Una consagración de esperanza

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
En su última gran obra, Delixit Nos (Él nos amó), en los meses previos a su muerte, el Papa Francisco afirmó que todo lo escrito anteriormente está íntimamente ligado al Sagrado Corazón de Jesús. Lo expresa elocuentemente en los párrafos finales de su encíclica.

“Este actual documento sobre el Sagrado Corazón de Jesús puede ayudarnos a ver que la enseñanza de las encíclicas sociales Laudato Si y Fratelli Tutti no está ajena a nuestro encuentro con el amor de Jesucristo. Porque bebiendo de ese mismo amor es que podemos ser capaces de formar lazos de fraternidad, de reconocer la dignidad de cada ser humano y de trabajar juntos para cuidar nuestro hogar común.”

Obispo Kopacz

La consagración de la nación al Sagrado Corazón de Jesús por los obispos de la Iglesia Católica a los 250 años proviene de esta visión integrada para nuestro país y el mundo.

Además de ser la culminación y la piedra angular de los primeros escritos y la visión pastoral del Papa Francisco, Delexit Nos es también un puente para el Papa León XIV de una manera notable, proyectando más luz desde el corazón de la Iglesia sobre la decisión de consagrar la tierra de los libres y el hogar de los valientes en este aniversario histórico.

El escudo del Papa León, diseñado al inicio de su episcopado, es una expresión clásica de la teología de San Agustín. Es el corazón atravesado sobre la Palabra de Dios y representa la proclamación de fe de San Agustín. Vulnerasti cor meum verbo tuo – Has atravesado mi corazón con tu Palabra. El lema del Papa León – In illo uno unum (En Cristo Somos Uno) – combinado con su escudo, despierta en nuestro corazón el deseo de mayor unidad y paz para la iglesia y la nación. Esta esperanza viene directamente del corazón de Jesús en su gran oración sacerdotal en la Última Cena (Juan 17) y se cumple con la sangre y el agua que fluyen de su costado perforado en la cruz.

Muchos se preguntan hoy si el telón está cayendo o no sobre las virtudes de la compasión, el perdón y el respeto que deberían fluir del corazón palpitante de la humanidad. Con la consagración al Sagrado Corazón, la Iglesia afirma de forma indiscutible y sin reservas que cada generación debe redescubrir estos atributos del corazón y del alma de nuevo. Los Padres, educadores, líderes religiosos y conciudadanos de buena voluntad tienen la honorable tarea de enseñar a la próxima generación los actos encomiables del Señor, su poder y las maravillas que ha realizado. (Salmo 78)

Durante el reciente Año del Jubileo, se nos desafió a ser peregrinos de la esperanza, porque el amor de Dios que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones a través de la fe no decepciona. (Romanos 5:5) Tomados en serio, podemos ser la luz del mundo y la sal de la tierra.

En los párrafos finales de Delixit Nos, el Papa Francisco propone el desafío constante para que los cristianos estén en el mundo, pero no ser del mundo. “En un mundo donde todo se compra y se vende, el sentido y valor de las personas parece depender cada vez más de lo que pueden acumular con el poder y el dinero. Estamos constantemente siendo empujados a seguir consumiendo y distraídos, manteniéndonos dependientes para que no busquemos más allá de nuestras necesidades inmediatas e insignificantes. El amor de Cristo no tiene lugar en este mecanismo perverso, sin embargo, solo ese amor nos puede librar de una locura que ya no tiene espacio para el amor. El amor de Cristo puede dar un corazón a nuestro mundo y revivir el amor dondequiera que pensemos que se ha perdido la capacidad de amar.”

Por lo tanto, durante esta consagración, oremos para reconocer y reconciliar los excesos y abusos de nuestra libertad, evidentes a través del racismo, el militarismo y el materialismo desenfrenado. Igualmente, como nación, damos gracias por las bendiciones de la libertad que han fomentado una increíble generosidad tanto en casa como en el extranjero.

Como Iglesia, estamos agradecidos por la primera enmienda de la Constitución que nos da la oportunidad a nosotros y a muchas tradiciones religiosas para prosperar. Que estas bendiciones sean luces de guía para el futuro.

Por último, estaremos eternamente en deuda con todos los que se han sacrificado por nuestra nación, con todos los que se han sacrificado para criar familias y construir comunidades, y con todos los que se han sacrificado por el florecimiento de la fe religiosa.

Efectivamente, esta consagración es una bendición para nuestro país, implorando la providencia de Dios para transformar el optimismo propio de nuestra nación en la “esperanza que no decepciona”.