Obispo reflexiona sobre aniversario

Por Opisbo Joseph Kopacz
Escribo la columna de esta semana en el fin de semana del 40 aniversario de mi ordenación sacerdotal, el 7 de mayo de 1977. Durante momentos más tranquilos y mientras estoy en el altar durante las celebraciones litúrgicas, me impresiono por la gracia y la maravilla de que han pasado 40 años y el buen pastor me ha guiado a través de las interminables montañas del noreste de Pennsylvania en la Diócesis de Scranton hacia el sur profundo en la Diócesis de Jackson, Mississippi. Después de casi treinta y seis años y medio allá y cerca de tres y medio aquí, estoy feliz de estar vivo y bien, con buena memoria y gratitud, y capaz de servir con motivación y propósito.
El año 40 y los 40 días de tiempo en la Biblia representan tiempo sagrado, kairos, cuando Dios y su gente caminaron juntos (o flotaron en el tiempo de Noé) en el desenvolvimiento de la historia de la salvación. Es un tiempo de purificación, regeneración y la gozosa esperanza de algo nuevo en el horizonte. Para el cristiano, las aguas del diluvio prefiguran las aguas purificadoras del Bautismo y un período de 40 días que está estrechamente asociado con la temporada de cuaresma. Una vez en tierra el arco iris a través de las nubes era el signo del pacto entre Dios y la humanidad, y la promesa de una nueva vida. En mi breve tiempo aquí, un nuevo día ha amanecido y he conocido la vida abundante que el Buen Pastor prometió en la lectura del evangelio de este fin de semana. Además, con las ruidosas tormentas que he experimentado desde que me mudé al sur, multiplicado por 40 días y noches, podría imaginar la construcción de un arca en cada esquina.
En la experiencia del Éxodo tenemos dobles períodos de tiempo de 40 años y 40 días. Los israelitas vagaron durante 40 años en el desierto y Moisés pasó 40 días y 40 noches en el Monte Sinaí que trajeron consigo el don de los Diez Mandamientos, el corazón del Tora, y el signo y la sustancia de la evolución de la alianza entre Dios y los israelitas. \Estas tablas de piedra fueron hechas y adoptadas en los comienzos de la permanencia en el desierto y fijó el estándar para la creación de relaciones que Dios exigía de los israelitas antes de abrir la puerta a la tierra prometida a Abraham y a Sarah y a sus descendientes. Y así he reflexionado sobre los 40 años de preparación que los israelitas sufrieron, y de una manera muy real puedo saborear todas las experiencias de mi sacerdocio como pábulo para el molino que el Señor ha utilizado para fortalecer mi relación con él, y para servir ahora como el 11º obispo de Jackson. Una lección aprendida es que Dios puede redimir y transformar todas nuestras labores fieles y esfuerzos vanos para cumplir su voluntad.
Asimismo, me siento confiado trazando un paralelo entre los 40 días que Moisés pasó en el monte Sinaí y los cuarenta días que Jesús soportó en el desierto en previsión de su ministerio público con mi ministerio en la Diócesis de Jackson. Cuando Moisés bajó de la montaña él sabía que Dios, quien es misericordioso hasta la milésima generación, era un Dios fiel, y siempre estaría con ellos. El becerro de oro fue un gran bache en el camino, pero fue atravesado exitosamente. Los israelitas tenían ahora una misión y visión sagrada con prioridades pastorales claras. (Ustedes saben a dónde voy con esto.)
Del mismo modo, cuando el Espíritu Santo sacó a Jesús del desierto puso en marcha la misión sagrada de la Nueva Alianza a establecerse en su sangre, arraigada en la profecía de Isaías. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para predicar el evangelio a los pobres… y anunciar el año de gracia del Señor (Lucas 4:18ff). En el mismo sentido, el Espíritu Santo ha ungido y facultó al Cuerpo de Cristo en nuestra diócesis, con una renovada misión sagrada y visión de futuro que está encarnado en nuestras prioridades pastorales.
Esta es la vida de la nueva alianza en la sangre del Señor para mí mientras viajo y sirvo a través de la diócesis. Dios está renovando mi fervor cuando veo la sabiduría de nuestra visión: servir a los demás, inspirar discípulos, abrazar la diversidad en cada curva en la carretera.
Esta noche será mi 12ª de 23 celebraciones del sacramento de la confirmación y la diversidad de los dones y ministerios en la iglesia, la llamada al discipulado y el mandato de servir están vivos y bien en nuestros discípulos jóvenes. Los recién confirmados son las piedras vivas que representan la mano de obra de la fe, la esperanza y el amor, que sucede a diario en sus familias y parroquias a través de la extensión de nuestros 65 condados en el estado de Mississippi.
La visión también se realiza en nuestras escuelas y programas de formación en la fe, a través de Caridades Católicas y del Hospital St. Dominic, a través de innumerables servicios sociales y la promoción de un orden social más justo. Para mí el trabajo de planificación pastoral en el último año y medio ha permitido al Espíritu Santo llevarnos suavemente hacia adelante con mayor determinación y pasión por la obra del Evangelio en la Iglesia Católica para la salvación de todos. Nos arraiga profundamente en la Biblia y las palabras del profeta Miqueas nos vienen a la mente como una lámpara para nuestros pies. “Dios le ha mostrado, oh mortales, lo que es bueno. Y lo que el Señor exige de vosotros? Actuar con justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios.” (6:8).
A los 40 estoy agradecido a todos los que rezan por mí fielmente a diario en la plegaria eucarística en la Misa, a través del rosario, y en una multitud de otras maneras, porque mi celo y deseo de servir permanecen fuertes. Este es un don del Señor, el Buen Pastor, el fruto de la oración. Como nos gusta decir en estas partes, Soy bendecido. “Estoy seguro de esto, que él que comenzó en usted (nosotros) su obra buena la irá llevando a buen fin hasta el día en que Jesucristo regrese” (Fil. 1:6).

Bishop reflects on symbolic anniversary

By Bishop Joseph Kopacz
I write this week’s column on the weekend of my 40th anniversary of my ordination to the priesthood on May 7th 1977. During quieter moments, and while at the altar during liturgical celebrations, I am stirred by the grace of wonder and awe that 40 years have passed, and the Good Shepherd has led me through the endless mountains of northeastern Pennsylvania, in the Diocese of Scranton into the Deep South in the Diocese of Jackson, Mississippi. After nearly thirty-six and a half years there, and nearly three and a half here, I am happy to be alive and well, capable of memory and gratitude, and able to serve with motivation and purpose.
The 40-year and 40-day time frames in the Bible represent sacred time, kairos, when God and his people walk together (or float in Noah’s time) in the unfolding mystery of salvation. It’s a time of purification, regeneration, and the joyful hope of something new on the horizon. For the Christian, the waters of the flood prefigure the cleansing waters of Baptism and a 40-day period that is closely associated with the season of Lent. Once on dry land, the rainbow arching through the clouds was the sign of the Covenant between God and humankind, and the promise of new life. In my brief time here, a new day has dawned and I have known the abundant life that the Good Shepherd promised in the gospel reading this weekend. Moreover, with the pounding rainstorms that I have experienced since moving to the South, multiplied by 40 days and nights, I could envision the construction of an ark on every corner.
In the Exodus experience, we have the dual time periods of 40 years and 40 days. The Israelites wandered for 40 years in the desert, and Moses spent 40 days and 40 nights on Mount Sinai that brought about the gift of the Ten Commandments, the heart of the Torah, and the sign and substance of the evolving Covenant between God and the Israelites. These tablets of stone were made and adopted early on in the desert sojourn and set the standard for relationship building that God required of the Israelites before opening the door to the land promised to Abraham and Sarah and their descendants. And so, I reflect on the 40 years of preparation that the Israelites underwent, and in a very real way I savor all of the experiences of my priesthood as grist for the mill that the Lord has used to strengthen my relationship with him, and to serve now as the 11th bishop of Jackson. A lesson learned is that God can redeem and transform all of our faithful labors and vain endeavors in order to accomplish his will.
Likewise, I feel confident in drawing a parallel between the 40 days that Moses spent on Mount Sinai, and the 40 days that Jesus endured in the desert in anticipation of his public ministry with my ministry in the Diocese of Jackson. When Moses came down from the mountain he knew that God, who is merciful to the 1,000th generation, was a faithful God, and would be with them always. The golden calf was a substantial pothole along the way, but it was successfully traversed. The Israelites now had a sacred mission and vision with clear pastoral priorities. (You know where I am going with this.) Likewise, when the Holy Spirit led Jesus out of the desert he launched the sacred mission of the New Covenant to be established in his blood, rooted in the prophecy of Isaiah. “The Spirit of the Lord is upon me because he has anointed me to preach the gospel to the poor… and announce a year of favor from the Lord (Luke 4,18ff). In the same vein, the Holy Spirit has anointed and empowered the Body of Christ in our diocese with a renewed sacred mission and vision that is embodied in our pastoral priorities.
This is the life of the New Covenant in the Lord’s blood for me as I travel and serve throughout the diocese. God is renewing my zeal as I see the wisdom of our Vision: to serve others, to inspire disciples, to embrace diversity at every turn in the road. This evening will be my 12th of 23 celebrations of the Sacrament of Confirmation and the diversity of the gifts and ministries in the church, the call to discipleship, and the mandate to serve are alive and well in our young disciples.
The newly confirmed are the living stones who represent the labor of faith, hope and love that happens daily in their families and parishes across the expanse of our 65 counties in Mississippi.
The Vision also is realized in our schools and faith formation programs, through Catholic Charities and Saint Dominic’s, through a myriad of social services and advocacy for a more just social order. For me, the work of pastoral planning over the past year-and-a-half has allowed the Holy Spirit to nudge us forward with greater purpose and passion for the work of the Gospel in the Catholic Church for the salvation of all. It roots us deeply in the Bible and the words of the prophet Micah come to mind as a lamp for our feet. “God has shown you, O mortal, what is good. And what the Lord requires of you? To act justly, to love mercy, and to walk humbly with your God.” (Micah 6:8).
At 40, I am grateful to all who faithfully pray for me daily in the Eucharistic prayer at Mass, via the rosary, and in a host of other ways because my zeal and desire to serve remain strong. This is a gift from the Lord, the Good Shepherd, the fruit of prayer. As we are fond of saying in these parts, I am blessed. “Being confident of this, that he who began the good work in you (us) will bring it to completion on the day of Christ Jesus.” (Phil. 1:6).

Bishop grateful for support from faithful

By Bishop Joseph Kopacz

(Editor’s note: Bishop Kopacz and the priests of the diocese are on retreat. In lieu of a column, he offers his homily from the Chrism Mass.)

The traditional Gospel on Monday of Holy Week recalls the story of Mary’s anointing of the feet of Jesus at their home with Martha and Lazarus present, along with many of Bethany’s Jews. Mary, once again at the feet of Jesus, this time lavishly anoints her Lord and dear friend and dries his feet with her hair. This anointing, as Jesus foretold in anticipation of his death, would be remembered forever. It is a fitting prelude to today’s Chrism Mass.

Today this Scripture is fulfilled in our hearing because the Oil of Catechumens and the Oil of the Sick are blessed, and the Oil of Chrism is consecrated in order to flow from our cathedral, to all parts of the diocese, to be lavishly applied to the Body of Christ, the Church, during Baptism and Confirmation, to begin in several days at the Easter Vigil, for the anointing of the sick, for Holy Orders, and the consecration of altars and churches.

Mary’s astonishing gift of anointing for the Lord is also a sign of the great love that the people of God, the faithful, have for priests, who have been set apart in Holy Orders in order to serve in the church for the salvation of all. This service is accomplished in myriad ways in the course of a day, in the course of this past year, in the course of a lifetime, and people are grateful. Whether in the power of the Sacraments, Baptism, Confirmation, Eucharist, Marriage, and the Anointing of the Sick, or in loving service and leadership, the people of God are grateful. Just recently, someone asked me, “what more can we do for our priests who sacrifice for us?” One answer was to pray for them, another said: ‘tell them of your gratitude’, another response was ‘write them a check’, but post date it until after Christ comes again so that their reward will be great in heaven.

In nearly 40 years as a priest and, including a little more than three years as a bishop, I have known the generosity of the faithful that continues to amaze and inspire me. One extraordinary example. Last week I made my annual pilgrimage to Saltillo, Mexico, accompanied by Padre one, Msgr. Flannery, to further the relationship of nearly 50 years between Jackson and Saltillo that took root with Father Paddy Quinn. We were out in the rancho of Tapon, as remote a place as you can imagine, and the people asked me to bless their newborn goats. That was a delight and they were so grateful that one woman wanted me to take one of the goats as a special gift. The restrictions of customs, airport security, international flights, were not remotely on her radar. It was simply a sign of her gratitude and it radiated in her eyes. Could you see me telling the Customs agent that it may look like a live baby goat, it may sound like one, it may even smell like one, but it really is a battery powered stuffed animal baby goat. Sadly, I could not take the goat.

Whether it’s Mary, the sister of Martha and Lazarus 2,000 years ago, in Bethany, or Maria two weeks ago, on the remote rancho, they represent the loving gratitude that you have for the priesthood and for your priests. We want and need your faith and prayers, and even more, a very special gift, is to experience your growth in holiness, in faith, hope and love as disciples, due in part because of our vocation as priests.

This is the unity we all know through faith and baptism, to be renewed at Easter, the common priesthood of Jesus Christ that all the baptized experience flowing from his side on the Cross, a Kingdom of priests as the reading from the Book of Revelation proclaimed today. All of us are anointed to further the Lord’s mission that we proclaimed in the Word of God today. We bring the Good News to the poor in ever ancient and in ever new ways, and with Pope Francis we challenge the social order wherever it oppresses the vulnerable and powerless.

Inspiring images in my mind these days have been the gatherings for the enactment of our Pastoral Vision and Priorities, beginning at the Duncan Grey Center with priests, and deacons, Lay Ecclesial Ministers and Chancery officials, and continuing at the recent sessions around the diocese.

The Spirit of the Lord is upon us, anointing us, and sending us to be living witnesses of our salvation and mission in Jesus Christ. This Chrism Mass assembly embodies our unity, our mission, our vision and our dreams for our diocese, 180 years young this year.

In preparation for the renewal of our priestly promises I want to call upon the wisdom of our most recent Holy Fathers.

In his final Chrism Mass Homily in 2004, Saint John Paul II offered these words.”The today of the Gospel’s fulfillment is renewed in a very special way during the Chrism Mass which is a true prelude to the Easter Triduum. If the Mass of the Lord’s Supper accentuates the mystery of the Eucharist and the presentation of the new commandment of love, the Chrism Mass gives prominence to the gift of the ministerial priesthood. The Eucharist and the priesthood are two sacraments born together, and their destiny is indissolubly linked until the end of the world.”

The faithful of the Diocese of Jackson echoed these words throughout the past year during the process of pastoral planning when they expressed their love for the Eucharist and the priesthood, and how important it is to create a culture of vocations that will inspire a generosity to hear the call of the Lord in the priesthood.

Pope Benedict, in his final Chrism Mass homily in 2012 recalled Jesus’ great priestly prayer of departure from this world in Saint John’s Gospel to further reflect upon the gift of priesthood that the Chrism Mass presents. The power of truth, mission, and unity is evident in Jesus’ words. “As you sent me into the world, so I send them into the world. Consecrate them in the truth. I pray not only for them, but also for those who will believe in me through their word, so that they may all be one. Father, they are your gift to me.”

Pope Benedict asks: But what does it mean to be consecrated in truth? He says:

“We need, I need, not to claim my life as my own, but to place it at the disposal of another, of Christ. I do not own myself, and I become myself by the very fact that I transcend myself, and thereby become a part of Christ, a part of his body the Church. No one should ever have the impression that we work conscientiously when on duty, but before and after hours we belong only to ourselves. A priest never belongs only to himself. People must sense our zeal through which we bear credible witness to the Gospel of Jesus Christ.”

Pope Francis, during his homily to priests and religious during World Youth Day in Poland last year spoke in the same vein, recalling the words of Saint John Paul.

“Open wide the doors to Christ and the hurdles associated with it. We can often be tempted to remain enclosed, out of fear or convenience. But Jesus directs us to a one-way street, that of going forth from ourselves, a one-way trip with no return ticket, setting out on the path of self gift. Nor does Jesus like journeys made halfway, doors half closed. He asks us to pack lightly for the journey, to set out renouncing our own security, with him alone as our strength, not limited to trails already blazed, but open and faithful to the paths pointed out by the Spirit in whom we have been anointed.”

The Church now asks you to pray for me and my brother priests as we renew our commitment begun on our ordination day. Pray that the Holy Spirit may stir into flame the gift of God that all of us received in the Sacrament of Holy Orders that we may continue to respond as self-gift in the footsteps of our Lord, for God’s glory and the salvation of all.

 

Bishop makes visit to Saltillo mission

Bishop Joseph Kopacz made his annual journey to Saltillo, Mexico Thursday, March 30- Monday, April 2. Msgr. Michael Flannery accompanied him on his visit. He traveled around to the ranchos and villages, celebrating Masses, Confirmations and helping with the distribution of food to the people. Read more about their trip in the April 21 edition of Mississippi Catholic.

Bishop encourages pastoral planning

Editor’s Note: Bishop Joseph Kopacz was in Saltillo Mexico March 30-April 3 and was unable to complete a column for this edition. Instead, he offers this letter which is included in the Pastoral Priority workbook. His regular column will return in the next edition.)

Dear friends in Christ,

The new mission, vision and priorities are the fruit of the Holy Spirit through the work of people of God of the Diocese of Jackson. I want to thank the members of the Envisioning Team and all those who attended the 2016 Listening Sessions for giving their input.

Going forward, I hope these priorities will take root and bear fruit for each of our communities and for our diocese as a whole.

I would also like to take a moment to wish you all a blessed Holy Week and a joyful Easter Season.

Yours in Christ,

(Nota del editor: El obispo Joseph Kopacz estuvo en Saltillo, México desde el 30 de marzo hasta el 3 de abril y no pudo completar la columna para esta edición. En lugar de su columna ofrece esta carta que está incluida en el libro de Prioridades Pastorales. Su columna regular volverá en la edición próxima.)

Queridos amigos en Cristo,

La misión, visión y prioridades nuevas son el fruto del Espíritu Santo a través del trabajo del pueblo de Dios de la diócesis de Jackson. Quiero agradecer a los miembros del equipo de visualización y a todos los que asistieron a las sesiones de escucha de 2016 por sus contribuciones.

Hacia adelante, espero que estas prioridades tomaran raíz y serán fructíferos para cada una de nuestras comunidades y para nuestra diócesis en su totalidad.

También me gustaría tomar un momento para desearles a todos una semana santa bendita y una temporada de Pascua llena de alegría.

Suyo en Cristo,

El servicio como diáconos hace mejores sacerdotes

Por Opisbo Joseph Kopacz
Las ordenaciones al diaconado transitorio de Nick Adams y Aaron Williams fueron celebraciones jubilosas para todos aquellos que han cultivado sus vocaciones a lo largo de sus vidas. Principalmente estamos agradecidos a sus familias de origen, y especialmente a sus padres, quienes sembraron la semilla de la fe en el bautismo y los criaron de una forma tan amorosa que estuvieron abiertos a la llamada de Jesús a seguirlo en la vocación del ministerio ordenado. Festejando junto a los recién ordenados diáconos y sus familias en la Iglesia San Patricio en Meridian y en la Catedral de San Pedro Apóstol en Jackson estaban muchos otros que los acompañaron a través de los años: seminaristas y profesores, sacerdotes y diáconos, feligreses de alrededor de la diócesis y amigos, todos parte del cuerpo de Cristo, el pueblo de Dios, quienes los abrazaron con una expresión de alegría de fe, de esperanza y de amor, en las dos liturgias Eucarísticas.
En el camino al sacerdocio el diaconado transitorio pasa rápidamente y los diáconos Nick y Aarón, subsecuentemente serán ordenados sacerdotes para la Diócesis de Jackson. Pero el carácter permanente del diaconado permanecerá como una marca distintiva del sacerdocio. Han sido configurados a Cristo el Siervo como diáconos y se esforzarán cada día por la gracia de Dios a seguir al Señor que vino, no para ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mateo 20:28). Como yo lo he hecho, tú debes hacerlo, (Jn 13:15) son las inmortales palabras de Jesús en la Última Cena, después de lavarle los pies a sus discípulos. Ellos servirán al Señor de una triple manera: en su Palabra, como heraldos del Evangelio y predicadores, como ministros de los sagrados misterios en el altar y como dedicados discípulos de la caridad y de bondad de diversas maneras. Este ministerio de servicio profundizará su llamada a convertirse en sacerdotes que serán siervos-líderes con la mente y el corazón de Jesucristo.
Nicholas Adam fue ordenado diácono el día de la fiesta de San Patricio, 17 de marzo, y el nombre del gran apóstol misionero de Irlanda se agregó a la letanía de los santos. Además de la carne de vaca (corned beef) en un viernes de Cuaresma, el don de las inspiradoras palabras de San Patricio alimentaron la celebración eucarística de la ordenación. Al igual que el misionero irlandés que vino desde otros lugares a evangelizar y servir, así el diácono Nick ha abrazado a la gente de Mississippi, habiendo llegado desde otra tierra al este.
¿Quién soy yo, Señor, y cuál es mi vocación que trabajaste en mí con tal poder divino? Lo hiciste, para que lo que me pase a mí, yo pueda aceptar el bien y el mal igualmente, siempre dando gracias a Dios. Él respondió a mi oración de tal manera que podría ser lo suficientemente audaz como para tomar tan santo y tan maravillosa tarea e imitar en cierto grado a aquellos a quienes el Señor había predicho hace mucho tiempo como heraldos del Evangelio, dando testimonio a todas las naciones.
Mensajeros de buenas noticias en verdad. Al diácono ordenado se le da el Evangelio de Cristo en la culminación de la ceremonia de ordenación para dar testimonio a las naciones en el siglo 21. Recibe el Evangelio de Cristo cuyo mensajero has llegado a ser. Cree lo que lees; enseña lo que crees; practica lo que enseñas.
Al día siguiente el diácono Aaron fue ordenado en la liturgia del sábado por la tarde del tercer domingo de Cuaresma. Como narra el Evangelio de Juan, Jesús se sentó a descansar en el poso de Jacob al mismo tiempo que la mujer samaritana llegó con su balde para el agua. Como sabemos el encuentro transformó la vida complicada de esta mujer. Llegó arrastrando su balde en el calor del mediodía día del cual sabemos un poco en nuestros veranos de Mississippi y partió con pies alados en su nueva vida como discípulo misionero. Ella entendió que el Mesías no necesitaba un balde para sumergirla en el manantial de agua que mana a la vida eterna. Ella es nuestro paradigma durante la Cuaresma mientras anhelamos que el Señor agite las aguas de nuestro propio bautismo, sabiendo que ya está esperando antes de que lleguemos.
Otro Santo excepcional invocado durante la letanía de los Santos en la liturgia de la ordenación es San Efrén, diácono de la Iglesia oriental que vivió en el siglo cuarto. Amaba la liturgia y compuso una enorme recopilación de himnos y poesía que están repletos de sabiduría bíblica y teología. Él es un intercesor apropiado para Aaron que ama la liturgia y también ha escrito piezas litúrgicas. El siguiente es de las obras de San Efrén y reconocemos la armonía con el encuentro de Jesús y la samaritana.
El aliento que emana de alguien venido del paraíso da dulzura a la amargura de esta región, templa la maldición en esta tierra nuestra. Ese jardín es el aliento de vida de este mundo enfermo que ha estado tanto tiempo en enfermedad; ese aliento proclama que un remedio salvador ha sido enviado a sanar nuestra mortalidad.
De esta manera es con otra primavera, llena de perfumes, que sale de Eden y penetra en la atmósfera como una brisa benéfica por la cual nuestras almas se revuelven; nuestra inhalación es sanada por este aliento curativo del paraíso;
las primaveras reciben una bendición de esa bendita primavera que emite a partir de ahí.
Si supieras el don de Dios son las palabras que Jesús habló a la samaritana revelando su profunda sed por su fe y su salvación. Celebramos el regalo de Dios mediante la fe y la esperanza que no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. (Romanos 5:5) Qué el Señor renueve nuestra fe durante este tiempo de Cuaresma mientras seguimos a la samaritana de la oscuridad a la luz de un nuevo día.

Service as deacons makes better priests

By Bishop Joseph Kopacz
The ordinations to the transitional diaconate of Nick Adam and Aaron Williams were joyful celebrations for all who have nurtured their vocations throughout their lives. Most of all we are grateful to their families of origin, and especially their parents, who planted the seed of faith in baptism and raised them in such loving ways that they were open to the call of the Lord Jesus to follow him in the vocation of ordained ministry.
Surrounding the newly ordained deacons and their families at Saint Patrick’s in Meridian and in the Cathedral of Saint Peter the Apostle in Jackson were many others who accompanied them through the years. Seminarians and faculty, priests and deacons, parishioners from around the diocese and friends, all part of the Body of Christ, the people of God, who embraced them in a joyful expression of faith, hope and love in both Eucharistic liturgies.
On the path to priesthood the transitional diaconate passes quickly and Deacons Nick and Aaron then will be ordained as priests for the Diocese of Jackson. Yet the enduring character of the diaconate will remain as a distinguishing mark of the priesthood. They have been configured to Christ the Servant as deacons and will strive each day by God’s grace to follow the Lord who came, not to be served but to serve, and to give his life as a ransom for many (Matthew 20,28) As I have done, so you must do, (John 13,15) are the timeless words of Jesus at the Last Supper after he washed the feet of his disciples.
They will serve the Lord in a threefold manner: in his Word, as heralds of the Gospel and preachers, as ministers of the sacred mysteries at the altar and as dedicated disciples of charity and goodness in manifold ways. This ministry of service will deepen their call to become priests who will be servant-leaders with the mind and heart of Jesus Christ.
Deacon Nicholas Adam was ordained on the feast of Saint Patrick, March 17, and the name of the great missionary apostle to Ireland was added to the Litany of Saints. Besides the gift of corned beef on a Friday in Lent, the gift of Saint Patrick’s inspiring words nourished the Eucharistic celebration of ordination. Like the Irish missionary who came from elsewhere to evangelize and serve, so Deacon Nick has embraced the people of Mississippi, having come from another land to the east.
Who am I, Lord, and what is my calling, that you worked through me with such divine power? You did it, so that whatever happened to me, I might accept good and evil equally, always giving thanks to God. God is never to be doubted. He answered my prayer in such a way that I might be bold enough to take up so holy and so wonderful a task, and imitate in some degree those whom the Lord had so long ago foretold as heralds of the Gospel, bearing witness to all the nations.
Heralds of Good News indeed. The ordained deacon is given the Gospel of Christ at the culmination of the ordination ceremony to bear witness to the nations in the 21st century. “Receive the Gospel of Christ whose herald you have become. Believe what you read; teach what you believe; practice what you teach.”
On the following day Deacon Aaron Williams was ordained at the Saturday evening liturgy of the third Sunday of Lent. As the Gospel of John narrates, Jesus sat down to rest at Jacob’s well at the same time the Samaritan woman arrived with her bucket. As we know the encounter transformed the train wreck of this woman’s life. She arrived dragging her bucket in the noon day heat which we know a little bit about in our Mississippi summers, and departed with winged feet into her new life as a missionary disciple. She understood that the Messiah did not need a bucket to immerse her in the spring of water welling up to eternal life. She is our paradigm during Lent as we thirst for the Lord to stir the waters of our own Baptism, knowing that he is already waiting before we arrive.
Another outstanding saint invoked during the Litany of Saints in the ordination liturgy is Saint Ephrem, a deacon of the Eastern Church who lived in the fourth century. He loved the liturgy and composed an enormous compilation of hymns and poetry which are replete with biblical wisdom and theology. He is a fitting intercessor for Aaron who loves the liturgy and has also written liturgical pieces. The following is from the works of Saint Ephrem and we recognize the harmony with the encounter of Jesus and the Samaritan woman.

The breath that wafts from some blessed comer of Paradise
gives sweetness to the bitterness of this region,
it tempers the curse on this earth of ours.
That Garden is the life-breath of this diseased world
that has been so long in sickness; that breath proclaims that a saving remedy
has been sent to heal our mortality.

Thus it is with another spring, full of perfumes,
which issues from Eden and penetrates into the atmosphere
as a beneficial breeze by which our souls are stirred;
our inhalation is healed by this healing breath from Paradise;
springs receive a blessing from that blessed spring which issues forth from there.
‘If you knew the Gift of God’ are the words that Jesus spoke to the Samaritan woman revealing his deep thirst for her faith and salvation. We celebrate the Gift of God through faith, and the hope that does not disappoint because the love of God has been poured into our hearts through the Holy Spirit. (Romans 5,5) May the Lord renew our faith during this season of Lent as we follow the Samaritan woman from darkness into the light of a new day.

Obispo Kopacz: “Poner fin a la pena de muerte en lugar de ampliar”

El obispo Joseph Kopacz hizo pública la siguiente declaración el lunes 6 de marzo, en la que se oponía a la pena de muerte. La declaración es una reacción a la proyecto de ley de la Cámara de los Representantes (H.B. 638) que pide formas adicionales de ejecución en el estado de Mississippi si el método actual, la inyección letal, es declarado inconstitucional.
La inyección letal ha sido objeto de fuego en los últimos años, ya que algunos presos han parecido sufrir a medida que fueron ejecutados. Los fármacos utilizados también se han vuelto más difíciles de obtener debido a la controversia. Mississippi no ha podido ejecutar a nadie desde 2012 debido a los casos judiciales pendientes. Este proyecto de ley permitiría una cámara de gas o electrocución como métodos alternativos.
Cuando nos ocupamos de los argumentos legales y morales relativos a la pena de muerte, debemos hacerlo no con venganza e ira en nuestros corazones, sino con la compasión y misericordia del Señor en mente. También es importante recordar que las penas impuestas a los delincuentes siempre deben permitir la posibilidad de que el criminal puede mostrar el pesar por el mal cometido y cambiar su vida para mejor. No enseñamos que matar es malo matando a los que matan a otros. El Papa Juan Pablo II ha dicho que la pena de muerte es cruel e innecesaria. Del mismo modo, el antídoto contra la violencia no es más violencia.
Hace casi un año que nuestra comunidad católica sufrió los trágicos asesinatos de la hermana Paula Merrill, SCN, y la hermana Margaret Held, SSSF, que sirvió en una clínica médica en el condado de Holmes. Inmediatamente, en medio de su profunda pérdida, tanto las comunidades religiosas a las que pertenecían como sus familias afirmaron una y otra vez que se oponían a la pena de muerte como un nuevo ataque contra la dignidad humana. Estamos totalmente de acuerdo.
Obispo Joseph R. Kopacz

La pena de muerte corta la oportunidad de conversión

Por Obispo Joseph Kopacz
Mientras la Legislatura del Estado de Mississippi debate y vota sobre la expansión de métodos de ejecución en previsión a la reanudación de la pena capital, yo me permito presentar las perspectivas y las enseñanzas de nuestra fe católica que promueven la abolición de la pena de uerte. Nosotros alentamos y oramos por undebate más amplio y comprensivo e ponga en tela de juicio nuestras suposiciones sobre la legitimidad moral de la pena de muerte en el estado y en nuestro país en el siglo XXI.
La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.
Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana
Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo “suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos Catecismo de la Iglesia católica 2267.
La oposición de la iglesia en contra de la pena demuerte no debería ser vista como indiferencia frente a los ataques contra la vida humana y la maldad del asesinato, sino como una afirmación a lo sagrado de toda vida, incluso para aquellos que han cometido los crímenes más horrendos. La Iglesia Católica en este país se ha pronunciado en contra del uso de la pena de muerte por muchos años. Nuestra fe católica afirma nuestra solidaridad y apoyo por las víctimas de delitos y a sus familias. Nosotros nos comprometemos a caminar con ellos y a asegurarles el cuidado y la compasión de Dios, asistiéndolos en sus necesidades espirituales, físicas y emocionales en medio de su profundo dolor y pérdida.
Nuestra tradición de fe ofrece una perspectiva única sobre crimen y castigo basado en la esperanza, curación y no en castigo para su propio beneficio. No importa cuán horrible haya sido el crimen, si la sociedad puede protegerse sin terminar una vida humana, debe hacerlo.Hoy tenemos esa capacidad. (Declaración del CardenalSean O’Malley y el Arzobispo Thomas Wenski 07-16- 2015)
Hace casi un año que nuestra comunidad católica y muchos otros sufrieron el trágico asesinato de las hermanas Paula Merrill y Margaret Held, quienen servían a nuestra comunidad como enfermeras, ellas estaban trabajando en el Condado Holmes. La pérdida de su vida sigue siendo una tragedia para todos los que las conocíamos y, especialmente, para los pobres que ella hermanas sirvieron fielmente y con amor por décadas. Sin embargo, durante el funeral, en medio de su profunda pérdida, las familias de las hermanas y sus dos comunidades religiosas -Hermanas de la caridad de Nazaret and Escuelas de San Francisco- afirmaron una y otra vez que se oponían a la pena de muerte porque era un ataque más contra la dignidad humana. Responder de esta forma parece ser de otro mundo, ¿no? Esta compasión surge de la esperanza que sabemos viene de la eterna misericordia de Jesucristo en la cruz y en la resurrección, para esta vida y la siguiente.
Cuando nos extendemos en argumentos jurídicos y morales sobre la pena de muerte, debemos hacerlo no con ira y venganza en nuestros corazones, sino con la compasión y la misericordia del Señor en mente. También es importante recordar que las penas impuestas a los delincuentes siempre necesitan permitir la posibilidadde que el criminal muestre arrepentimiento por el mal cometido y cambie su vida para bien. El uso de la pena de muerte reduce cualquier posibilidad de transformar en esta vida el alma de la persona condenada. Nosotros no enseñamos que matar es malo, al matar a quienes matan a otros. San Juan Pablo II ha dicho que la pena de muerte es cruel e innecesaria. Asimismo, el antídoto a la violencia no es más violencia. (O’Malley & Wenski)
Como sociedad debemos abordar la legitimidadmoral de la pena de muerte con humildad e integridad.Hombres y mujeres inocentes han sido ejecutados.
Esta injusticia clama al cielo. Algunos estados han liberado a más de 150 en tiempos recientes que fueron acusados injustamente. Asimismo, muchas condenasa muerte son ligadas inseparablemente a la pobreza, al racismo, a las drogas y pandillas que disminuyen enormemente la libertad y responsabilidad, conduciendo a los jóvenes por caminos de violencia.
Sin embargo, como Caín en el libro del Génesis, cuya vida fue librada después que mató a su hermano Abel, quienes asesinan deben pagar el precio de ser retirados de por vida de la sociedad.
El crimen y el castigo son realidades crudas en nuestra nación, y un consenso sobre leyes justas es difícil incorporar en una sociedad tan agitada y diversa como es nuestro gran país. Con demasiada frecuencia vemos la realidad “débilmente como en un espejo” y por esto deberíamos errar en el lado de la vida y la dignidad de todos los seres humanos. Nosotros no somos impotentes. Acérquense a las familias afectadas por la delincuencia violenta y llevarles el amor y la compasión de Cristo. Oren por las víctimas de crimen, por quienes enfrentan a la ejecución, y por aquellos que trabajan en el sistema de justicia penal. Visiten a los encarcelados como Jesús manda como un medio para nuestra propia salvación. Aboguen por mejores políticas públicas para proteger a la sociedad y poner fin al uso de la pena de muerte. (O’Malley & Wenski)

La pena de muerte corta la oportunidad de conversión

Por Obispo Joseph Kopacz
Mientras la Legislatura del Estado de Mississippi debate y vota sobre la expansión de métodos de ejecución en previsión a la reanudación de la pena capital, yo me permito presentar las perspectivas y las enseñanzas de nuestra fe católica que promueven la abolición de la pena de muerte. Nosotros alentamos y oramos por un debate más amplio y comprensivo que ponga en tela de juicio nuestras suposiciones sobre la legitimidad moral de la pena de muerte en el estado y en nuestro país en el siglo XXI.
La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.
Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana.
Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo “suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos Catecismo de la Iglesia católica 2267.
La oposición de la iglesia en contra de la pena de muerte no debería ser vista como indiferencia frente a los ataques contra la vida humana y la maldad del asesinato, sino como una afirmación a lo sagrado de toda vida, incluso para aquellos que han cometido los crímenes más horrendos. La Iglesia Católica en este país se ha pronunciado en contra del uso de la pena de muerte por muchos años.
Nuestra fe católica afirma nuestra solidaridad y apoyo por las víctimas de delitos y a sus familias. Nosotros nos comprometemos a caminar con ellos y a asegurarles el cuidado y la compasión de Dios, asistiéndolos en sus necesidades espirituales, físicas y emocionales en medio de su profundo dolor y pérdida.
Nuestra tradición de fe ofrece una perspectiva única sobre crimen y castigo basado en la esperanza, curación y no en castigo para su propio beneficio. No importa cuán horrible haya sido el crimen, si la sociedad puede protegerse sin terminar una vida humana, debe hacerlo. Hoy tenemos esa capacidad. (Declaración del Cardenal Sean O’Malley y el Arzobispo Thomas Wenski 07-16-2015)
Hace casi un año que nuestra comunidad católica y muchos otros sufrieron el trágico asesinato de las hermanas Paula Merrill y Margaret Held, quienen servían a nuestra comunidad como enfermeras, ellas estaban trabajando en el Condado Holmes. La pérdida de su vida sigue siendo una tragedia para todos los que las conocíamos y, especialmente, para los pobres que ella hermanas sirvieron fielmente y con amor por décadas. Sin embargo, durante el funeral, en medio de su profunda pérdida, las familias de las hermanas y sus dos comunidades religiosas -Hermanas de la caridad de Nazaret and Escuelas de San Francisco- afirmaron una y otra vez que se oponían a la pena de muerte porque era un ataque más contra la dignidad humana. Responder de esta forma parece ser de otro mundo, ¿no? Esta compasión surge de la esperanza que sabemos viene de la eterna misericordia de Jesucristo en la cruz y en la resurrección, para esta vida y la siguiente.
Cuando nos extendemos en argumentos jurídicos y morales sobre la pena de muerte, debemos hacerlo no con ira y venganza en nuestros corazones, sino con la compasión y la misericordia del Señor en mente. También es importante recordar que las penas impuestas a los delincuentes siempre necesitan permitir la posibilidad de que el criminal muestre arrepentimiento por el mal cometido y cambie su vida para bien. El uso de la pena de muerte reduce cualquier posibilidad de transformar en esta vida el alma de la persona condenada. Nosotros no enseñamos que matar es malo, al matar a quienes matan a otros. San Juan Pablo II ha dicho que la pena de muerte es cruel e innecesaria. Asimismo, el antídoto a la violencia no es más violencia. (O’Malley & Wenski)
Como sociedad debemos abordar la legitimidad moral de la pena de muerte con humildad e integridad. Hombres y mujeres inocentes han sido ejecutados.
Esta injusticia clama al cielo. Algunos estados han liberado a más de 150 en tiempos recientes que fueron acusados injustamente. Asimismo, muchas condenas a muerte son ligadas inseparablemente a la pobreza, al racismo, a las drogas y pandillas que disminuyen enormemente la libertad y responsabilidad, conduciendo a los jóvenes por caminos de violencia. Sin embargo, como Caín en el libro del Génesis, cuya vida fue librada después que mató a su hermano Abel, quienes asesinan deben pagar el precio de ser retirados de por vida de la sociedad.
El crimen y el castigo son realidades crudas en nuestra nación, y un consenso sobre leyes justas es difícil incorporar en una sociedad tan agitada y diversa como es nuestro gran país. Con demasiada frecuencia vemos la realidad “débilmente como en un espejo” y por esto deberíamos errar en el lado de la vida y la dignidad de todos los seres humanos. Nosotros no somos impotentes. Acérquense a las familias afectadas por la delincuencia violenta y llevarles el amor y la compasión de Cristo. Oren por las víctimas de crimen, por quienes enfrentan a la ejecución, y por aquellos que trabajan en el sistema de justicia penal. Visiten a los encarcelados como Jesús manda como un medio para nuestra propia salvación. Aboguen por mejores políticas públicas para proteger a la sociedad y poner fin al uso de la pena de muerte. (O’Malley & Wenski)