribución de acuerdo con las solicitudes que inevitablemente vendrán de las familias en las cuales los proveedores están ausentes.
Esta respuesta masiva, en todo el estado y en todo el país, demuestra la generosidad del pueblo estadounidense, en nombre de los niños y las familias en crisis, debido a desastres naturales o provocados por el hombre. También indica que muchos estadounidenses están preocupados por nuestro quebrado sistema de inmigración y desean una solución justa y humana.
Todos los ciudadanos honorables saben que el respeto a la ley es una herramienta indispensable de una sociedad civilizada. Las leyes de nuestra nación son el fruto de casi 250 años de lucha por una sociedad más justa para todos.
En el caso de la inmigración en nuestras fronteras del sur, el estado de derecho está, regularmente, en desacuerdo consigo mismo y la resolución parece estar en un horizonte de constante retroceso. Esto es evidente por el conflicto entre las leyes de asilo, entrada legal a nuestro país y de ciudadanía por derecho de nacimiento. Esto no se resolverá fácilmente porque ha estado en un punto muerto, durante tres décadas y media, desde que Ronald Reagan concedió la amnistía en la década de 1980. Pero somos estadounidenses y el optimismo está alojado en nuestro ADN. Además, somos cristianos junto con personas de diversas tradiciones religiosas, y la esperanza es eterna.
Otro instrumento indispensable de una sociedad civilizada, que hace posible perseguir nuestros derechos inalienables, es la seguridad y la protección que las fuerzas del orden público brindan a nivel local, estatal y nacional. En nuestra nación, en la mayoría de los lugares, reina la ley y el orden debido a las fuerzas del orden y a una ciudadanía honorable. Con razón, el abuso de poder y la corrupción, dentro de la aplicación de la ley, siempre debe ser expuesto a la luz en todas las organizaciones, incluida la iglesia.
Por esto, el respeto es crucial, por aquellos que sirven en la aplicación de la ley, porque el caos sería inimaginable sin su presencia en nuestras comunidades y nación.
Entonces, gracias a los hombres y mujeres, que sirven a la ciudadanía a través de su vigilancia sobre nuestras largas costas y fronteras, por la preservación activa, en nombre de la ley y el orden, en innumerables comunidades en todo el país.
Otro instrumento vital de una sociedad civilizada es la salvaguarda de la libertad religiosa que nuestros fundadores apreciaron tanto, al punto que se consagró en la primera enmienda de la constitución. “El Congreso no hará ley alguna por la que adopte una religión como oficial del Estado o se prohíba practicarla libremente, …, o el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente …” La sabiduría expresada en la Primera Enmienda prevé una asociación entre el gobierno y la religión en nombre del bien común o el bienestar general.
En este espíritu, en el Edificio Federal en Jackson el martes 13 de agosto, el Departamento de Seguridad Nacional, (Department of Homeland Security -DHS-, por su nombre y siglas en inglés), patrocinó un foro abierto del Subcomité para la Prevención de la Violencia Dirigida contra Comunidades Religiosas.
El siguiente es el memorándum que, Kevin K. McAleeman, Secretario Interino del Departamento de Seguridad Nacional, emitió el 20 de mayo; “En vista de los recientes ataques contra sinagogas, iglesias, templos y mezquitas, solicito que se restablezca rápidamente un Subcomité bajo el nombre de Concejo Asesor de Seguridad Nacional (HSAC) centrado en la seguridad de las organizaciones religiosas de todo el país.
Las casas de culto y las organizaciones sin fines de lucro basadas en la fe dedican recursos a las comunidades locales y, a menudo, sirven como faros sociales y morales en los que las personas confían en tiempos de problemas.
El derecho a practicar nuestras respectivas religiones, sin interferencia o miedo, es uno de los derechos más fundamentales e indelebles de nuestra nación. Por lo tanto, el ataque de extremistas violentos de cualquier ideología es particularmente aborrecible y debe evitarse. Si bien el Departamento de Justicia es responsable de investigar y procesar los ataques contra las instituciones religiosas, las misiones del DHS incluyen la preparación, prevención y mitigación de tales ataques. En apoyo de estas misiones, el DHS proporciona información, capacitación, ejercicios y experiencia sobre medidas de seguridad de protección a organizaciones religiosas “.
La preocupación por la violencia contra las comunidades religiosas no es una postura política en este momento en la historia de nuestra nación. El fin de semana pasado, el FBI y otros colegas encargados de hacer cumplir la ley evitaron un ataque contra un Centro Comunitario Judío en Youngstown, Ohio, a una hora al oeste de los asesinatos en la sinagoga en Pittsburg. Como es el caso en el 80% de tales amenazas y tiroteos masivos, el terrorista de cosecha propia, si sus planes no hubieran sido frustrados, habría sido un joven blanco supremacista. Parece que tenemos un cáncer creciente en el tejido social de nuestra nación y las comunidades basadas en la fe se encuentran en la mira de este odio imprudente.
Estuve agradecido de ser parte del panel de líderes religiosos, que estuvieron presentes en el foro, con funcionarios electos a nivel nacional y estatal, junto a representantes de fuerzas del orden de Natchez, Vicksburg y Jackson. Fue informativo e inspirador escuchar sobre las preocupaciones y esperanzas de los oradores y las preguntas de los panelistas que trataron de refinar la discusión en espera del eventual informe que será publicado por DHS el próximo mes. Sin lugar a duda, necesitamos construir puentes en nuestra sociedad para el bien de todos, donde gobierno y las comunidades religiosas sean socios efectivos para abordar los problemas apremiantes de nuestro tiempo.
Como se indicó anteriormente, “las casas de culto y las organizaciones sin fines de lucro, basadas en la fe, dedican recursos a las comunidades locales y, a menudo, sirven como los faros sociales y morales en los que las personas confían en tiempos de problemas”.
Como comunidades de fe católica, a través de la Diócesis de Jackson, en estrecha colaboración con nuestras Caridades Católicas, estamos orgullosos de ser un faro social y moral para muchos, en tiempos ordinarios y en tiempos de crisis tras las redadas.
El colapso en el tejido social de nuestra nación sería inimaginable sin la presencia, a través de toda nuestra nación, de comunidades e individuos basados en la fe. Construyamos y reconstruyamos juntos sobre la base de las fortalezas de nuestra nación.

Giving thanks for those who serve

Bishop Joseph R. Kopacz

By Bishop Joseph Kopacz
A large number of Mississippians continue to be affected by the recent raids and roundups of the undocumented in communities and workplaces across the center of our state by Immigration and Customs Enforcement (ICE). The families directly impacted are scrambling to address immediate needs while trying to make sense over what will follow in the weeks and months ahead.
On the other hand, the grassroots response to the crisis has been rapid and far-reaching. Within two days of being set up, donations were made by individuals from 40 states on the dedicated Catholic Charities web page for donations to those affected by the raids. These donations were expeditiously tallied and prepared for distribution to the requests that inevitably will come from the families whose breadwinner(s) are sidelined. This massive response, statewide and throughout the country demonstrates the generosity of the American people on behalf of children and families in crisis due to natural or man-made disasters. It is also an indication that many Americans are concerned about our broken immigration system and desire a just and humane solution.
All honorable citizens know that respect for law is an indispensable gage of a civilized society. The laws of our nation are the fruits of nearly 250 years of striving and struggling for a more just society for all. In the case of immigration at our southern borders, the rule of law regularly is at odds with itself and the resolution appears to be on an ever-receding horizon. This is evident in the conflict among the laws of asylum, of lawful entry into our country and of birthright citizenship. It will not be easily resolved, because it has been at an impasse for three- and one-half decades ever since Ronald Reagan granted amnesty in the 1980s. But we are Americans and optimism is embedded in our DNA. Moreover, we are Christians along with people of various faith traditions, and hope springs eternal.
Another indispensable gage of a civilized society that makes it possible to pursue our inalienable rights is the security and safety that law enforcement provides on the local, state and national levels. In our nation in most locales, law and order reigns because of law enforcement and an honorable citizenry. Rightly, abuse of power and corruption within law enforcement, must always be brought to the light of day in every organization, including the church. However, respect is crucial toward those who serve in law enforcement because the chaos would be unimaginable without their presence in our communities and nation. So, thank you to the men and women, who serve the citizenry through your vigilance over our expansive shores and borders, for your active preserve on behalf of law and order in countless communities throughout the land.
Another vital gage of a civilized society is the safeguarding of religious freedom that was so esteemed by our founding elders that it was enshrined in the first amendment of the constitution. “Congress shall make no law respecting an establishment of religion, or prohibiting the free exercise thereof…or the right of the people to peaceably assemble.” The wisdom embedded in the First Amendment envisions a partnership between government and religion on behalf of the common good or the general welfare.
In this spirit, at the Federal Building in Jackson on Tuesday, Aug. 13 Homeland Security sponsored an open forum sponsored by the Subcommittee for the Prevention of Targeted Violence Against Faith-Based Communities. The following is the memorandum that the Acting Secretary, Department of Homeland Security, Kevin K. McAleeman issued on May 20. “In light of the recent attacks against synagogues, churches, temples and mosques, I request you swiftly re-establish a Subcommittee under the Homeland Security Advisory Council (HSAC) focused on the security of faith-based organizations across the country. Houses of worship and faith-based non-profit organizations dedicate resources to local communities and often serve as the social and moral beacons people rely on in times of trouble. The right to practice our respective religions free of interference or fear is one of our nation’s most fundamental and indelible rights. Therefore, the targeting of violent extremists of any ideology is particularly abhorrent and must be prevented. While the Department of Justice is responsible for investigating and prosecuting attacks against faith-based institutions, DHS’s missions include preparedness, prevention, and mitigation of such attacks. In support of these missions, DHS provides information, training, exercises, and expertise on protective security measures to faith-based organizations.”
The concern over violence against faith-based communities is not political posturing at this time in our nation’s history. Just last weekend the FBI and other law enforcement colleagues averted an attack against a Jewish Community Center in Youngstown, Ohio, an hour west of the killings in the synagogue in Pittsburgh. As is the case in 80% of such threats and mass shootings, the home-grown terrorist, had his plans not been thwarted, would have been a young white male supremacist. We appear to have a growing cancer in the social fabric of our nation and faith-based communities find themselves in the crosshairs of this reckless hate.
I was grateful to be part of the panel of religious leaders who were on hand with elected officials at the national and state levels along with law enforcement from Natchez, Vicksburg and Jackson at the forum. It was informative and inspiring to hear about the concerns and hopes of the speakers and the questions of the panelists who sought to refine the discussion for the eventual report that will be published by Homeland Security next month. Without a doubt, we need to build bridges in our society for the good of all, and government and faith communities can be effective partners in addressing the pressing issues of our time.
As stated above, “houses of worship and faith-based non-profit organizations dedicate resources to local communities and often serve as the social and moral beacons people rely on in times of trouble.” As Catholic faith communities throughout the Diocese of Jackson, in close collaboration with our Catholic Charities, we are proud to be the social and moral beacons to many, in ordinary times, and in times of crisis in the aftermath of the raids and roundups. The breakdown in the social fabric of our nation would be unimaginable without the presence of faith-based communities and individuals across our nation. Let us build and rebuild together on the foundation of our nation’s strengths.

What to do in face of reckless hate

Bishop Joseph R. Kopacz

By Bishop Joseph Kopacz
The Catholic world view of faith and morals, of anthropology and human nature, without wavering, has taught that original sin has pierced the heart, mind and will of men and women. Combined with sin and temptation lurking at the door, our good intentions and behavior are often overwhelmed and swept along currents of madness and ruin. To better understand the forces that work against us from within and without, the Church has reflected upon and brought to the light the seven deadly sins. They are like the furies from hell who arise from our corrupted human nature to reveal the potential depth of our depravity. Pause and close your eyes at this point and see how many of them you can recall before continuing. Anger, avarice or greed, lust, pride, gluttony, sloth and envy. To one degree or another they afflict us all, and unbridled, one or any combination of them can ensnare us in the swamp of violence and destruction, even to the point of unleashing the power of the enemy, the evil one.
On Sunday morning, August 4 the following memorandum came via email blast from the President of the United States Conference of Catholic Bishops, Cardinal Daniel DiNardo of Galveston-Houston and Bishop Frank Dewane of Venice, Florida, Chairman of the Subcommittee on Domestic Justice and Human Development, in response to the massacre in El Paso, Texas the day before.
“This Saturday, less than one week after the horrific instances of gun violence in California, yet another terrible, senseless and inhumane shooting took place, this time at a shopping mall in El Paso, Texas. Something remains fundamentally evil in our society when locations where people congregate to engage in the everyday activities of life can, without warning, become scenes of violence and contempt for human life. The plague that gun violence has become continues unchecked and spreads across our country.
Things must change.
Once again, we call for effective legislation that addresses why these unimaginable and repeated occurrences of murderous gun violence continue to take place in our communities. As people of faith, we continue to pray for all the victims and for healing in all these stricken communities. But action is also needed to end these abhorrent acts.”
The Bishops’ Conference obviously had prepared this heartfelt response the night before to be released at the beginning of the Lord’s Day. As most people were preparing for bed or already sound asleep late Saturday evening, the bullets flew again in downtown Dayton, Ohio and in the time it takes to prepare a cup of coffee the body count of the dead and wounded mounted. Phew! Now it is true that each year far more lives are lost on our nation’s road ways, or through the destructive power of opioids and far more through the destruction of life in the womb than by gun violence, but I believe it is true to say that most of these actions are not the end result of unbridled anger or rage. More often, it’s force or fear, carelessness or addiction, arrogance or selfishness, albeit in the end lives are lost and it is tragic. The litany of the destruction of life is endless and no one escapes the shroud of its darkness. But what do we do as a society in the face of reckless hate? It is true that mental illness correlates significantly with gun violence, but when does destructive rage hit critical mass and pass over into the realm of evil? In either case, as the poet, John Dunne, astutely penned, “never send to know for whom the bell tolls; it tolls for thee,” because who among us has not gathered with others in churches or in schools, at festivals or in shopping malls or at Saturday evening restaurants or night clubs or simply strolling while window shopping or people watching in the cooler evening breeze? As we consider the current state of affairs, let us not forget the victims, their families and friends, and the first responders who are amazing in their commitment to the common good. Do I believe that there are far more people in our nation, even today, who are inherently good and upstanding citizens and neighbors because of their faith in the God of love, or by God’s grace, whether or not they are aware, of God’s divine action? I do; but are we seeing an erosion of the solid mass of people a nation needs to prosper, one family and one community at a time? I hope that this is not the reality.
As a balance to where this column began, our Catholic faith and tradition also inspire us to know that we are God’s children now because we have faith in God’s beloved Son, our Lord Jesus Christ, and the Holy Spirit works overtime to guide our thoughts, words and actions. Thanks be to God who has given us the victory in our Lord Jesus Christ. We are indeed saved. In Baptism we have died with him and in our rising to new life we can crucify the passions that can easily derail our good intentions, hopes and dreams. At times, it is spiritual warfare but let us not grow faint in fighting the good fight of faith and running the race in our daily lives. We don’t have easy answers to the complex problems and challenges of our time, but we can choose to be intentional disciples of the Lord in countless ways each day and that makes all the difference.
I return to the simple, yet profound wisdom of Saint Mother Teresa in her beloved poem, Do It Anyway. “What you spend years creating, others could destroy overnight. Create anyway.” How and why could she insist on this amid intractable poverty and misery on the streets of Calcutta? She concludes her poem with eternal wisdom: “in the final analysis, it is between you and God.” Go and do the same. (Luke 10:37)

Qué hacer frente al odio imprudente

Obispo Joseph R. Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
La visión católica mundial de la fe, la moral, la antropología y la naturaleza humana ha enseñado, sin vacilar, que el pecado original ha traspasado el corazón, la mente y la voluntad de hombres y mujeres. Combinados, el pecado y la tentación acechan a la puerta; a menudo, nuestro comportamiento y buenas intenciones se ven agobiados y arrastrados por las corrientes de locura y ruina.
Para mejor entender las fuerzas que trabajan contra nosotros, desde dentro y desde afuera, la Iglesia ha reflexionado y sacado a la luz los siete pecados capitales, los cuales son como furias del infierno que surgen de nuestra corrupta naturaleza humana para revelar la profundidad potencial de nuestra depravación.
Haga una pausa y cierre los ojos en este punto y vea cuántos pecados puede recordar antes de continuar. Ira, avaricia, lujuria, orgullo, glotonería, pereza y envidia. En un grado u otro estos nos afligen a todos, y desenfrenados, uno o cualquier combinación de ellos puede atraparnos en el pantano de la violencia y la destrucción, llegando al punto de desatar el poder del enemigo, el maligno.
El domingo 4 de agosto, por la mañana, llegó por correo electrónico el siguiente memorando, enviado por el cardenal Daniel DiNardo de Galveston-Houston, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos y el obispo Frank Dewane de Venice, Florida, presidente del subcomité de Justicia Doméstica y Desarrollo Humano, en respuesta a la masacre del día anterior en El Paso, Texas.
“Este sábado, menos de una semana después del horrible caso de violencia armada en California, se produjo otro tiroteo terrible, sin sentido e inhumano, esta vez en un centro comercial del El Paso, Texas. Algo continúa siendo fundamentalmente malvado en nuestra sociedad cuando los lugares donde las personas se congregan, para participar en las actividades cotidianas de la vida, pueden convertirse sin previo aviso en escenas de violencia y desprecio por la vida humana. La plaga, en la que se ha convertido la violencia armada, continúa sin control y se extiende por todo nuestro país.
Las cosas deben cambiar.
Una vez más, pedimos una legislación efectiva que trate el porqué continúan teniendo lugar en nuestras comunidades estos sucesos repetidos e inimaginables de violencia armada y asesina. Como personas de fe, seguimos orando por todas las víctimas y por la sanación en todas las comunidades afectadas. Pero también se necesita acción para terminar con estos actos detestables.”
La Conferencia Episcopal obviamente había preparado esta sincera respuesta la noche anterior para ser publicada al comienzo del Día del Señor.
Mientras la mayoría de las personas se preparaban para ir a la cama o ya dormían a altas horas de la noche del sábado, las balas volvieron; esta vez, en el centro de Dayton, Ohio, y en el tiempo que lleva preparar una taza de café, el recuento de muertos y heridos aumentó. ¡Uf! Si bien es cierto que cada año se pierden muchas más vidas en los caminos de nuestra nación, o por el poder destructivo de los opioides y mucho más por la destrucción de la vida en el útero que por la violencia armada, creo que es cierto decir que la mayoría de estas acciones no son el resultado final de una ira o furia desenfrenada.
Más a menudo, es fuerza o miedo, descuido o adicción, arrogancia o egoísmo, por los que, al final, se pierden vidas y esto es trágico.
La letanía de la destrucción de la vida es interminable y nadie escapa del sudario de su oscuridad. Pero ¿qué hacemos como sociedad frente al odio imprudente? Es cierto que la enfermedad mental es correlativa significativamente con la violencia armada, pero ¿cuándo la ira destructiva llega a la masa crítica y pasa al reino del mal?; En cualquier caso, y como escribió con astucia el poeta John Dunne, “nunca envíe a saber por quién doblan las campanas; doblan por ti,” porque ¿quién de nosotros no se ha reunido con otros en las iglesias o en las escuelas, en festivales o en centros comerciales o en restaurantes o clubes nocturnos los sábados por la noche o simplemente paseando mientras miras las vidrieras o junto a la gente que disfruta la brisa fresca de la noche? Al considerar el estado actual de las cosas, no olvidemos a las víctimas, sus familiares y amigos, y a los primeros en responder, quienes son asombrosos por su compromiso con el bien común.
¿Si creo que hay muchas más personas en nuestra nación, incluso hoy, que son ciudadanos y vecinos inherentemente buenos y justos debido a su fe en el Dios del amor, o por la gracia de Dios ya sean estos conscientes o no de lo divino de la acción de Dios? ¡Claro que creo!; pero ¿estamos viendo una erosión de la masa sólida de personas que una nación, familia y comunidad necesitan para prosperar? Espero que esta no sea la realidad.
Como un balance de donde comenzó esta columna, nuestra fe y tradición católicas también nos inspiran a saber que somos hijos de Dios porque tenemos fe en el Hijo amado de Dios, nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo que trabaja horas extras para guiar nuestros pensamientos, palabras y acciones.
Gracias a Dios que nos ha dado la victoria en nuestro Señor Jesucristo. De hecho, estamos salvados. En el bautismo hemos muerto con él y en nuestro ascenso a una nueva vida podemos crucificar las pasiones que fácilmente pueden descarrilar nuestras buenas intenciones, esperanzas y sueños.
A veces, es una guerra espiritual, pero no desmayemos ni en la lucha de la buena fe ni en la carrera diaria de nuestras vidas. No tenemos respuestas fáciles a los complejos problemas y desafíos de nuestro tiempo, pero podemos elegir ser discípulos intencionales del Señor de innumerables maneras cada día y eso hace toda la diferencia.
Regreso a la simple pero profunda sabiduría de Santa Madre Teresa en su querido poema, De Todos Modos, “Lo que has tardado años en construir puede ser destruido en una noche, construye de todos modos,” ¿Cómo y por qué podría ella insistir en esto en medio de la pobreza y la miseria intratables en las calles de Calcuta? Ella concluye su poema con sabiduría eterna, “…porque al final, te darás cuenta que el asunto es solo entre tú y Dios.” Pues ve y haz tú lo mismo. (Lucas 10:37)

What sets Catholic health care apart

Bishop Joseph R. Kopacz

By Bishop Joseph Kopacz
On Monday, July 1, Catholic healthcare in central Mississippi took a historic stride forward when the Dominican Sisters of Springfield, Illinois passed on the torch of sponsorship to the Franciscan Missionaries of Our Lady based in Baton Rouge, Louisiana. The Franciscan Calais Ministry has been providing Catholic health care needs in north-central Louisiana since 1911, while the Dominican Sisters launched their mission with Catholic health care in Jackson in 1946. Both envisioned and fostered the compassionate and healing ministry of Jesus Christ as a vital dimension of the mission of the Catholic Church to foster the Kingdom of God in our world while never losing sight of our eternal destiny. The theme that the Dominican and Franciscan sisters chose for the landmark transition is “Companions on the Journey.” They reached back in time nearly 800 years to a conversation between their respective founders, Saint Dominic and Saint Francis, to chart their course for the future. “You are my companion; we will work together, supporting one another to the same end, and no one will prevail against us,” said Saint Dominic to Saint Francis, while both were in Rome to receive official blessings for their fledging religious orders.
One might ask why a transition into one health system was necessary in the first place. Although the St. Dominic health care system is quite extensive, employing in the neighborhood of 3000 individuals across a range of services, and at this time financially stable, it is actually small in comparison to existing Catholic or non-sectarian health care systems throughout the United States. No free-standing health care provider of the size of St. Dominic’s would survive for long in today’s market. With this merger Catholic health care is strengthened for the foreseeable future across north-central Louisiana and central Mississippi. The new system remains part of the nation-wide Catholic network that provides one sixth of the nation’s health care needs. Large, medium, or small the Ethical and Religious Directives for Catholic Health Care inform the mission and set the standards for Catholic health care providers. The United States Conference of Catholic Bishops ratified the sixth edition of the Directives in June 2018, a document that is the fruit of collaboration for many who are committed to advancing the compassionate and healing love of Jesus Christ from the heart of the Catholic Church.
The Ethical and Religious Directives, a 40 page pamphlet, provides a substantial presentation of who we are and whose we are in our mission of health care as Catholics. I will quote extensively from this document in order to appreciate how blessed we are to have now an enlarged Catholic health care presence in our region, with the merger of the Dominican and Franciscan traditions. “The Church has always sought to embody our Savior’s concern for the sick. The gospel accounts of Jesus’ ministry draw special attention to his acts of healing: he healed lepers; he gave sight to the blind; he enabled one who was mute to speak; he cured a woman who was hemorrhaging; he brought a young girl back to life. Indeed, the Gospels are replete with examples of how the Lord cured every kind of ailment and disease…Jesus’ healing mission went further than caring only for physical affliction. He touched people at the deepest level of their existence; he sought their physical, mental and spiritual healing. He came that they might have life and have it more abundantly…The mystery of Christ casts light on every facet of Catholic health care; to see healing and compassion as a continuation of Christ’s mission; to see suffering as a participation in the redemptive power of Christ’s passion, death and resurrection, and to see death transformed by the resurrection, as an opportunity for a final act of communion with Christ.”
The mission and vision of Franciscan Missionaries of Our Lady and the Dominican Sisters of Springfield, Illinois align seamlessly with the Lord’s mission, as evident in their health care services since their inception.
The Ethical and Religious Directives further elaborates on what sets Catholic health care apart from other providers.” First, Catholic health care ministry is rooted in a commitment to promote and defend human dignity; this is the foundation of its concern to respect the sacredness of every human life from the moment of conception until death…The right to life entails a right to the means for the proper development of life, such as adequate health care. Second, the biblical mandate to care for the poor requires us to express this in concrete actions at all levels of Catholic health care… Attention should be given to the health care needs of the poor, the uninsured and the underinsured. Third, Catholic health care ministry seeks to contribute to the common good, the conditions that ensure protection for the fundamental rights of all individuals and enables all to fulfill their common purpose and reach their common goals. Fourth, Catholic health care ministry exercises responsible stewardship of available health care resources. Fifth, within a pluralistic society, Catholic health care services will encounter requests for medical procedures contrary to the moral teachings of the Church. Catholic health care does not offend the rights of individual consciences by refusing to provide or permit medical procedures that are judged morally wrong by the teaching authority of the Church.”
What a blessing it is that this new creation in Catholic health care embodies the mind and heart of Jesus Christ, who invited all to the banquet of life, especially the poor, the crippled, the lame, the blind (Luke 14:13). “Catholic Health care services rejoice in the challenge to be Christ’s healing compassion in the world and see their ministry not only as an effort to restore and preserve health, but also as a spiritual service and a sign of that final healing that will one day bring about the new creation that is the ultimate fruit of Jesus’ ministry and God’s love for us.” May God who began the good work in the vision of our Dominican and Franciscan sisters continue to bless their commitment for many years to come and bring it to fulfillment on the day of Christ Jesus.

Lo que diferencia a la atención médica católica de otros proveedores

Obispo Joseph R. Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
El Sistema Católico de Atención Médica, en el centro de Mississippi, dio un paso histórico el lunes 1 de julio de 2019, cuando las Hermanas Dominicas de Springfield, Illinois, pasaron la antorcha de patrocinio a las Franciscanas Misioneras de Nuestra Señora con sede en Baton Rouge, Louisiana.
El ministerio Franciscano de Calais ha estado proporcionando atención médica católica en el centro-norte de Louisiana desde 1911, mientras que las Hermanas Dominicas empezaron su misión, con atención médica católica, en Jackson en 1946. Ambas congregaciones imaginaron y fomentaron el ministerio compasivo y sanador de Jesucristo como una dimensión vital de la misión de la Iglesia Católica para fomentar el Reino de Dios en nuestro mundo, sin perder nunca de vista nuestro eterno destino .
El tema que las hermanas Dominicas y Franciscanas eligieron para esta histórica transición reza “Compañeros en el Viaje,” tema con el que recorrieron en el tiempo casi 800 años atrás, a una conversación entre sus respectivos fundadores, Santo Domingo y San Francisco, para trazar su curso para el futuro. “…Tú eres mi compañero; trabajaremos juntos, apoyándonos uno al otro hasta el mismo fin, y nadie prevalecerá contra nosotros…,” dijo Santo Domingo a San Francisco mientras ambos estaban en Roma para recibir la bendición oficial de sus órdenes religiosas.
Uno podría preguntarse, en primer lugar, por qué una transición en este sistema de salud era necesaria. Aunque el sistema de atención médica de St. Dominic es bastante extenso; empleando a cerca de 3 mil personas en una amplia gama de servicios, y en este momento es estable financieramente; en realidad es pequeño en comparación con los sistemas de salud católicos o no sectarios existentes en todo Estados Unidos. Ningún proveedor de atención médica independiente del tamaño de St. Dominic sobrevivirá por mucho tiempo en el mercado actual. Con esta fusión, la atención médica católica se fortalece en el futuro inmediato para el centro-norte de Louisiana y el centro de Mississippi.
El nuevo sistema sigue siendo parte de la red católica de salud nacional que proporciona una sexta parte de las necesidades de la atención médica de toda la nación. Las Directivas Éticas y Religiosas para la Atención Médica Católica informan a la misión y establecen los estándares para los proveedores grandes, medianos o pequeños de atención médica católica. La Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos ratificó, en junio de 2018, la sexta edición de las Directivas un documento que es el fruto de la colaboración de muchos, comprometidos a promover el amor compasivo y sanador de Jesucristo desde el corazón de la Iglesia Católica.
Las Directivas Éticas y Religiosas para la Atención Médica Católica , un folleto de 40 páginas, ofrece una presentación sustancial de quiénes somos y quiénes somos en nuestra misión de atención médica como católicos.
A continuación citaré extensamente este documento para apreciar cuán bendecidos estamos de tener ahora una presencia católica ampliada en nuestra región, con la fusión de las tradiciones Dominicana y Franciscana:
“La Iglesia siempre ha buscado encarnar la preocupación de nuestro Salvador por los enfermos. Los relatos del evangelio del ministerio de Jesús atraen una atención especial a sus actos de curación: curó a los leprosos; dio vista a los ciegos; le permitió hablar a uno que estaba mudo; curó a una mujer que estaba sufriendo una hemorragia; Él trajo a una joven a la vida. De hecho, los Evangelios están llenos de ejemplos de cómo el Señor curó todo tipo de dolencias y enfermedades … La misión de sanación de Jesús fue más allá de preocuparse solo por la aflicción física. Tocó a las personas en el nivel más profundo de su existencia; buscó su curación física, mental y espiritual. Él vino para que tuvieran vida y la tuvieran más abundantemente … El misterio de Cristo ilumina cada faceta de la atención médica católica; ver la curación y la compasión como una continuación de la misión de Cristo; Ver el sufrimiento como una participación en el poder redentor de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, y ver la muerte transformada por la resurrección, como una oportunidad para un acto final de comunión con Cristo”.
La misión y visión de los Franciscanas Misioneras de Nuestra Señora y las Hermanas Dominicas de Springfield se alinean a la perfección con la misión del Señor, como lo demuestran sus servicios de atención médica desde su inicio.
Las Directivas Éticas y Religiosas para la Atención Médica Católica explican con más detalle lo que diferencia a la atención médica católica de otros proveedores, cito – “Primero, el ministerio de atención médica católica se basa en el compromiso de promover y defender la dignidad humana; este es el fundamento de su preocupación por respetar lo sagrado de cada vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte … El derecho a la vida conlleva el derecho a los medios para el desarrollo adecuado de la vida, como la atención médica adecuada. Segundo, el mandato bíblico de cuidar a los pobres requiere que expresemos esto en acciones concretas en todos los niveles de la atención de salud católica … Se debe prestar atención a las necesidades de atención de salud de los pobres, los no asegurados y los que tienen un seguro insuficiente. En tercer lugar, el ministerio católico de atención de la salud busca contribuir al bien común, a las condiciones que aseguran la protección de los derechos fundamentales de todos los individuos y permite que todos cumplan su propósito común y alcancen sus objetivos comunes. En cuarto lugar, el ministerio católico de atención médica ejerce la administración responsable de los recursos disponibles de atención médica. Quinto, dentro de una sociedad pluralista, los servicios de atención médica católicos encontrarán solicitudes de procedimientos médicos contrarias a las enseñanzas morales de la Iglesia. La atención médica católica no ofende los derechos de las conciencias individuales al negarse a proporcionar o permitir procedimientos médicos que se juzgan moralmente incorrectos por la autoridad de enseñanza de la Iglesia”.
Qué bendición es que esta nueva unión, en la atención médica católica, encarna la mente y el corazón de Jesucristo, quien invitó a todos al banquete de la vida, especialmente a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos (Lucas 14:13). Y cito “Los servicios de atención médica católica se regocijan en el desafío para ser la sanación compasiva de Cristo en el mundo y ver su ministerio no sólo como un esfuerzo para restaurar y preservar la salud, sino también como un servicio espiritual y un signo de esa curación final que algún día vendrá sobre la nueva creación que es el fruto final del ministerio de Jesús y el amor de Dios por todos nosotros.”
Que Dios, que comenzó el buen trabajo en la visión de nuestras hermanas Dominicas y Franciscanas, continúe bendiciendo su compromiso durante muchos años y lo lleve a cumplimiento en el día de Cristo Jesús.

Eucharist feeds Church in Ordinary Time

By Bishop Joseph Kopacz
The Solemnity of the Most Holy Body and Blood of Christ, Corpus Christi, brings to fulfillment the power of Pentecost and the unfathomable mystery of the Most Holy Trinity. We are now on the cusp of the long liturgical season which the Catholic Church celebrates as Ordinary Time when, as always, we will gather at Holy Mass, the Eucharist, the tables of Word and Sacrament to be inspired by the Sacred Scripture and nourished by the most holy Body and Blood of Christ.
In season and out of season, the Eucharist is our daily bread, food for the journey, the union of heaven and earth and the promise of eternal life. “He who eats this bread and drinks this cup will live forever.” (John 6,54) The Lord could not be any more direct at the Last Supper. “This is my body; this is my blood; do this in memory of me.” (Matthew, Mark, Luke). Faithful to the Lord’s mandate, the Eucharist is celebrated on a daily basis, except for Good Friday, proclaiming the death of the Lord until he comes.
The document Lumen Gentium of the Second Vatican Council bestowed upon the Church a fountain of wisdom, exhorting us to cherish the gift and the mystery of the Mass as the source and summit of the Christian life. (#11).
The treasury of God’s word and the sacrament of the Eucharist, the body and blood, soul and divinity of Jesus Christ are a fountain flowing up to eternal life. From the universal elements of bread and wine, fruit of the earth and of the vine, flow the gift of salvation brought to fulfillment in the Lord’s lifegiving death and resurrection. Like the headwaters of the mighty Mississippi, which originates as a modest stream, the humble institution of the Eucharist in the Upper Room has unfolded in God’s plan as an immeasurable river of grace flowing through time. Beginning in Baptism and nurtured at the altar of sacrifice, the Lord intends that his body, the Church, is to be a blessing for the world.
This is evident at the inception of the Eucharist when Jesus washed the feet of his disciples at the Last Supper and purposely stated, “I have given you an example. As I have done, so you must do.” (John 13,15) He went on to say on this same night before he died that his disciples will be an astounding blessing wherever they go. “Very truly I tell you, whoever believes in me will do the works I have been doing and they will do even greater things than these, because I am going to the Father.” (John 14,12) What are some of the works that Jesus did that we will far surpass? In the Gospel of Luke from last Sunday’s feast of Corpus Christi, Jesus fed the 5,000 who had followed him into deserted places. (Luke 9, 10-17) He said to his disciples who wanted to dismiss the crowds, “you give them something to eat.”
And immediately he took the bread and the fish, raised his eyes to heaven, blessed them, broke them and gave them to his disciples who proceeded to wait on those clustered in groups of 50. Over the centuries, the Lord’s disciples have fed uncountable throngs. This is Eucharistic and the mission of all disciples of the Lord Jesus from one generation to the next, to be a blessing to all whom we encounter, beginning in our homes and reaching out to the ends of the earth.
In most countries of the world nearly 2,000 years later, we celebrate the Lords passion, death and resurrection at the altar and we continue to further the work of God’s Kingdom in our world as his body, a blessing for billions and billions. The Lord intends that his disciples will work in the church for the salvation of all, evident in the manifest signs of the Kingdom, justice, peace and the joy of the Holy Spirit.
At the Bishops’ Conference recently concluded in Baltimore, overwhelmingly we voted to strengthen all the protocols for which the entire people of God are clamoring in order to root out the evil and crime of the sexual abuse of minors. Pope Francis recently issued a Motu Propio, “You are the Light of the World,” in which he has established universal standards for untiringly combating the scourge of the sexual abuse of minors and the exploitation of vulnerable adults. The full scope of the bishops’ deliberations and endorsements are contained in this issue of the Mississippi Catholic.
Unless we overcome this demon of sexual abuse and exploitation we can never be the blessing the Lord intends us to be, nor can we accomplish the works of salvation that the Lord assured us are guaranteed in his name, the fruit that will endure. It is encouraging because transparency and accountability are a growing forest in the Church, in the words of Saint Francis, that were evident in substantial and measurable ways in the body of bishops in Baltimore.
For those who experienced the Church as a curse due to the sins of sexual abuse and exploitation, we commit ourselves to restore the original blessing intended by our God who so loves this world and by the Lord Jesus who commands us to love one another as he loves us.
May the gift of the Eucharistic recently celebrated on the feast of Corpus Christi keep ever before us that where sin increases, grace overflows all the more.” (Romans 5,20) May the church, the Body of Christ, be the blessing the Lord intends us to be in the power of his Holy Spirit.
The anointing of the Holy Spirit opens up for us a world of wonder and mystery, blessing and promise, commitment and purpose.

La Eucaristía alimenta a la Iglesia

Por Obispo Joseph Kopacz
La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Corpus Christi, trae la culminación del poder de Pentecostés y el misterio insondable de la Santísima Trinidad.
Ahora estamos en la cúspide de un largo tiempo litúrgico que la Iglesia Católica celebra como Tiempo Ordinario cuando, como siempre, nos reuniremos en la Santa Misa, la Eucaristía, la Palabra y la mesa del Sacramento para ser inspirados por la Sagradas Escrituras y nutridos por el Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo.
En temporada y fuera de temporada, la Eucaristía es nuestro pan de cada día, alimento para el viaje, la unión del cielo y la tierra y la promesa de la vida eterna. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día “ (Juan 6,54). El Señor no podría ser más directo en la Última Cena. “ Este es mi cuerpo; esta es mi sangre haz esto en memoria mía. ”(Mateo, Marcos y Lucas).
Fieles al mandato del Señor, la Eucaristía se celebra a diario, excepto el Viernes Santo, día en que se proclama la muerte del Señor hasta que venga.
El documento Lumen Gentium del Concilio Vaticano II otorgó a la Iglesia una fuente de sabiduría, exhortándonos a apreciar el don y el misterio de la Misa como la fuente y cumbre de la vida cristiana. (# 11). El tesoro de la Palabra de Dios y el sacramento de la Eucaristía, el cuerpo y la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo son una fuente que fluye hacia la vida eterna.
De los elementos universales del pan y el vino, fruto de la tierra y de la vid, fluye el don de la salvación realizado en la muerte y resurrección de la vida del Señor.
Al igual que las cabeceras del poderoso rio Mississippi, que se originan como una corriente modesta, la humilde institución de la Eucaristía es el aposento alto donde se ha desarrollado el plan de Dios; como un inmenso río de gracia que fluye a través del tiempo.
Comenzando en el bautismo y nutrido en el altar del sacrificio, el Señor pretende que su cuerpo, la Iglesia, sea una bendición para el mundo. Esto es evidente en el inicio de la Eucaristía cuando Jesús lavó los pies de sus discípulos en la Última Cena y declaró a propósito: “yo Les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo que yo les he hecho” (Juan 13,15).
Esa noche, antes de morir, continuó diciendo que sus discípulos serán una bendición asombrosa adondequiera que vayan. “les aseguro que el que cree en mi hará también las obras que yo hago; y hará otras todavía más grandes, porque yo voy a donde está el Padre”. (Juan 14,12)
¿Cuáles son algunas de las obras que hizo Jesús que superaremos? En el Evangelio de Lucas, de la fiesta del Corpus Christi del domingo pasado, Jesús alimentó a los 5000 que lo habían seguido a lugares desiertos. (Lucas 9, 10-17). Jesús dijo a sus discípulos que querían despedir a las multitudes, “denles ustedes de comer”.
Inmediatamente tomó el pan y el pescado, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los rompió y se los dio a sus discípulos, quienes procedieron a atender a los agrupados en grupos de 50. Los discípulos del Señor han alimentado innumerables multitudes. Esto es Eucarístico, y la misión de todos los discípulos del Señor Jesús de una generación a la otra, es bendecir a todos los que nos encontramos, comenzando en nuestros hogares y llegando a los confines de la tierra.
En la mayoría de los países del mundo, 2000 años después, celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor en el altar, y continuamos promoviendo la obra del Reino de Dios en nuestro mundo como su cuerpo, una bendición para miles de millones.
El Señor tiene la intención de que sus discípulos trabajen en la iglesia para la salvación de todos, evidentes en los signos manifiestos del Reino, la justicia, la paz y la alegría del Espíritu Santo.
En la Conferencia de Obispos recientemente concluida en Baltimore, votamos abrumadoramente para fortalecer todos los protocolos por los cuales todo el pueblo de Dios está clamando para erradicar el mal y el crimen del abuso sexual de menores.
El Papa Francisco recientemente emitió el Motu Propio, “Tú eres la luz del mundo”, en el que ha establecido estándares universales para combatir incansablemente el flagelo del abuso sexual de menores y la explotación de adultos vulnerables. El alcance completo de las deliberaciones y respaldo de los obispos se encuentra en este número del Mississippi Católico.
A menos que superemos estos demonios de abuso y explotación sexual, nunca podremos ser la bendición que el Señor pretende que seamos, ni podremos realizar las obras de salvación que el Señor nos aseguró están garantizadas en su nombre, un fruto que perdurará.
Es alentador porque la transparencia y la rendición de cuentas son un bosque en crecimiento en la Iglesia, según las palabras de San Francisco, que fueron evidentes en forma sustancial y mensurable en el cuerpo de obispos reunidos en Baltimore.
Por aquellos que experimentaron los pecados del abuso y la explotación sexual en la Iglesia como una maldición, nos comprometemos a restaurar la bendición original que pretende nuestro Dios que tanto ama a este mundo, y a seguir al Señor Jesús que nos manda a amarnos los unos a los otros como él nos ama.
Que el don de la Eucaristía celebrado recientemente en la fiesta del Corpus Christi mantenga siempre ante nosotros que” la ley se añadió para que aumentara el pecado; pero cuando el pecado aumento, Dios se mostró aún más bondadoso “(Romanos 5,20).
Que la iglesia, el Cuerpo de Cristo, sea la bendición que el Señor nos propone con el poder de su Espíritu Santo.La unción del Espíritu Santo nos abre un mundo de maravilla y misterio, bendición y promesa, compromiso y propósito.

Jesus makes us young, new, full of life

Bishop Joseph R. Kopacz

By Bishop Joseph Kopacz
In the fourth Gospel and in his letters the beloved disciple, Saint John, returns repeatedly to his bold proclamation that “God so loved the world that he gave his only Son so that the world might be saved through him.” (John 3,15) As in the Synoptic Gospels of Matthew Mark and Luke the Lord’s death on the Cross is the fulfillment of this eternal love where Saint John portrays the blood and water flowing from the side of the crucified beloved Son of God. These sacred streams became the dual fountains of new life in the Church in the saving waters of Baptism and in the new covenant of his blood each time the Mass is offered and celebrated.
In his document, Christus Vivit, to young people and to the entire people of God, fresh off on the press on March 25, the feast of the Annunciation, Pope Francis boldly proclaims that because God so loved the world, “Jesus Christ is alive, and he wants you to be alive! He is our hope, and in a wonderful way he brings youth to our world, and everything he touches becomes young, new and full of life.” On each sacred occasion when we celebrate the sacraments of Baptism and the Eucharist during the Easter season which began on Easter Sunday and will culminate at Pentecost 50 days later, the Lord Jesus goes about his saving work of making the world young, new and full of life. On the second and third Sundays of this Easter season we proclaimed the resurrection appearances from Saint John that reveal the personal and universal plan of salvation. In the creation story of Genesis God formed man and woman from the earth’s elements and breathed into them the breath of life, and we became living beings. (Genesis Ch. 2)
To the apostles huddled in fear, (J0hn 20,19ff) the risen Lord bathed them in peace and breathed upon them the creative and reconciling love of the Holy Spirit. “As the Father has sent me, so I send you.” In particular the Lord encountered Thomas, broken in spirit and overwhelmed by doubts that had broken the back of his faith. Jesus restored him to life through the touch of his wounds and the sound of his voice.
In last Sunday’s Gospel Jesus appeared to several of the Apostles at the sea of Galilee who had returned to their former lives after the crucifixion, among whom were Peter, Thomas and John. Jesus was waiting for them at the shore after guiding them to another successful catch that could barely be contained – 153 in all. This number represents God’s universal plan to bring the Gospel to all the known nations of that time. From the universal to the personal, now it was Peter’s turn to be reconciled and restored. (John 21,1ff) As they gathered around the fire for breakfast, the memory of the fire in the courtyard had to be weighing on Peter when he vehemently denied that he knew his Savior. Then, it was night. Jesus had gazed at Peter in that moment and remembering the Lord’s prediction at the Last Supper, Peter went out and wept bitterly.
But now it is the dawning of a new day, and with the fire between them for a second time, Jesus gazed on Peter with the warmth of his love and asked three times, “do you love me?” There was no reproach in the words and tone of Jesus to Peter, to Thomas or to any of his apostles for their behavior during the time of his suffering and death, but rather a deep desire to restore them to life in his name in order to launch the Gospel to the ends of the earth. The rest is history.
Peter fulfilled his destiny as the leader of the early Church, and Thomas brought the Good News to the realm of India. God so loves the world that this eternal question is directed to each of us who disciples of his beloved son are. Do we love him? In Christus Vivit Pope Francis quotes the poetic words of Pedro Arrupe, the legendary Jesuit Superior. “Nothing is more practical than finding God, than falling in love in a quite absolute, final way. What you are in love with, what seizes your imagination, will affect everything. It will decide what will get you out of bed in the morning, what you will do with your evenings, how you will spend your weekends, what you read, whom you know, what breaks your heart, and what amazes you with joy and gratitude. Fall in love, stay in love and it will decide everything.” This love for God is possible thanks to the Holy Spirit who raised Jesus from the dead.
Writing nearly three generations after the death and resurrection of Jesus, Saint John ends his gospel with words of enduring love, hope and light for all people for all time. “Now Jesus did many other signs in the presence of his disciples that are not written in this book. But these are written that you might come to believe that Jesus is the Messiah, the Son of God, and that through this belief you may have life in his name.” (John 20, 30-31).

“Dios amó tanto al mundo que dió a su Hijo”

Obispo Joseph R. Kopacz

Por Obispo Joseph Kopacz
En el cuarto Evangelio y en sus cartas, el amado discípulo, San Juan, vuelve repetidamente a su audaz proclamación que “Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna “ (Juan 3,15-16).
Como en los evangelios sinópticos de Mateo, Marcos y Lucas, la muerte del Señor en la Cruz es la realización de este amor eterno donde San Juan retrata la escena de la sangre y el agua que fluyen del costado del amado Hijo de Dios crucificado.
Estos dos torrentes sagrados se convirtieron en las fuentes duales de una nueva vida en la Iglesia, en las aguas salvadoras del Bautismo y en el nuevo pacto a través de su sangre, cada vez que se celebra la Misa.
En su documento, Christus Vivit , a los jóvenes y al pueblo de Dios, recién publicado en la prensa el 25 de marzo en la fiesta de la Anunciación, el Papa Francisco proclama valientemente que debido a que Dios amó al mundo, “…Jesucristo está vivo, y Él quiere que estés vivo! Él es nuestra esperanza, y de una manera maravillosa trae jóvenes a nuestro mundo, y todo lo que Él toca se vuelve joven, nuevo y lleno de vida”.
En cada ocasión sagrada, cuando celebramos los sacramentos del Bautismo y la Eucaristía durante la temporada de Pascua, que comenzó el domingo de Pascua y culminará en Pentecostés, 50 días después, el Señor Jesús se ocupa de salvar al mundo joven, nuevo y lleno de vida.
En el segundo y tercer domingo de esta temporada de Pascua, proclamamos las apariciones de resurrección de San Juan que revelan el plan personal y universal de salvación.
En la historia de la creación de Génesis, Dios formó al hombre y la mujer a partir de los elementos de la tierra y sopló en ellos el aliento de la vida, y nos convertimos en seres vivos. (Génesis Capítulo 2). A los apóstoles acurrucados de miedo, (Juan 20,19 en adelante) el Señor resucitado los bañó en paz y les dio el amor creativo y reconciliador del Espíritu Santo. “Como el Padre me envió, también yo os envío”. En particular, el Señor se encontró con Tomás con el espíritu indispuesto y abrumado por las dudas que habían roto la columna de su fe. Jesús lo devolvió a la vida a través del toque de sus heridas y con el sonido de su voz.
En el Evangelio del domingo pasado, Jesús se apareció a varios de los apóstoles en el mar de Galilea, adonde habían regresado a sus vidas anteriores después de la crucifixión, entre los cuales se encontraban Pedro, Tomás y Juan.
Jesús los estaba esperando en la orilla después de guiarlos a otra captura exitosa que apenas podía contener 153 en total. Este número representa el plan universal de Dios para llevar el Evangelio a todas las naciones conocidas de ese tiempo. De lo universal a lo personal, ahora fue el turno de Pedro de reconciliarse y restaurarse. (Juan 21,1 y en adelante).
Mientras se reunían alrededor del fuego para desayunar, la llama debió traer a Pedro el recuerdo de cuando negó con vehemencia que conocía a su Salvador. Entonces, era de noche. Jesús había mirado a Pedro en ese momento y recordando la predicción del Señor en la última cena, Pedro salió y lloró amargamente. Pero ahora es el amanecer de un nuevo día, y con el fuego entre ellos por segunda vez, Jesús miró a Pedro con la calidez de su amor y le preguntó tres veces: “¿Me amas?” No hubo reproche en sus palabras ni en el tono de Jesús a Pedro, a Tomás o a cualquiera de sus apóstoles por su comportamiento durante el tiempo de su sufrimiento y muerte, sino más bien un profundo deseo de devolverles la vida en su nombre para lanzar el Evangelio hasta el fin de la tierra.
El resto es historia. Pedro cumplió su destino como líder de la Iglesia primitiva, y Tomás trajo la Buena Nueva al reino de la India. Dios ama tanto al mundo que esta pregunta eterna está dirigida a cada uno de nosotros, discípulos de su hijo amado. ¿Lo amamos?
En Christus Vivit, el Papa Francisco cita las palabras poéticas de Pedro Arrupe, el legendario Superior jesuita. “ ¡Enamórate! (o déjate enamorar), porque «nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera”Este amor por Dios es posible gracias al Espíritu Santo que resucitó a Jesús de entre los muertos.
Escribiendo casi tres generaciones después de la muerte y resurrección de Jesús, San Juan termina su evangelio con palabras de amor perdurable, esperanza y luz para todas las personas y por siempre. “Jesús hizo muchas otras señales milagrosas delante de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de Él.”(Juan 20, 30-31).