Working within God’s providence

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
JACKSON – Over the Labor Day holiday as I enjoyed the blessings of a long weekend, I mulled over the surge that occurred in unemployment due to COVID-19 over the past six months. At its peak, the furloughed were at the astronomical figure of 33%, a level not seen since the great depression in the 1930s. The present hardship and anxiety over the future that afflicts many families are heavy burdens. Fortunately, the unemployment figures have dropped back down below double digits; yet far too many are pushed to the edge or beyond. This free fall in the work force makes it crystal clear how essential work is as a vital component of what it means to be human, more than just a job.

Bishop Joseph R. Kopacz

With the advent of the Industrial Revolution in the 19th century the Church has taught extensively on the nature, dignity and necessity of work beginning with Leo XIII in Rerum Novarum, on the New Order of Things, right up to the present day with the exhortations of Pope Francis. In doing so, the church always returns to the biblical source in Genesis when God worked for six days on the progression of creation with rest following on the seventh. God then ordained that the crown of his creation, male and female, was to subdue the earth and exercise dominion over this amazing planet. (Genesis 1:28) However, this task is not a license to be high-handed or reckless. On the contrary in it is a matter of cultivating and caring for the magnificent garden that has been entrusted to us. (Genesis 2:15) The material world was not created by humankind but is bestowed upon us as a precious gift that the Creator placed under our responsibility. Therefore, all work can be a participation in and furtherance of the will of God and the gift of creation.

Within the perspective of faith, the fruits of our labor are for our own wellbeing, for those who depend on us, especially the family, for the common good, for a just society and for the glory of God. It is not just a job. The family, therefore, must rightfully be an essential agent of economic life, guided not solely by the market mentality but by the logic of sharing and solidarity among generations. Justice is the virtue that governs the social order, and the market must aim for a standard of living to maintain a family and to allow it to live decently. (Pius XI) The demand for justice precedes concern for profit. “Better is a little with righteousness than great revenues with injustice.” (Proverbs 16:8)

The leisure of Labor Day, an oxymoron of sorts, portrays the intricate web of life that God intends. Jesus a man of work, devoted most of his years on earth to manual labor at the carpenter’s bench. (John Paul II) In his teachings Jesus regularly refers to the reality of work to unfold the mystery of the Kingdom of God. He praises the faithful and prudent servant whom the Master finds hard at work at the duties entrusted to him (Mt 24:46), and condemns the behavior of the useless servant, who hides his talent in the ground. (Mt 25:14ff) He describes his own mission as that of working. “My father is working still, and I am working.” (Jn 5:17) His disciples are workers in the harvest of the Lord (Mt 9:37-38), and the laborer deserves his wage.” (Lk 10:7)

Work in the home or in the marketplace is an essential part of being human. The awareness that “the form of the world is passing away” (1Cor 7:31) is not an exoneration from being involved in work. (2Thes 3:7-15) No Christian, believing that he belongs to others and to God, has the right not to work and to live at the expense of others. All are charged by the Apostle Paul to make it a point of honor to work, to be dependent on nobody. (1Thes 4:12), and to practice a solidarity by sharing the fruits of their labors with those in need. (Eph 4:28) St. James defends the trampled rights of workers: “Behold the wages of the laborers who mowed your fields, which you kept back by fraud, cry out, and the cries of the harvesters have reached the Lord of host.” (Jas 5:4)

Yet there needs to be balance. In his preaching, Jesus teaches man and woman not to be enslaved by work. Before all else they must be concerned about their souls. Gaining the whole world is not the purpose of life. (Mk 18:36) The treasures of earth are consumed, while those in heaven are imperishable. It is on these latter treasures that men and women must set their hearts. (Mt 6:19-21) For we look not to what is seen, but to what is unseen. For what is seen is transitory; what is unseen is eternal. (2Cor 4:18) This is the gift of Sabbath rest on the Lord’s Day, a time for healing, a time dedicated to God and others, cultivating relationships that allow humanity to set out on the path to the eternal Sabbath.

For many, the pandemic has incited a crisis and we hope that they can remain steady through the storm. For many more who are fine materially, yet restricted socially, we hope that the opportunity will not be lost to restore lasting balance in their lives within God’s creative providence.

Trabajando dentro de la providencia de Dios

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
Durante el día feriado del Día del Trabajo (Labor Day, en inglés) y mientras disfrutaba de las bendiciones de un fin de semana largo, reflexioné sobre el aumento del desempleo, que se produjo debido al COVID-19 durante los últimos seis meses. En su apogeo, los cesados estuvieron en la astronómica cifra de un 33%, un nivel no visto desde la gran depresión en la década de 1930. Las dificultades actuales y la ansiedad por el futuro, que afligen a muchas familias, son cargas pesadas. Afortunadamente, las cifras de desempleo han vuelto a caer por debajo de los dos dígitos; sin embargo, demasiados son empujados al límite o más allá. Esta caída libre en la fuerza laboral deja en claro cuán esencial es el trabajo como un componente vital de lo que significa ser humano, es más que un simple trabajo.

Obispo Joseph R. Kopacz

Desde el advenimiento de la Revolución Industrial en el siglo XIX, la Iglesia ha enseñado extensamente sobre la naturaleza, la dignidad y la necesidad del trabajo comenzando con León X111 en la Rerum Novarum, sobre el Nuevo Orden de las Cosas, hasta el día de hoy con las exhortaciones del Papa Francisco. Al hacerlo, la iglesia siempre regresa a la fuente bíblica, en Génesis, cuando Dios trabajó durante seis días en la progresión de la creación y el descanso que siguió el séptimo día. Entonces Dios ordenó que la corona, masculina y femenina, de su creación debía someter la tierra y ejercer dominio sobre este asombroso planeta. (Génesis 1:28.) Sin embargo, esta tarea no es una licencia para ser prepotente o imprudente. Al contrario, en ella se trata de cultivar y cuidar el magnífico jardín que nos ha sido confiado. (Génesis 2:15) El mundo material no fue creado por la humanidad, sino que nos fue otorgado como un regalo precioso que el Creador puso bajo nuestra responsabilidad. Por lo tanto, todo trabajo puede ser una participación y un avance de la voluntad de Dios y el don de la creación.

En la perspectiva de la fe, los frutos de nuestro trabajo son para nuestro propio bienestar, para quienes dependen de nosotros, especialmente nuestra familia, para el bien común, para una sociedad justa y para la gloria de Dios. No es solo un trabajo. La familia, por tanto, debe ser legítimamente un agente esencial de la vida económica, guiada no solo por la mentalidad de mercado sino por la lógica del compartir y la solidaridad entre generaciones. La justicia es la virtud que gobierna el orden social, y el mercado debe aspirar a un nivel de vida para mantener una familia y permitirle vivir decentemente. (Pío XI) La demanda de justicia precede a la preocupación por el lucro. “Vale más lo poco ganado honradamente, que lo mucho ganado en forma injusta.” (Proverbios 16:8)

El ocio del Día del Trabajo, una especie de contradicción, retrata la intrincada red de la vida que Dios quiere. Jesús, un hombre de trabajo, dedicó la mayor parte sus años en la tierra al trabajo manual en un banco de carpintero. (Juan Pablo II). En sus enseñanzas, Jesús se refiere regularmente a la realidad del trabajo para desvelar el misterio del Reino de Dios. Alaba al siervo fiel y prudente a quien el Maestro encuentra esforzándose en los deberes que se le encomiendan (Mt 24:46), y condena la conducta del siervo inútil, que esconde su talento en la tierra. (Mt 25:14ss) Describe su propia misión como la de trabajar. “Mi Padre siempre ha trabajado, y yo también trabajo.” (Jn 5:17) Sus discípulos son obreros en la mies del Señor (Mt 9: 37-38), y “pues el trabajador tiene derecho a su paga.” (Lc 10:7)

Trabajar en el hogar o en el mercado es una parte esencial del ser humano. La conciencia de que “este mundo que vemos ha de terminar.” (1Cor 7:31) no es una exoneración de estar involucrado en el trabajo. (2Tes 3:7-15) Ningún cristiano, creyendo que pertenece a otros y a Dios, tiene derecho a no trabajar y vivir a expensas de los demás. El apóstol Pablo les encarga a todos que sean un punto de honor trabajar, no depender de nadie. (1Ts 4:12), y practicar la solidaridad compartiendo los frutos de su trabajo con los necesitados. (Efesios 4:28) Santiago defiende los derechos pisoteados de los trabajadores: “El pago que no les dieron a los hombres que trabajaron en su cosecha, está clamando contra ustedes; y el Señor todopoderoso ha oído la reclamación de esos trabajadores.” (Santiago 5:4)

Sin embargo, debe haber un equilibrio. En su predicación, Jesús enseña al hombre y a la mujer a no ser esclavizados por el trabajo. Antes que nada, deben preocuparse por sus almas. Ganar el mundo entero no es el propósito de la vida. (Mc 18:36) Los tesoros de la tierra se consumen, mientras que los del cielo son imperecederos. Es en estos últimos tesoros que los hombres y mujeres deben poner su corazón. (Mt 6:19-21) Porque no miramos a lo que se ve, sino a lo que no se ve. Porque lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno. (2Cor 4:18) Este es el don del reposo sabático en el día del Señor, un tiempo de curación, un tiempo dedicado a Dios y a los demás, cultivando relaciones que permitan a la humanidad emprender el camino hacia el sábado eterno.

Para muchos, la pandemia ha provocado una crisis y esperamos que puedan mantenerse estables durante la tormenta. Para muchos más que están bien materialmente, pero restringidos socialmente, esperamos que no se pierda la oportunidad de restaurar el equilibrio duradero en sus vidas dentro de la providencia creativa de Dios.

The City of God

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.

JACKSON – The French Revolution hit the western world like a hurricane that overturned and overwhelmed everything in its wake. It followed on the heels of the American Revolution of 1776, a struggle that lasted 10 years following the storming of the Bastille in 1789. The forces that were eventually unleashed had been building for a long time, and the monarchies in England and France could not withstand the press of humanity yearning to breathe free.

Bishop Joseph R. Kopacz

Charles Dickens was born into this emerging new world in England in 1812 and would become for much of the 19th century a preeminent social critic. His classic A Tale of Two Cities addressed the widespread social ills that led to revolution and still persisted in his lifetime which he portrayed in the opening lines of his novel. “It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of light, it was the season of darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair … We were all going directly to heaven, or we were all going the other way.”

Ultimately, this classic work challenged the people of his day to go beyond the foolishness, incredulity, darkness and despair and embrace wisdom, belief, light and hope, in other words, redemption and new life on a personal and societal level. Ages earlier, St. Augustine called this the City of God, anchored in the death and resurrection of the Lord and his abiding presence.

How would be describe our nation and world in the 21st century? What direction are we going in? Is the pandemic creating the worst of times? The truth is that Charles Dicken’s words are timeless and can properly be applied to every generation.

Evidence abounds in our society of many people living righteously and compassionately as good citizens, people of diverse religious faith, or no faith. Consider the fire fighters who throw themselves into the path of infernos to save lives and property, the health care workers who daily care for those stricken by the coronavirus, the first responders who are now assisting those in the paths of the hurricanes, Laura and Marco.

Sadly, the reverse is all too true when we consider the culture of death that destroys life in the womb, tramples the poor, and deprives too many of the basics to flourish in this world. Of course, far too many squander the blessings of liberty and personal responsibility and choose a path in life that, in the words of Dickens, “is going the other way.” There is much to ponder and much to do.

Ever since Jesus gave the keys of the kingdom to Peter, the Catholic church has proclaimed the Gospel of salvation by immersing herself in the lives of the people and cultures where the Gospel takes root. The ultimate goal is the salvation of souls as St. Paul eloquently wrote, “with eyes fixed on the goal pushing on to secure the prize of God’s heavenward call in Christ Jesus.” (Philippians) But that’s not a directive to wear blinders as we journey through life, because the Kingdom of God is not a matter of eating and drinking but of justice, peace and joy in the Holy Spirit. (Romans 14:17)
In our Catholic tradition hope for this world and the next is written into our DNA. It’s not an either or. From a historical perspective we know that if injustice is not confronted and overcome, then sooner or later revolutions explode on the scene. The convulsions and outcries that surge through our nation in the present moment must awaken the nation to reconcile and heal the past, and to recommit ourselves to the work of justice and peace in this generation, indisputable signs of the “City of God.”

From the “Constitution on the church in the Modern World, Gaudium et Spes,” during the Second Vatican Council, we have this inspired vision for our world. “Though earthly progress is to be carefully distinguished from the growth of Christ’s Kingdom, yet in so far as it can help toward the better ordering of human society it is of great importance to the Kingdom of God. The blessings of human dignity, brotherly communion and freedom will be found again in the world to come when Christ hands over to the Father an eternal and everlasting Kingdom, purified of all sin and transformed, a Kingdom of truth and life, of holiness and grace, of justice and peace.”
Surely, this will be “the best of times” in the Kingdom of God.

La ciudad de Dios

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.

La Revolución Francesa golpeó al mundo occidental como un huracán que volcó y arrasó todo a su paso. Siguió los pasos de la Revolución Americana de 1776, una lucha que duró 10 años después del asalto a la Bastilla en 1789. Las fuerzas que finalmente se desataron se habían estado construyendo durante mucho tiempo, y las monarquías en Inglaterra y Francia no pudieron resistir la presión de la humanidad que anhela respirar libremente.

Obispo Joseph R. Kopacz

Charles Dickens nació en este nuevo mundo emergente en Inglaterra en 1812 y se convertiría durante gran parte del siglo XIX en un crítico social preeminente. Su clásico Un Cuento de dos ciudades abordó los males sociales generalizados que llevaron a la revolución y que aún persistieron en su vida y que describió en las primeras líneas de su novela. “Fue el mejor de los tiempos, fue el peor de los tiempos, fue la era de la sabiduría, fue la era de la necedad, fue la época de la fe, fue la época de la incredulidad, fue la época de la luz, era la temporada de las tinieblas, era el manantial de la esperanza, era el invierno de la desesperación … Todos íbamos directamente al cielo, o todos íbamos en sentido contrario”.
En última instancia, esta obra clásica desafió a la gente de su época a ir más allá de la tontería, la incredulidad, la oscuridad y la desesperación y abrazar la sabiduría, la fe, la luz y la esperanza, en otras palabras, la redención y la nueva vida a nivel personal y social. Edades anteriores, San Agustín la llamó la Ciudad de Dios, anclada en la muerte y resurrección del Señor y su presencia permanente.

¿Cómo describiría nuestra nación y el mundo en el siglo XXI? ¿En qué dirección vamos? ¿Está la pandemia creando el peor de los tiempos? La verdad es que las palabras de Charles Dickens son atemporales y pueden aplicarse correctamente a todas las generaciones.

En nuestra sociedad abundan las pruebas de que muchas personas viven con rectitud y compasión como buenos ciudadanos, personas de diversas religiones o sin fe. Considere a los bomberos que se lanzan al camino de los infiernos para salvar vidas y propiedades, los trabajadores de la salud que diariamente cuidan a los afectados por el virus, los primeros socorristas que ahora están ayudando a quienes se encuentran en el camino de los huracanes, Laura y Marco. Lamentablemente, lo contrario es demasiado cierto cuando consideramos la cultura de la muerte que destruye la vida en el útero, pisotea a los pobres y priva a muchos de los elementos básicos para prosperar en este mundo. Por supuesto, demasiados desperdician las bendiciones de la libertad y la responsabilidad personal y eligen un camino en la vida que, en palabras de Dickens, “va en sentido contrario”. Hay mucho que reflexionar y mucho que hacer.

Desde que Jesús entregó las llaves del reino a Pedro, la Iglesia católica ha proclamado el Evangelio de la salvación sumergiéndose en la vida de las personas y culturas donde se arraiga el Evangelio. El objetivo final es la salvación de las almas, como escribió elocuentemente San Pablo, “ para esforzarme por alcanzar lo que está delante, 14 para llegar a la meta y ganar el premio celestial que Dios nos llama a recibir por medio de Cristo Jesús.” (Filipenses 3:13-14) Pero esa no es una directiva para usar ligeramente mientras viajamos por la vida, porque el Reino de Dios no es una cuestión de comer y beber, sino de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. (Romanos 14:17)

En nuestra tradición católica, la esperanza para este mundo y el próximo está escrita en nuestro ADN. No es uno o la otro. Desde una perspectiva histórica, sabemos que, si no se afronta y se supera la injusticia, en la escena, tarde o temprano, estallan revoluciones. Las convulsiones y clamores que surgen en nuestra nación en el momento presente deben despertar a la nación para reconciliar y sanar el pasado, y para comprometernos todos con la obra de justicia y paz en esta generación, signos indiscutibles de la “Ciudad de Dios.”

Del documento ”Sobre la Iglesia en el Mundo Actual, Gaudium et Spes,” durante el Concilio Vaticano II, tenemos esta visión inspirada de nuestro mundo. “Aunque el progreso terrenal debe distinguirse cuidadosamente del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, en la medida en que puede ayudar a un mejor orden de la sociedad humana, es de gran importancia para el Reino de Dios. Las bendiciones de la dignidad humana, la comunión fraternal y la libertad se encontrarán nuevamente en el mundo venidero cuando Cristo entregue al Padre un Reino eterno, purificado de todo pecado y transformado, un Reino de verdad y vida, de santidad y gracia, de justicia y paz“.

De seguro, este será “el mejor de los tiempos” en el Reino de Dios.

Faith in the face of fear

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
JACKSON – In the midst of the pandemic and other harsh realities, we recognize that all of us are in the same storm, but not in the same boat. There are significant differences in everyone’s life that require unique responses of all. At the center of last Sunday’s Scripture is the good news that no matter what boat we are in, or cave, as we heard of Elijah on Mount Horeb (1Kings 19), the living God desires to pass by and enter into the boats and caves of our lives.

Bishop Joseph R. Kopacz

Can we see him, feel his presence, and hear him? Do we want to encounter him?
After the multiplication of the loaves and fishes it was compelling to realize that Jesus himself dismissed the crowds after sending his apostles ahead of him on the Sea of Galilee. Here we have the Word of life, the Bread of life, serving as a minister of hospitality. Dismissing 5,000 people not counting women and children, nearly ranks as another miracle. This is the God who calls us by name and holds us in the palms of his hands. (Isaiah 41:13) But it is the storm on the sea of Galilee that assures us that Jesus Christ is present to us in the sudden squalls that strike without warning. (Matthew 14:22-33) As Jesus walks across the water to his storm-tossed apostles the unfolding drama reveals the contrast between the fear that paralyzes and the fear that saves. Without the Lord even the hard-boiled fishermen were going down in panic. With a hand clasp (Matthew 14:31) to save Peter from drowning, the Lord and he settled into the boat, and immediately the peace that only God can give ruled the wind and waves.
This was not the first time that Jesus accompanied Peter through his fears. On the shores of this same lake, Jesus invited himself into his fishing boat to better preach the word to the assembled throng. (Luke 5:1-11) He then directed him back into the deep to cast his nets for a catch that brought Peter to his knees. “Leave me Lord, for I am a sinful man.”(Luke 5:8) Actually the preaching of Jesus of Nazareth had softened his heart to be receptive to the gift of holy fear and the ensuing life-giving words. “Follow me and I will make you fishers of men.” Like Peter in both encounters with the Lord, we too must take a step toward Jesus and follow his lead through the fog and gloom of uncertainty and anxiety that confronts us.
In the letter to the Romans, last Sunday’s second reading, the Lord is near to St. Paul in his grief over the painful realization that most of his fellow Israelites are rejecting his beloved Savior as the long-awaited Messiah. It was a heavy cross for St. Paul because he loves the Lord and his people and is deeply torn. “I have an infinite sadness and an incessant grief that torments my heart.” (Romans 9:1-5)
The pandemic hit like a sudden squall and now it has settled in like a thick gloom that will not lift. Like St. Paul, currently, a growing number of people are feeling a similar pain with the loss of life, means, in some cases the work of a lifetime, along with the rhythms of daily life. This is a daunting reality that can push us to the margins of our internal and external resources. Yet, it is also an invitation to deepen our faith in the Lord’s nearness in the face of fear. Can we hear his loving words that dispelled the distress of his apostles?
“Calm yourselves. Do not fear. It is I.” When we are feeling most vulnerable and fragile, our faith by the grace of God motivates us not to allow ourselves not to sink into fear. The amazing grace that allays our fears, also gives us the peace of Christ which allows us to walk by faith, and not by sight (2Corinthians 5:7), that shines on us who live in darkness and in the shadow of death. With our options narrowed and our movements restricted, cannot God penetrate this cloud of unknowing to help us nurture our faith and enter more deeply into intentional concern for others, and so give witness to the living Lord.
With the difficult decisions facing many educators, parents and students for the fall semester, allowing the Lord to clasp our hand is a far better state of being than sinking into our own emotional sludge. This is the difference between fear and holy fear, the capacity to hear the Lord’s words that He is near, and to act upon this faith-filled knowledge.

Fe ante el miedo

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
En medio de la pandemia y otras duras realidades, reconocemos que todos estamos en la misma tormenta, pero no en el mismo barco. Hay diferencias significativas en la vida de todos, que requieren respuestas únicas de todos. En el centro de las Escrituras del domingo pasado está la buena noticia en que no importa en qué barco estemos o en qué cueva, como oímos de Elías en el monte Horeb (1 Reyes 19), el Dios viviente desea pasar y entrar en los barcos y las cuevas de nuestras vidas.
¿Podemos verlo, sentir su presencia y escucharlo? ¿Queremos encontrarnos con él?

Obispo Joseph R. Kopacz

Después de la multiplicación de los panes y los peces, fue convincente darse cuenta de que Jesús mismo despidió a las multitudes después de enviar a sus apóstoles delante de él en el mar de Galilea. Aquí tenemos la Palabra de Vida, el Pan de Vida, sirviendo como ministro de hospitalidad. Al despedir a 5,000 personas sin contar a las mujeres y los niños, casi es otro milagro. Este es el Dios que nos llama por nuestro nombre y nos sostiene en las palmas de sus manos. (Isaías 41:13)
Pero es la tormenta en el mar de Galilea lo que nos asegura que Jesucristo está presente para nosotros en las repentinas tormentas que golpean sin previo aviso. (Mateo 14:22-33). Mientras Jesús camina sobre el agua hacia sus apóstoles azotados por la tormenta, el drama que se desarrolla revela el contraste entre el miedo que paraliza y el miedo que salva. Sin el Señor, incluso los pescadores duros caían presa del pánico. Con un apretón de manos (Mateo 14:31) para salvar a Pedro de ahogarse, el Señor y él se acomodaron en la barca, e inmediatamente, la paz que solo Dios puede dar dominó el viento y las olas.
Esta no fue la primera vez que Jesús acompañó a Pedro a través de sus temores. En las orillas de este mismo lago, Jesús se invitó a sí mismo a subir a su barco de pesca para predicar mejor la palabra a la multitud reunida. (Lucas 5:1-11) Luego lo dirigió de regreso al abismo para que echara sus redes en busca de una pesca que puso a Pedro de rodillas. “¡Apártate de mí, Señor, ¡porque soy un pecador!” (Lucas 5:8). En realidad, la predicación de Jesús de Nazaret había ablandado su corazón para que fuera receptivo al don del temor santo y las subsiguientes palabras vivificantes. “Síganme y yo los haré pescadores de hombres”. Como Pedro en ambos encuentros con el Señor, nosotros también debemos dar un paso hacia Jesús y seguir su ejemplo a través de la niebla y la penumbra de la incertidumbre y la ansiedad que nos enfrenta.
En la carta a los Romanos, la segunda lectura del domingo pasado, el Señor está cerca de San Pablo en su dolor por la dolorosa comprensión de que la mayoría de sus compañeros israelitas están rechazando a su amado Salvador como el Mesías tan esperado. Fue una cruz pesada para San Pablo porque ama al Señor y a su pueblo y está profundamente desgarrado. “tengo una gran tristeza y en mi corazón hay un dolor continuo”. (Romanos 9:1-5).
La pandemia golpeó como una ráfaga repentina y ahora se ha asentado como una densa oscuridad que no se disipa. Como San Pablo, en la actualidad, un número creciente de personas sienten un dolor similar con la pérdida de la vida, significa, en algunos casos, el trabajo de toda una vida, junto con los ritmos de la vida diaria. Esta es una realidad abrumadora que puede llevarnos al margen de nuestros recursos internos y externos. Sin embargo, también es una invitación a profundizar nuestra fe en la cercanía del Señor frente al miedo. ¿Podemos escuchar sus amorosas palabras que disiparon la angustia de sus apóstoles?
“¡Calma! ¡Soy yo: no tengan miedo!”; Cuando nos sentimos más vulnerables y frágiles, nuestra fe por la gracia de Dios nos motiva a no permitirnos no hundirnos en el miedo. La gracia asombrosa que apaga nuestros temores, también nos da la paz de Cristo que nos permite caminar por fe, y no por vista (2Corintios 5:7), que brilla sobre nosotros que vivimos en tinieblas y en la sombra de la muerte. Con nuestras opciones reducidas y nuestros movimientos restringidos, ¿no puede Dios penetrar esta nube de desconocimiento para ayudarnos a nutrir nuestra fe y entrar más profundamente en la preocupación intencional por los demás, y así dar testimonio del Señor vivo?
Con las difíciles decisiones que enfrentan muchos educadores, padres y estudiantes para el semestre de otoño, permitir que el Señor nos estreche la mano es un estado mucho mejor que hundirnos en nuestro propio fango emocional. Ésta es la diferencia entre el temor y el temor santo, la capacidad de escuchar las palabras del Señor de que Él está cerca y de actuar de acuerdo con este conocimiento lleno de fe.

Pearl of wisdom

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
JACKSON – The Scripture readings for last Sunday featured the prayer of the young Solomon taking over the reins from his father David as Israel’s king. The task ahead of him was daunting and in his encounter with God in a dream he was inspired to pray humbly and honestly. “I pray that you grant me wisdom of heart so that I may know how to govern your people and distinguish between right and wrong. Without wisdom who would be able to govern rightly?“

Bishop Joseph R. Kopacz

In the Hebrew scriptures, the Old Testament, there is a corpus of literature that is categorized as Wisdom Literature. These fascinating books of the bible were written over hundreds of years in the post exilic era. The Book of Wisdom features a prayer attributed to Solomon that reveals his heart and mind and his dependency upon God, at least in the earlier years of his reign. “God of our fathers, wisdom resides with you and knows all your works, from creation to this moment. She knows what is pleasing to you and in accord with your commandments. Send forth this wisdom from on high where all is holy that she may be at my side in my labors so that I may know what is pleasing to you. May she guide me with prudence in all that I do that I may guide your people justly. For who knows God’s counsel, or who can conceive what the Lord intends? For the deliberations of mortals are timid, and uncertain our plans. For the corruptible body burdens the soul and the earthly vessel weighs down the mind with its many concerns. Who can know your counsel unless you give wisdom and send your holy spirit from on high?” (Chapter 9)
The wisdom of Solomon, anchored in prayer, is a path for all who are making decisions that affect the lives of others during these agonizing pandemic days. This includes just about everybody, our elected officials, all who are serving in health care, business owners on every front, educators and students, church leaders, and parents and caregivers who decide on behalf of their children. In the gospel passage last weekend we heard the words of the Lord at the conclusion of the section on the parables in Matthew’s Gospel. “Then every scribe who has been instructed in the kingdom of heaven is like the head of the household who brings from his storeroom both the new and the old.” (13:52-53)
We must go deeply into the storehouse of our faith and experience to call upon time tested wisdom to negotiate all that is new, spiritually, mentally and materially. The world has not seen such a pandemic in over 100 years, and these are unchartered waters where the next bend in the rapids might present unexpected risks. We walk by faith, indeed.
Wisdom, the cornerstone of the gifts of the Holy Spirit, is not just about choosing wisely. The wisdom literature is vast, as is evident in the books of Job, Proverbs, Ecclesiastes, Sirach, Wisdom, the Psalms and the Song of Songs. The themes from these inspired works have their origin in life’s joys and sorrows, triumphs and tragedies, and in the reality of death. The book of Job wrestles with the agonizing question of suffering, especially when it afflicts an innocent person. Always a part of life, today we are witnessing widespread suffering and anxiety. For all disciples, the wisdom in the Book of Job finds its fulfillment in the suffering and death of Jesus Christ on the Cross, and his resurrection from the dead. May all who are suffering exceedingly find renewed strength and hope in the God of our Lord Jesus Christ for this life and the next.
In last Sunday’s Gospel Jesus speaks about the pearl of great price and the treasure buried in a field. As St. Matthew constructed his Gospel he knew that he had found this pearl and treasure when the Lord looked at him with loving mercy and called him to abandon his way of life in order to proclaim a treasure hidden to him up until that moment. He who previously had oppressed his people with the ledger, now was providing light and hope with the living Word of God. In the midst of this world-wide crisis may the loving gaze of the Lord Jesus empower us to respond with wisdom and conviction to what life is serving us.
St. Paul gifted us with a pearl of great value and wisdom in the second reading from last Sunday. “All things work for good for those who love God.” (Romans 8:28) By God’s grace may we deepen our faith, hope and love during this time of crisis, an opportunity to value the things that truly matter.

Bishop calendar

Thursday, Aug. 6, 6 p.m. – Pro-Life Mississippi Banquet, Jackson
Saturday, Aug. 29-30 – Mission Appeal, Diocese of Harrisburg, Pennsylvania

Only public events are listed on this schedule and all events are subject to change. Please check with the local parish for further details.

Perla de sabiduría

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
Las lecturas de las Escrituras para el domingo pasado mostraban la oración del joven Salomón tomando las riendas de su padre David como el rey de Israel. La tarea que tenía por delante era desalentadora y, en su encuentro con Dios en un sueño, se inspiró para rezar con humildad y honestidad. “Dame, pues, un corazón atento para gobernar a tu pueblo, y para distinguir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién hay capaz de gobernar a este pueblo tuyo tan numeroso?”

Obispo Joseph R. Kopacz

En las escrituras hebreas, el Antiguo Testamento, hay un grupo de literatura que se clasifica como Literatura de la Sabiduría. Estos fascinantes libros de la Biblia fueron escritos durante cientos de años en la era posterior al exilio. El Libro de la Sabiduría presenta una oración atribuida a Salomón que revela su corazón y mente y su dependencia de Dios, al menos en los primeros años de su reinado. “Dios de mis antepasados, Señor misericordioso, que por tu palabra has hecho todas las cosas, que con tu sabiduría has formado al hombre para que domine sobre toda tu creación, para que gobierne el mundo con santidad y rectitud y administre justicia con recto corazón … Contigo está la sabiduría, que conoce tus obras y que estaba presente cuando hiciste el mundo; ella sabe lo que te agraday lo que está de acuerdo con tus mandamientos … Ella, que todo lo conoce y lo comprende, me guiará con prudencia en todas mis acciones y me protegerá con su gloria … porque, ¿qué hombre conoce los planes de Dios? ¿Quién puede imaginar lo que el Señor quiere?” (Sabiduría 9)
La sabiduría de Salomón, anclada en la oración, es un camino para todos los que toman decisiones que afectan la vida de los demás durante estos días agonizantes de pandemia. Esto incluye a casi todos, nuestros funcionarios electos, todos los que prestan servicios de atención médica, propietarios de negocios en todos los frentes, educadores y estudiantes, líderes de la iglesia y padres y cuidadores que deciden en nombre de sus hijos.
En el pasaje del evangelio el fin de semana pasado escuchamos las palabras del Señor al final de la sección sobre las parábolas del Evangelio de Mateo.” Cuando un maestro de la ley se instruye acerca del reino de los cielos, se parece al dueño de una casa, que de lo que tiene guardado sabe sacar cosas nuevas y cosas viejas.” (Mateo 13:52)
Debemos profundizar en el depósito de nuestra fe y experiencia para recurrir a la sabiduría probada por el tiempo para negociar todo lo que es nuevo, espiritual, mental y materialmente. El mundo no ha visto una pandemia de este tipo en más de 100 años, y estas son aguas desconocidas donde la próxima curva en los rápidos podría presentar riesgos inesperados. Caminamos, de hecho, por fe.
El uso de la sabiduría, la piedra angular de los dones del Espíritu Santo, no se trata solo de elegir sabiamente. La literatura de sabiduría es vasta, como es evidente en los libros de Job, Proverbios, Eclesiastés, Eclesiástico, Sabiduría, los Salmos y el Cantar de los Cantares. Los temas de estas obras inspiradas tienen su origen en las alegrías y tristezas de la vida, los triunfos y las tragedias, y en la realidad de la muerte.
El libro de Job lucha con la agonizante cuestión del sufrimiento, especialmente cuando aflige a una persona inocente. Siempre y como parte de la vida, hoy somos testigos de un sufrimiento y ansiedad generalizados. Para todos los discípulos, la sabiduría en el Libro de Job se cumple en el sufrimiento y la muerte de Jesucristo en la Cruz, y en su resurrección de entre los muertos. Que todos los que sufren sufran una fuerza y esperanza renovadas en el Dios de nuestro Señor Jesucristo para esta vida y la próxima.
En el Evangelio del domingo pasado, Jesús habla de la perla de gran precio y del tesoro enterrado en un campo. Cuando San Mateo construyó su Evangelio, supo que había encontrado esta perla y este tesoro cuando el Señor lo miró con amorosa misericordia y lo llamó a abandonar su estilo de vida para proclamar un tesoro escondido hasta ese momento. El que anteriormente había oprimido a su pueblo con el libro mayor ahora estaba proporcionando luz y esperanza con la Palabra viva de Dios. En medio de esta crisis mundial, que la mirada amorosa del Señor Jesús nos capacite para responder con sabiduría y convicción a lo que la vida nos está sirviendo.
San Pablo nos regaló una perla de gran valor y sabiduría en la segunda lectura del domingo pasado. “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman”. (Romanos 8:28) Por la gracia de Dios, podemos profundizar nuestra fe, esperanza y amor durante este tiempo de crisis, una oportunidad para valorar las cosas que realmente importan.

Joint statement of the Catholic Bishops of Mississippi against the evils of racism

By Most Reverend Louis F. Kihneman and Most Reverend Joseph R. Kopacz, D.D.
JACKSON – We join our voices to vehemently denounce racism, a plague among us. It is an evil and a force of destruction that eats away at the soul of our nation. Ultimately, it is a moral problem that requires a moral remedy — a transformation of the human heart — and compels us to act. “The evil of racism festers in part because in our nation there has been very limited formal acknowledgement of the harm done to so many, no moment of atonement, no national process of reconciliation and all too often a neglect of our history.” (Open Wide Our Hearts)

Bishop Joseph R. Kopacz

“Open Wide Our Hearts: The Enduring Call to Love — a pastoral letter against racism” was officially endorsed in November, 2018 at the United States Catholic Conference of Bishops Annual Conference in Baltimore. Following upon this near unanimous endorsement, the Cause for Canonization of Sister Thea Bowman, the granddaughter of slaves, the only African American member of the Franciscan Sisters of Perpetual Adoration, a woman who transcended racism to leave a lasting mark on Catholic life in the late 20th century, was introduced and overwhelmingly approved by the bishops. A prophetic document and a prophetic life combined to show our nation a better way, the path to greater justice and peace, whose beginning and end is the dignity of the human person.
As the church seeks to be a leaven in society for solidarity, liberty and justice for all, we must recognize our participation in the chains of racism. “Therefore, we the Catholic bishops of the United States acknowledge the many times when the church has failed to live as Christ taught, to love our brothers and sisters. Acts of racism have been committed by leaders and members of the Catholic church, by bishops, clergy, religious and laity, and her institutions. We express deep sorrow and regret for them.” (Open Wide Our Hearts)
Significant numbers of African Americans are born into economic and social disparity. We must recognize that generations of African Americans were disadvantaged by slavery, wage theft, “Jim Crow” laws, and the systematic denial of access to numerous wealth-building opportunities reserved for others. Racism can be institutional, when practices or traditions are upheld that treat certain groups of people unjustly. The cumulative effects of personal sins of racism have led to social structures of injustice and violence. (Open Wide Our Hearts)
The heartless killing of George Floyd sparked a national outcry against the tyranny of racism. The actions and inactions of the officers involved are symptomatic of a pattern that has reached critical mass and has exploded across our nation and beyond. That brutal assault violates the fundamental truth lamented in “Open Wide our Hearts” that all people are created in the image and likeness of God. When this truth is ignored, the consequence is prejudice and fear of the other, and all too often, hatred. In the Gospel of John 3:16 we hear the foundation of the Christian faith that “God so loved the world he sent his only Son.” Not surprisingly, in the first letter of John 3:15 we hear “Everyone who hates his brother is a murderer.”
Despite the great blessings of liberty that this country offers, especially our freedoms afforded in the First Amendment, which includes both the freedom of religion and to peaceful protest, we must admit the plain truth that for many of our fellow citizens, interactions with the police are often fraught with fear and even danger. At the same time, we reject harsh rhetoric that belittles and dehumanizes our law enforcement personnel as a whole, most of whom labor to keep our communities safe, and we condemn attacks against police and the rioting and violence taking place across our country.
Sister Thea addressed the toxic reality of racism on many occasions and spoke on behalf of her people. “When I was growing up, many of the old women who had undergone the ignominy of slavery were around, and they told us about slavery because we had to know about freedom. They told us about misery. The black woman has a task when the world says to her children, when the world says to her husband, when the world says to her mamma and to her, ‘there is something wrong with you. Your skin is too black. Your nose is too flat. Your hair is too nappy and too short. And you’re slow. And you’re ignorant. And you can’t learn like white folks. And you’re immoral.’ That’s what the racist society told us and told our children about themselves. The result was one of the great problems of the black community, the problem of low self-esteem, and it kills us.” (Mercy College of Detroit 1989). A poster at one of the peaceful protests in our nation illuminates this lament. “We said black lives matter. Never said: only black lives matter. We know: all lives matter. We just need your help … black lives are in danger.”
The enduring call to love is the heart of the matter and the antidote to this toxin. Love is an extraordinary force which leads people to opt for courageous and generous engagement in the field of justice and peace. For many in Mississippi who strive to live by the Word of God, we cannot ignore the prophets. “You have been told, o mortal, what is good, and what the Lord requires of you: Only to do justice, to love goodness, and to walk humbly with your God” (Micah 6:8), and from the prophet Amos, “Let justice roll down like waters, and righteousness like an ever-flowing stream.” (Amos 5:24)
Sister Thea’s life is a living legacy and testimony to the sacrifice and commitment of many in the Catholic Church for generations across Mississippi in the quest to overcome racism. Sister Thea was born in Yazoo City, Mississippi, December 29, 1937, and grew up in Canton. Her mother was a teacher and her father was the only African American physician in Canton. Her parents sent her to Holy Child Jesus School. Thea was reared as a Protestant, until at age nine when she asked her parents if she could become Catholic. “I was drawn to examine and accept the Catholic faith because of the day-to-day witness of Catholic Christians who first loved me, then shared with me their story, their values, their beliefs; who first loved me, then invited me to share with them in community, prayer and mission. As a child I did not recognize evangelization at work in my life. I did recognize love, service, community, prayer and faith.” (The non-Catholic in the Catholic School)
Gifted with a brilliant mind, beautiful voice and a dynamic personality, Sister Thea shared the message of God’s love through a teaching career. After 16 years of teaching at the elementary, secondary school and university level, the bishop of Jackson, Mississippi invited her to become the consultant for intercultural awareness. In her role as consultant Sister Thea gave presentations across the country; lively gatherings that combined singing, gospel teaching, prayer and storytelling. Her programs were directed to break down racial and cultural barriers. She encouraged people to communicate with one another so that they could understand other cultures and races. In 1984, Sister Thea was diagnosed with breast cancer. She prayed ‘to live until I die.’ Her prayer was answered, and Sister Thea continued her gatherings seated on a wheel chair. In 1989, the U. S. Bishops invited her to be a key speaker at their conference on Black Catholics. At the end of the meeting, Sister Thea’s invitation, the bishops stood and sang “We Shall Overcome” with gusto. Sister Thea lived a full Life. She fought evil, especially prejudice, suspicion, hatred, and things that drive people apart. She fought for God and God’s people until her death in 1990. (Cause for Canonization)
As bishops in our time in Mississippi, we recommit ourselves to continue to liberate the Church from the evil of racism that severely compromises our mission to make disciples of all nations in the name of Jesus Christ. With the ordained priests and deacons, religious and laity in our diocese we pledge ourselves to strengthen our Catholic tradition to educate, to serve, and to empower all who are on the margins in our communities, especially those who are oppressed by the yoke of racism. We are not powerless and the witness of Sister Thea’s life is an icon of hope that for those who love God all things work together for good, for those who are called according to his purpose. (Romans 8:28)

Declaración conjunta de Obispos Católicos de Mississippi contra males del racismo

Por Obispo Most Reverend Louis F. Kihneman and Most Reverend Joseph R. Kopacz, D.D.
Unimos nuestras voces para denunciar vehementemente al racismo, una plaga que existe entre nosotros. Es un mal y una fuerza destructiva que devora el alma de nuestra nación. Es definitivamente, un problema moral que requiere un remedio moral, una transformación del corazón humano, y nos obliga a actuar.

Obispo Joseph R. Kopacz

“El mal del racismo se agrava en parte porque en nuestra nación ha habido un reconocimiento formal muy limitado del daño hecho a tantas personas, ningún momento de expiación, ningún proceso nacional de reconciliación y, con demasiada frecuencia, un descuido de nuestra historia”, tal como se expresa en “Open Wide Our Hearts: The Enduring Call to Love” (Abramos nuestros corazones), una carta pastoral contra el racismo y que fue respaldada oficialmente en noviembre de 2018 en la Conferencia Anual de la Conferencia Católica de Obispos de los Estados Unidos en Baltimore.
Tras este respaldo casi unánime, la Causa de Canonización de la Hermana Thea Bowman, nieta de esclavos, la única afroamericana de las Hermanas Franciscanas de la Adoración Perpetua, una mujer que trascendió el racismo para dejar una marca duradera en la vida católica a finales del siglo XX fue introducida y abrumadoramente aprobada por los Obispos. Este es un documento y una vida proféticos combinados para mostrarle a nuestra nación un mejor camino, el camino hacia una mayor justicia y paz, cuyo principio y fin es la dignidad de la persona humana.
A medida que la Iglesia busca ser una levadura en la sociedad para la solidaridad, la libertad y la justicia para todos, debemos reconocer nuestra participación en las cadenas del racismo. “Por lo tanto, nosotros los obispos católicos de los Estados Unidos reconocemos las muchas veces que la Iglesia ha fallado en vivir como Cristo enseñó, en amar a nuestros hermanos y hermanas. Actos de racismo han sido cometidos por líderes y miembros de la Iglesia Católica, por obispos, clérigos, religiosos y laicos, y sus instituciones. Expresamos profundo pesar y arrepentimiento por ello. “ (Open Wide Our Hearts).
Un número significativo de afroamericanos nace en la disparidad económica y social. Debemos reconocer que generaciones de afroamericanos se vieron en desventaja por la esclavitud, el robo de salarios, las leyes “Jim Crow” y la sistemática negación al acceso de numerosas oportunidades de creación de riqueza reservadas para otros. El racismo puede ser institucional cuando las prácticas o tradiciones, injustamente, han mantenido ese trato con ciertos grupos de personas. Los efectos acumulativos de los pecados personales del racismo han llevado a estructuras sociales de injusticia y violencia. (Open Wide Our Hearts).
El despiadado asesinato de George Floyd desató una protesta nacional contra la tiranía del racismo. Las acciones e inacciones de los oficiales involucrados son sintomáticos de un patrón que ha alcanzado una masa crítica y ha explotado en toda nuestra nación y más allá. Este asalto brutal viola la verdad fundamental expresada en la carta Open Wide Our Hearts, que todas las personas son creadas a imagen y semejanza de Dios. Cuando esta verdad es ignorada, la consecuencia es el prejuicio y el miedo al otro, y con demasiada frecuencia, el odio. En el Evangelio de Juan 3:16 escuchamos el fundamento de la fe cristiana de que “Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo”. No es sorpresa que en la primera carta de Juan 3:15 escuchemos que “todo el que odia a su hermano es un asesino.”
A pesar de las grandes bendiciones de libertad que ofrece este país, especialmente nuestras libertades otorgadas por la Primera Enmienda, y que incluyen tanto la libertad de religión como la protesta pacífica, debemos admitir la clara verdad que para muchos de nuestros conciudadanos, las interacciones con la policía a menudo están llenas de miedo e incluso de peligro. Al mismo tiempo, rechazamos la severa retórica que menosprecia y deshumaniza en su conjunto a nuestro personal encargado de aplicar la ley, la mayoría de los cuales trabajan para mantener a nuestras comunidades seguras, condenamos los ataques contra la policía, los disturbios y la violencia que tienen lugar en nuestro país.
La hermana Thea abordó la realidad tóxica del racismo en muchas ocasiones y habló en nombre de su pueblo. “Cuando iba creciendo, muchas de las ancianas que habían sufrido la ignominia de la esclavitud estaban todavía vivas y nos contaron sobre la esclavitud y porque teníamos que saber sobre la libertad. Nos contaron sobre la miseria. La mujer negra tiene una tarea cuando el mundo le dice a sus hijos, cuando el mundo le dice a su esposo, cuando el mundo le dice a su mamá y a ella: ‘hay algo mal contigo’; ‘Tu piel es muy negra’; ‘Tu nariz es demasiado plana’; ‘Tu cabello es demasiado enroscado y demasiado corto; ‘Y eres lento’; ‘eres ignorante’; ‘no puedes aprender como los blancos’; y ‘eres inmoral’. Eso es lo que la sociedad racista nos dijo y le contó a nuestros hijos sobre ellos mismos. El resultado fue uno de los grandes problemas de la comunidad negra, el problema de la baja autoestima, y que nos mata.” (Mercy College de Detroit, 1989).
Un cartel en una de las protestas pacíficas en nuestra nación ilumina este lamento. “Decimos que las vidas negras importan. Nunca digas: solo las vidas negras importan. Lo sabemos: todas las vidas importan. Solo necesitamos su ayuda … las vidas de los negros están en peligro.”
El llamado permanente al amor es el meollo del asunto y el antídoto para esta toxina. El amor es una fuerza extraordinaria que lleva a las personas a optar por un compromiso valiente y generoso en el campo de la justicia y la paz. Para muchos en Mississippi que nos esforzamos por vivir según la Palabra de Dios, no podemos ignorar a los profetas. “El Señor ya te ha dicho, oh hombre, en qué consiste lo bueno y qué es lo que él espera de ti: que hagas justicia, que seas fiel y leal y que obedezcas humildemente a tu Dios.” (Miqueas 6:8), y del profeta Amós, “Pero que fluya como agua la justicia y la honradez como un manantial inagotable.” (Amós 5:24)
La vida de la hermana Thea es un legado vivo y un testimonio del sacrificio y el compromiso de muchos en la Iglesia Católica por generaciones en todo Mississippi en la búsqueda para superar el racismo. La hermana Thea nació en la ciudad de Yazoo, Mississippi, el 29 de diciembre de 1937, y creció en Canton. Su madre fue maestra y su padre era el único médico afroamericano en Canton. Sus padres la enviaron a la escuela Holy Child Jesus. Thea fue criada como protestante, hasta los nueve años, cuando le preguntó a sus padres si podía convertirse en Católica. “Me atrajo examinar y aceptar la fe católica debido al testimonio diario de los cristianos católicos que primero me amaron, luego compartieron conmigo su historia, sus valores, sus creencias; quienes primero me amaron y luego me invitaron a compartir con ellos en comunidad, oración y misión. Cuando era niña, no reconocí la evangelización en el trabajo en mi vida. Reconocí el amor, el servicio, la comunidad, la oración y la fe.” (The non-Catholic in the Catholic School — El no Católico en la escuela Católica)
Dotada de una mente brillante, una voz hermosa y una dinámica personalidad, la hermana Thea compartió el mensaje del amor de Dios a través de su carrera docente. Después de 16 años de enseñanza en el nivel primario, secundario y universitario, el obispo de Jackson, Mississippi, la invitó a convertirse en consultora para la conciencia intercultural. En su rol de consultora, la hermana Thea hizo presentaciones en todo el país; reuniones animadas que las que combinaba canto, enseñanza del evangelio, oración y narración de historias. Sus programas estaban dirigidos a derribar las barreras raciales y culturales. Alentó a las personas a comunicarse entre sí para que pudieran entender otras culturas y razas. En 1984, la hermana Thea fue diagnosticada con cáncer de seno. Rezó “para vivir hasta que muera”. Su oración fue respondida y la hermana Thea continuó sus reuniones sentada, en una silla de ruedas. En 1989, los obispos de Estados Unidos la invitaron a ser una oradora clave en su conferencia sobre los negros católicos. Al final de la reunión, por invitación de la hermana Thea, los obispos se pusieron de pie y cantaron con entusiasmo “We Shall Overcome — Nosotros Venceremos”. La hermana Thea vivió una vida plena. Ella luchó contra el mal, especialmente los prejuicios, las sospechas, el odio y las cosas que separan a las personas. Ella luchó por Dios y el pueblo de Dios hasta su muerte en 1990. (Causa de canonización)
Como obispos, en nuestro tiempo en Mississippi, nos comprometemos a continuar liberando a la Iglesia del mal del racismo que compromete gravemente nuestra misión de hacer discípulos de todas las naciones en el nombre de Jesucristo. Con los sacerdotes y diáconos ordenados, religiosos y laicos en nuestra diócesis, nos comprometemos a fortalecer nuestra tradición católica para educar, servir y empoderar a todos los marginados de nuestras comunidades, especialmente aquellos que están oprimidos por el yugo del racismo. No somos impotentes y el testimonio de la vida de la Hermana Thea es un icono de esperanza que para los que aman a Dios, todas las cosas funcionan para bien, “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito.” (Romanos 8:28)