What do the Scriptures say?

Jesus wants us to be fully
engaged in this fallen world,
because in Him we are the light
of the world …

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
“What do the Scriptures say?” This was the question at the beginning of the passage from St. Paul’s letter to the Romans last weekend at the outset of Lent. Paul’s response to his own rhetorical introduction is the Kerygma. “If you confess with your mouth that Jesus is Lord and believe in your heart, then you will be saved.” Having been grasped by Christ, St. Paul testifies that “I live no longer I, but Christ who lives in me,” and “the love of Christ compels me,” and “I count all else as rubbish in the knowledge of my Lord Jesus Christ.”

This is the repentance and conversion that beckons us on Ash Wednesday with the words, “turn away from sin and be faithful to the Gospel.” Prayer, fasting and almsgiving are an invitation to walk faithfully with the Holy One who loves and saves us.

Bishop Joseph R. Kopacz

What do the Scriptures say? What a fundamentally important question for our lives of faith with every facet that ultimately matters, in this case, the mystery of evil. On the first Sunday in Lent, we have the definitive struggle between Jesus and the devil, the evil one, the enemy, the malicious spirit of this world and what the Scriptures say carried the day for the Son of God, divine yet wholly human.

Stones into bread, the deceiver allured. “One does not live by bread alone, but every word that comes from the mouth of God.” From the mountaintop with the Putinesque vision of reality, the enemy enticed. “This can all be yours if you but bow down and worship me.” Ah no, “You shall adore the Lord your God, him alone shall you serve.” Finally, onto from the parapet of the Temple the devil led with the seduction of religious power through a false representation of the living God. In turn, Jesus countered with the disarming response; “you shall not put the Lord your God to the test.”

What does the church say in the Sacrament of Baptism about the mystery of evil? “Do you reject Satan and all his works and all his empty promises?” Or, do you reject the glamour of evil, and refuse to be mastered by sin?”

Obviously, we are not shadow boxing in the renewal of our baptismal promises over these forty days, accompanying the catechumens and candidates with whom we will proclaim to the world that although evil, sin and death are all too real, yet, they do not have the final word, because the crucified one is risen.

What does the Catechism of the Catholic Church (CCC) say about the mystery of evil that is a compilation of nearly 2000 years of the prayerful and lived experience of the followers of Christ?

Soberly, we read that evil, suffering, injustice and death contradict the Good News of Jesus Christ, and shakes the faith of the believers. (164) At times, God seems absent and incapable of stopping evil. Yet, we are not powerless, because God’s power is evident in the raising of Jesus Christ from the dead which is the first and final word in life and in death. (272)

Yet, why does evil even exist? (309) St. Augustine says that we cannot find a solution, a way out except through conversion to the living God. (385)

We have to fight the movements of concupiscence and the lure of sin that never cease to bring us to the threshold of evil. We are called to reverse the rebellion at the beginning and realize a rupture with sin, a hatred of evil, a disgust with past sinful action, relying on the grace and mercy of God. (1431)

The presence of evil impacts all relationships including marriage, threatening the bond of unity through discord, domination, infidelity, jealousy and conflicts. (1606) What is necessary is a life of placing oneself in the hands of God, a handing of oneself over in adoration and service. (1889)

These citations up to now are taken from the first three sections of the CCC, the Creed, the Sacraments and Life in Christ. The fourth and final section of the CCC is the unfolding of the Lord’s prayer, the mind and heart of Christ that address temptation and the reality of evil.

By God’s grace and the power of faith we can put aside temptation and walk away from the destructive path and pain of evil. Recall Jesus’ prayer at the Last Supper. “I do not ask that you take them out of the world, but that you guard them from the evil one.” (John 17:15) (CCC 2850)

Indeed, Jesus wants us to be fully engaged in this fallen world, because in Him we are the light of the world, witnesses to faith, hope and love, reconciliation, justice and peace, and the promise of eternal life. May we seek the answers to life’s unrelenting questions in the Scriptures and the living tradition of the church.

¿Qué dicen las Escrituras?

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
¿Qué dicen las Escrituras?, fue la pregunta, al comienzo del pasaje de la carta de San Pablo a los Romanos, el pasado fin de semana al comienzo de la Cuaresma. La respuesta de Pablo a su propia introducción retórica es el Kerygma. “Si con tu boca reconoces a Jesús como Señor, y con tu corazón crees que Dios lo resucitó, alcanzarás la salvación.” (Rom 10:9) Habiendo sido atado por Cristo, San Pablo testifica que “… y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí,” (Ga 2:20); “… el amor de Cristo se ha apoderado de nosotros,” (2Cor 5:14) y “… a nada le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús.” (Fil 3:8)

Este es el arrepentimiento y la conversión que nos llama el Miércoles de Ceniza con las palabras, “apártense del pecado y sean fieles al Evangelio.” La oración, el ayuno y la limosna son una invitación a caminar fielmente con el Santo que nos ama y nos salva.

¿Qué dicen las Escrituras? Qué pregunta tan fundamentalmente importante para nuestras vidas de fe, con todas las facetas que en última instancia importan, como es en este caso, el misterio del mal. El primer domingo de Cuaresma tenemos la lucha definitiva entre Jesús y el diablo, el enemigo, el espíritu maligno de este mundo y lo que las Escrituras dicen que triunfó para el Hijo de Dios, totalmente divino, pero humano.

Piedras en pan, el engañador sedujo. “No sólo de pan vivirá el hombre, sino también de toda palabra que salga de los labios de Dios.” (Mt 4:4) Desde la cima de la montaña con la visión Putinesca de la realidad, seduce el enemigo. “Yo te daré todo esto, si te arrodillas y me adoras.” (Mt 4:9) ¡Ah no!, “Adora al Señor tu Dios, y sírvele sólo a él.” (Mt 4:10) Finalmente, desde el parapeto del Templo, el diablo condujo la seducción al poder religioso a través de una falsa representación del Dios vivo. A su vez, Jesús respondió con una respuesta terminante; “No pongas a prueba al Señor tu Dios.” (Mt 4:7)

Obispo Joseph R. Kopacz

¿Qué dice la iglesia en el Sacramento del Bautismo sobre el misterio del mal? “¿Rechazas a Satanás y todas sus obras y todas sus promesas vacías?” ¿O rechazas el espejismo del mal y te niegas a ser dominado por el pecado?

Obviamente, durante estos cuarenta días, no estamos haciendo sombra en la renovación de nuestras promesas bautismales, acompañando a los catecúmenos y candidatos con quienes proclamaremos al mundo que, aunque el mal, el pecado y la muerte son demasiado reales, estos no lo son y no tienen la última palabra porque el crucificado ha resucitado.

¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) sobre el misterio del mal?
El CIC es una compilación de casi 2000 años de experiencia orante y vivida de los seguidores de Cristo. Sobriamente, leemos que el mal, el sufrimiento, la injusticia y la muerte contradicen la Buena Noticia de Jesucristo y sacuden la fe de los creyentes.” (CIC 164) A veces, Dios parece ausente e incapaz de detener el mal. Sin embargo, no somos impotentes, porque el poder de Dios se manifiesta en la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, que es la primera y última palabra en la vida y en la muerte. (CIC 272)

Sin embargo, ¿por qué existe el mal? (CIC 309) San Agustín dice que no podemos encontrar una solución, una salida, sino a través de la conversión al Dios vivo. (CIC 385)

Tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia y la tentación del pecado que no cesan de llevarnos al umbral del mal. Estamos llamados a revertir la rebelión del principio y realizar una ruptura con el pecado, un odio al mal, un disgusto con la acción pecaminosa del pasado, confiando en la gracia y la misericordia de Dios. (CIC 1431)
La presencia del mal afecta todas las relaciones, incluido el matrimonio, amenazando el vínculo de unidad a través de la discordia, la dominación, la infidelidad, los celos y los conflictos. (CIC 1606) Lo que se necesita es una vida de ponerse en las manos de Dios, entregarse en adoración y servicio. (CIC 1889)

Estas citas hasta ahora están tomadas de las tres primeras secciones del CIC, el Credo, los Sacramentos y la Vida en Cristo. La cuarta y última sección del CIC es el desarrollo de la oración del Señor, la mente y el corazón de Cristo que aborda la tentación y la realidad del mal.

Por la gracia de Dios y el poder de la fe, podemos dejar de lado la tentación y alejarnos del camino destructivo y el dolor del mal. Recordemos la oración de Jesús en la Última Cena. “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno.” (Jn 17:15) (CIC 2850)

De hecho, Jesús quiere que nos comprometamos plenamente con este mundo caído porque en Él somos la luz del mundo, testigos de la fe, la esperanza y el amor, la reconciliación, la justicia, la paz y la promesa de la vida eterna y que busquemos las respuestas a las preguntas implacables de la vida en las Escrituras y en la tradición viva de la iglesia.

Ash Wednesday takes us to basics of faith

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
Ash Wednesday awaits us in a few days, beginning the 40-day spiritual journey for our Catholic world. It is a spiritual undertaking, yet there is nothing vague or aimless about the precious time ahead because the Lord provides the framework on Ash Wednesday with the imperatives of prayer, fasting and almsgiving. Taken together these three pillars, especially magnified during Lent, allow the Holy Spirit to bring about the inner conversion that is life-long, with its outer manifestation in a faithful, compassionate and generous way of living.

Of course, each year the ultimate goal of this venerable 40-day undertaking is to grow in the love of Jesus Christ, the crucified and resurrected Good Shepherd who is the way, the truth and the life. Following a wholehearted Lenten observance, the Easter Sunday renewal of our Baptism vows is the extraordinary way of proclaiming this love in communion and solidarity with believers throughout our Catholic world. Banking on the Lord’s assurance, the 3-ply cord of prayer, fasting and abstinence will foster in us a keener awareness that we are God’s children now, and temples of the Holy Spirit.

Bishop Joseph R. Kopacz

Ash Wednesday takes us back to the basics of our faith with the admonitions during the distribution of ashes to “turn away from sin and be faithful to the Gospel,” or “remember, that you are dust and to dust you shall return.” Taken together they profess the fundamental reality that sin and death hold us in their grasp. The way out is the call to repentance that rests upon the fundamental teaching of our faith which we know as the Kerygma.

We recall the words of St. Peter, the inaugural proclamation of the Gospel on Pentecost Sunday because we want to respond to this call as if we were hearing them for the first time.

When they heard this, they were cut to the heart and said to Peter and the other apostles, “what are we to do brethren?’ Peter answered, “Repent and be baptized, every one of you in the name of our Lord Jesus Christ so that your sins may be forgiven, and you will receive the gift of the Holy Spirit. For the promise that was made is for you, for your children, and for all those who are far away, for all whom the Lord our God will call.” (Acts 2:37-39)

A faithful response to the call to conversion impacts who we are and all that we do. For example, how does all of this apply to the diocesan wide and worldwide process for the Synod on Synodality? Consider, that the Lord’s call to repentance is rooted in metanoia, the concept that describes the changing of one’s mind and going in another direction. Dialogue, based in prayer, the Word of God, and God’s Holy Spirit, the framework for our Synodal process, depends upon each one of us putting our sin-stained minds aside, our preconceived notions, our prejudices, our egos, our pride and our sinfulness in order to arrive at a higher level of communion, participation and mission as members of the Catholic Church.

It’s true that our broad-based diocesan response to the Synod on Synodality about to conclude its first phase, will bear much fruit in the future. At the deepest level, perhaps imperceptibly it is planting the seeds of conversion, or metanoia, a change of mind and behavior toward greater openness to one another in the Holy Spirit. A healthy process of participation and communion can inspire a change of heart, and in turn an individual’s conversion can be a stream of clean water that refreshes the body. This is our prayer.

Prayer: the turning of our hearts and minds to God; fasting: the letting go of that which is harming us, as well as sacrificing simple pleasures for a greater good; and almsgiving: the sacrificial generosity for the good of others, and for our own conversion, are the weapons of the spirit, and the medicine for much that ails us. They are more accessible than over the counter drugs and served up on demand without the need to download an app.

“May the Lord of peace himself give you peace at all times and in every way. The Lord be with you all.” (2Thessalonians 3:17)

El Miércoles de Ceniza nos lleva de regreso a los fundamentos de fe

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
El Miércoles de Ceniza nos espera en unos días, dando inicio a la jornada espiritual de 40 días de nuestro mundo católico. Es una empresa espiritual, pero no hay nada vago o sin rumbo en el precioso tiempo que se avecina porque el Señor proporciona el marco del Miércoles de Ceniza con los imperativos de la oración, el ayuno y la limosna. En conjunto, estos tres pilares, especialmente magnificados durante la Cuaresma, permiten que el Espíritu Santo realice la conversión interior que dura toda la vida, con su manifestación exterior en una forma de vida fiel, compasiva y generosa.

Obispo Joseph R. Kopacz

Por supuesto, cada año el objetivo final de esta venerable empresa de 40 días es crecer en el amor de Jesucristo, el Buen Pastor crucificado y resucitado que es el camino, la verdad y la vida. Después de una observancia de Cuaresma de todo corazón, la renovación de nuestros votos bautismales del Domingo de Pascua es la forma extraordinaria de proclamar este amor en comunión y solidaridad con los creyentes en todo nuestro mundo católico. Confiando en la seguridad del Señor, el cordón de tres capas de oración, ayuno y abstinencia fomentará en nosotros una conciencia más aguda de que ahora somos hijos de Dios y templos del Espíritu Santo.

El Miércoles de Ceniza nos lleva de regreso a los fundamentos de nuestra fe con las advertencias durante la distribución de las cenizas de “apartaos del pecado y sed fieles al Evangelio” o “recordad que polvo sois y al polvo volveréis”. En conjunto, profesan la realidad fundamental de que el pecado y la muerte nos tienen en sus manos. La salida es el llamado al arrepentimiento que descansa sobre la enseñanza fundamental de nuestra fe que conocemos como el Kerygma.

Recordamos las palabras de san Pedro, cuando dijo las palabras inaugurales del Evangelio del domingo de Pentecostés, porque queremos responder a esta llamada como si las escucháramos por primera vez.

“Cuando los allí reunidos oyeron esto, se afligieron profundamente, y preguntaron a Pedro y a los otros apóstoles: — Hermanos, ¿qué debemos hacer? Pedro les contestó: “Vuélvanse a Dios y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo, para que Dios les perdone sus pecados, y así él les dará el Espíritu Santo. Porque esta promesa es para ustedes y para sus hijos, y también para todos los que están lejos; es decir, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios quiera llamar.” (Hechos 2:37-39)

Una respuesta fiel al llamado a la conversión impacta quiénes somos y todo lo que hacemos. Por ejemplo, ¿cómo se aplica todo esto al proceso diocesano y mundial para el Sínodo sobre la Sinodalidad? Considere que el llamado del Señor al arrepentimiento tiene sus raíces en la metanoia, el concepto que describe el cambio de mentalidad y el ir en otra dirección. El diálogo, basado en la oración, la Palabra de Dios y el Espíritu Santo de Dios, marco de nuestro proceso sinodal, depende de que cada uno de nosotros dejemos de lado nuestras mentes manchadas por el pecado, nuestras ideas preconcebidas, nuestros prejuicios, nuestros egos, nuestro orgullo y nuestra pecaminosidad para llegar a un nivel superior de comunión, participación y misión como miembros de la Iglesia Católica.

Es cierto que nuestra amplia respuesta diocesana al Sínodo sobre la Sinodalidad, que está a punto de concluir su primera fase, dará muchos frutos en el futuro. En el nivel más profundo, tal vez imperceptiblemente, está plantando las semillas de la conversión, o metanoia, un cambio de mentalidad y comportamiento hacia una mayor apertura mutua en el Espíritu Santo. Un proceso sano de participación y comunión puede inspirar un cambio de corazón y, a su vez, la conversión de una persona puede ser un chorro de agua limpia que refresca el cuerpo. Esta es nuestra oración.

Oración: la vuelta de nuestros corazones y mentes a Dios; el Ayuno: dejar ir lo que nos está dañando, así como sacrificar los placeres simples por un bien mayor; y la Caridad: la generosidad sacrificial por el bien de los demás, y por nuestra propia conversión, son las armas del espíritu, y la medicina para mucho de lo que nos aflige. Son más accesibles que los medicamentos de venta libre y se sirven a pedido sin necesidad de descargar una aplicación.

“Y que el mismo Señor de la paz les dé la paz a ustedes en todo tiempo y en todas formas. Que el Señor esté con todos ustedes.” (2 Tesalonicenses 3:16)

El Miércoles de Ceniza nos lleva de regreso a los fundamentos de fe

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
El Miércoles de Ceniza nos espera en unos días, dando inicio a la jornada espiritual de 40 días de nuestro mundo católico. Es una empresa espiritual, pero no hay nada vago o sin rumbo en el precioso tiempo que se avecina porque el Señor proporciona el marco del Miércoles de Ceniza con los imperativos de la oración, el ayuno y la limosna. En conjunto, estos tres pilares, especialmente magnificados durante la Cuaresma, permiten que el Espíritu Santo realice la conversión interior que dura toda la vida, con su manifestación exterior en una forma de vida fiel, compasiva y generosa.

Por supuesto, cada año el objetivo final de esta venerable empresa de 40 días es crecer en el amor de Jesucristo, el Buen Pastor crucificado y resucitado que es el camino, la verdad y la vida. Después de una observancia de Cuaresma de todo corazón, la renovación de nuestros votos bautismales del Domingo de Pascua es la forma extraordinaria de proclamar este amor en comunión y solidaridad con los creyentes en todo nuestro mundo católico. Confiando en la seguridad del Señor, el cordón de tres capas de oración, ayuno y abstinencia fomentará en nosotros una conciencia más aguda de que ahora somos hijos de Dios y templos del Espíritu Santo.

Obispo Joseph R. Kopacz

El Miércoles de Ceniza nos lleva de regreso a los fundamentos de nuestra fe con las advertencias durante la distribución de las cenizas de “apartaos del pecado y sed fieles al Evangelio” o “recordad que polvo sois y al polvo volveréis”. En conjunto, profesan la realidad fundamental de que el pecado y la muerte nos tienen en sus manos. La salida es el llamado al arrepentimiento que descansa sobre la enseñanza fundamental de nuestra fe que conocemos como el Kerygma.
Recordamos las palabras de san Pedro, cuando dijo las palabras inaugurales del Evangelio del domingo de Pentecostés, porque queremos responder a esta llamada como si las escucháramos por primera vez.

“Cuando los allí reunidos oyeron esto, se afligieron profundamente, y preguntaron a Pedro y a los otros apóstoles: — Hermanos, ¿qué debemos hacer? Pedro les contestó: “Vuélvanse a Dios y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo, para que Dios les perdone sus pecados, y así él les dará el Espíritu Santo. Porque esta promesa es para ustedes y para sus hijos, y también para todos los que están lejos; es decir, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios quiera llamar.” (Hechos 2:37-39)

Una respuesta fiel al llamado a la conversión impacta quiénes somos y todo lo que hacemos. Por ejemplo, ¿cómo se aplica todo esto al proceso diocesano y mundial para el Sínodo sobre la Sinodalidad? Considere que el llamado del Señor al arrepentimiento tiene sus raíces en la metanoia, el concepto que describe el cambio de mentalidad y el ir en otra dirección. El diálogo, basado en la oración, la Palabra de Dios y el Espíritu Santo de Dios, marco de nuestro proceso sinodal, depende de que cada uno de nosotros dejemos de lado nuestras mentes manchadas por el pecado, nuestras ideas preconcebidas, nuestros prejuicios, nuestros egos, nuestro orgullo y nuestra pecaminosidad para llegar a un nivel superior de comunión, participación y misión como miembros de la Iglesia Católica.

Es cierto que nuestra amplia respuesta diocesana al Sínodo sobre la Sinodalidad, que está a punto de concluir su primera fase, dará muchos frutos en el futuro. En el nivel más profundo, tal vez imperceptiblemente, está plantando las semillas de la conversión, o metanoia, un cambio de mentalidad y comportamiento hacia una mayor apertura mutua en el Espíritu Santo. Un proceso sano de participación y comunión puede inspirar un cambio de corazón y, a su vez, la conversión de una persona puede ser un chorro de agua limpia que refresca el cuerpo. Esta es nuestra oración.
Oración: la vuelta de nuestros corazones y mentes a Dios; el Ayuno: dejar ir lo que nos está dañando, así como sacrificar los placeres simples por un bien mayor; y la Caridad: la generosidad sacrificial por el bien de los demás, y por nuestra propia conversión, son las armas del espíritu, y la medicina para mucho de lo que nos aflige. Son más accesibles que los medicamentos de venta libre y se sirven a pedido sin necesidad de descargar una aplicación.

“Y que el mismo Señor de la paz les dé la paz a ustedes en todo tiempo y en todas formas. Que el Señor esté con todos ustedes.” (2 Tesalonicenses 3:16)

Synod, foundation of church restoration

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
The fire that nearly destroyed Notre Dame Cathedral in Paris seems like a distant memory. In fact, it occurred less than three years ago on April 15, 2019, but we would agree that it has faded from the public’s awareness. This is due in large part to the pandemic which has been burning non-stop for the past two years with its accompanying social and economic upheavals. Yet, the labor of love to restore this world-renowned icon has not lost momentum, although it progresses out of the public view.

Bishop Joseph R. Kopacz

The massive undertaking for the complete restoration of Our Lady’s house of worship is slated for 2024. This anticipated time frame is nothing short of a miracle, and it brings to light the commitment of the French nation, believer and non-believer alike, to restore this priceless national treasure.

Although the practice of the Catholic faith in France and in much of Europe is struggling to emerge out of the ashes of disregard, the flow of pilgrims and tourists to this 800-year-old Medieval masterpiece is robust. Neither the church nor the state wants to face the future in the absence of this transcendent icon of faith and culture. Fortunately, the statues of the 12 Apostles got out of town four days before the fire for their own scheduled restoration. They are providing a good foundation upon which to rebuild.

On that note, Pope Francis, the successor of St. Peter, in collaboration with bishops throughout the world, the successors of the Apostles, is calling for a grass roots effort among the faithful to embrace a process of renewal and restoration in the church through the Synod on Synodality. In recent times, many forces have ravaged the church like a destructive fire and scattered the faithful, including the pandemic, scandals, divisions and a general hostility toward all things religious. Pope Francis hopes that the Synodal process of communion, participation and mission can be a counterweight to the pressures that are tearing at the fabric of the church’s unity and integrity.

The spirit of the Synod has been evident in the major works of Pope Francis since the outset of his papacy. From the Joy of the Gospel to his most recent works, Fratelli Tutti and Let us Dream as the pandemic continued to engulf the world, his heartfelt vision is that fraternity will rise to the level of liberty and equality, creating an authentic solidarity within the church and among the nations of our world in the face of glaring disparity. His hope is that through a world-wide synodal process the Holy Spirit can breathe new life into the church, and in turn the church can be a witness to the world of the good fruit of dialogue, respectful listening and discernment on behalf of the common good.

Experience informs us that this Synodal process of encounter and accompaniment cannot succeed apart from prayer and the Word of God. Otherwise, polarization and politicization will derail the best of intentions, and the divisions within the church and all around her will spoil the moment. Rather, arising from our fundamental identity as the Body of Christ, we have developed a process in the Diocese of Jackson of communion, participation and mission that appeals to our better angels.

Under the gaze of the Holy Spirit seeks to kindle the voice of the faithful in order to better read the signs of the times with the mind and heart of Jesus Christ. We have developed the process in order to maximize the level of participation in our parishes and schools, and in a whole host of organizations and extra-parochial ministries. We hope that there will be much to digest from which will emerge our diocesan 10-page synthesis that eventually will be a stream flowing into a mighty river that will flow all the way to Rome.

If believers and non-believers in admirable fraternity can commit themselves to the full restoration of Notre Dame, a transcendent icon of faith and culture, then it is our hope that the Holy Spirit will guide the people of God in the Diocese of Jackson and throughout the world in the restoration of the church which is the icon and sacrament of salvation.

Mary, Mother of the Church, pray for us!

Sínodo, Fundamento de Iglesia Restaurada

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
El incendio que casi destruye la catedral de Nuestra Señora de París (Notre Dame) parece un recuerdo lejano. De hecho, ocurrió hace menos de tres años, el 15 de abril de 2019, pero estaríamos de acuerdo en que el hecho se ha desvanecido de la conciencia del público. Esto se debe en gran parte a la pandemia, que ha estado ardiendo sin parar durante los dos últimos años, con todos los trastornos sociales y económicos que la acompañan. Sin embargo, el trabajo de amor para restaurar este ícono de renombre mundial no ha perdido impulso, aunque la restauración progrese fuera de la vista del público.

Obispo Joseph R. Kopacz

La masiva empresa para la completa restauración de la casa de culto de Nuestra Señora está programada para 2024. Este marco de tiempo anticipado es nada menos que un milagro, y saca a la luz el compromiso de la nación francesa, creyentes y no creyentes por igual, para restaurar este tesoro nacional de valor incalculable.

Aunque la práctica de la fe católica en Francia y en gran parte de Europa está luchando por emerger de las cenizas del desprecio, el flujo de peregrinos y turistas a esta medieval obra maestra de 800 años es muy fuerte. Ni la iglesia ni el estado quieren enfrentar el futuro sin este ícono trascendente de fe y cultura. Afortunadamente, las estatuas de los 12 Apóstoles salieron de la ciudad, cuatro días antes del incendio, para su propia restauración programada y las mismas están proporcionando una buena base sobre la cual reconstruir.

En ese sentido, el Papa Francisco, el sucesor de San Pedro, en colaboración con los obispos de todo el mundo, los sucesores de los Apóstoles, está llamando a un esfuerzo de base entre los fieles para abrazar un proceso de renovación y restauración en la iglesia a través del Sínodo sobre la Sinodalidad. En los últimos tiempos, muchas fuerzas han devastado la iglesia como un fuego destructivo y dispersado a los fieles, incluida la pandemia, los escándalos, las divisiones y la hostilidad general hacia todo lo religioso. El Papa Francisco espera que el proceso sinodal de comunión, participación y misión pueda ser un contrapeso a las presiones que están desgarrando el tejido de la unidad e integridad de la iglesia.

El espíritu del Sínodo ha sido evidente en las principales obras del Papa Francisco desde el comienzo de su papado. Desde la Alegría del Evangelio hasta sus obras más recientes, Fratelli Tutti y Soñemos, mientras la pandemia continuaba envolviendo al mundo, su visión sincera es que la fraternidad se elevará al nivel de libertad e igualdad, creando una auténtica solidaridad dentro de la iglesia y entre las naciones de nuestro mundo frente a la flagrante disparidad. Su esperanza es que, a través de un proceso sinodal mundial, el Espíritu Santo pueda dar nueva vida a la iglesia y, a su vez, la iglesia pueda ser testigo al mundo del buen fruto del diálogo, la escucha respetuosa y el discernimiento en nombre del bien común.

La experiencia nos enseña que este proceso sinodal de encuentro y acompañamiento no puede tener éxito sin la oración y la Palabra de Dios. De lo contrario, la polarización y la politización harán descarrilar las mejores intenciones y las divisiones dentro y alrededor de la iglesia estropearán el momento. Más bien, surgiendo de nuestra identidad fundamental como el Cuerpo de Cristo, en la Diócesis de Jackson hemos desarrollado un proceso de comunión, participación y misión que apela a nuestros mejores ángeles.

Bajo la mirada del Espíritu Santo buscamos encender la voz de los fieles para leer mejor, con la mente y el corazón de Jesucristo, los signos de los tiempos. Hemos desarrollado el proceso para maximizar el nivel de participación en nuestras parroquias, escuelas y en una gran cantidad de organizaciones y ministerios extra parroquiales. Esperamos que haya mucho que digerir, de lo cual surgirá nuestra síntesis diocesana de 10 páginas que, eventualmente, será una corriente que desemboque en un río caudaloso que fluirá hasta Roma.

Si creyentes y no creyentes, en una fraternidad admirable, pueden comprometerse con la restauración completa de Notre Dame, un ícono trascendente de fe y cultura, entonces esperamos que el Espíritu Santo guíe al pueblo de Dios en la Diócesis de Jackson y en todo el mundo en la restauración de la iglesia que es icono y sacramento de salvación.

María, Madre de la Iglesia, ¡Ruega por nosotros!

Aperuit Illis and Sunday of the Word of God

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
On Sept. 30, 2019, on the feast of St. Jerome, Pope Francis promulgated his Apostolic Letter, Aperuit Illis designating the third Sunday in January as Sunday of the Word of God. This blessed designation, a praiseworthy compliment to Corpus Christi, the Solemnity of the Body and Blood of the Lord, will over time, serve to integrate and enliven the Sacred Scriptures into the liturgical life of the church, and the daily life of Catholics. St. Jerome dedicated his life to the translation of the entire bible into Latin from the Hebrew of the Old Testament and the Greek of the New Testament.
Pope Francis in his Apostolic Letter yearns for us to “to appreciate the inexhaustible riches contained in the constant dialogue with and among the Word of God, the risen Lord, and his people.”

Bishop Joseph R. Kopacz

The Bible is a living word, fashioned by the Holy Spirit over two thousand years, and proclaimed and preached upon, studied and taught over the next two thousand years in what we as Catholics accept as tradition. It is the living Word of God, the heart and soul of the church’s life and ministry, that continues to form the Lord’s body, the church. “The heavens and the earth will pass away, but my Word will never pass away.” (Luke 21:33)

The sacred scriptures that the Catholic Church throughout the world proclaimed last weekend wonderfully portrayed the dialogue that is ever active between the risen Lord and his body, through the living Word of God.

In Sunday’s Gospel, in the synagogue in Nazareth, the Lord rolled up the scroll from the prophet Isaiah after announcing liberation, freedom, sight to the blind, and a year of grace and favor proclaiming: “Today this Scripture passage is fulfilled in your hearing.” (Luke 4:21)
Why? Because Jesus is the Good News who comes with salvation for all who hear his voice and become his disciples.

All Scripture is inspired by God (2Tim 3:16) and intended to lead us to Jesus Christ, but without a doubt, the most important words in all of the Bible are the ipsissima verba of Jesus, his very own words.

His inaugural address in the synagogue in Nazareth, where he was a member all of his life, is among some of his most inspiring and hopeful. In the first reading last weekend from the Book of Nehemiah, Ezra, the priest and scribe, spoke to the Israelites who gathered to hear the Word of God after years in exile. “For this day is holy to Our Lord; and do not be grieved, for the joy of the Lord is your strength.” (Nehemiah 8:10) We can take these encouraging words to heart each time we gather in faith.

Aperuit Illis is the title of Pope Francis’ Apostolic Letter that inaugurated “Sunday of the Word of God. Literally, it means “he opened for them” and it is taken from the resurrection appearance on the road to Emmaus.

This year, as we strive to deepen our love for the Lord in the Year of the Eucharist, let us turn to the story of Emmaus when the risen Lord walked with two of his forlorn disciples, burning his words into their hearts, opening their minds to understand the scriptures that referred to Him, and then their eyes to recognize Him in the breaking of the bread.

Finally, the two disciples dashed from the place they were staying to announce the Good News. This scripture passage is the paradigm for the Mass when we are fed from the table of the Word of God and the table of the Eucharist, and then at the conclusion of our worship, we are sent to announce the Gospel with our lives.

Regarding the Word of God in other settings apart from Mass, we believe that God is always inviting us to grow in our faith and in our love for the scriptures. In the Book of Revelation, we have the beloved passage that has become a centerpiece for God’s initiative. “Behold, I am standing at the door knocking. If one of you hears my voice and opens the door, I will enter and we will dine together.” (Revelations 3:20)

Pope Francis encourages us, “if we hear his voice and open the doors of our minds and hearts, then he will enter our lives and remain with us.” May we become at home with the bible in whatever way is possible in our daily lives.
In season and out of season, in good times and in bad, may the joy of the Lord be our strength. With our Blessed Mother and all the saints, may we hear the Word of God and put it into practice. May the proclamation of God’s Word on every weekend enlighten our minds and hearts to know that the Lord is always near.

Aperuit Illis y Domingo de la Palabra de Dios

Por Obispo Joseph R. Kopacz, D.D.
En la fiesta de San Jerónimo, el 30 de septiembre de 2019, el Papa Francisco promulgó su Carta Apostólica Aperuit Illis, designando el tercer domingo de enero como Domingo de la Palabra de Dios. Esta bendita designación, un digno cumplido del Corpus Christi, la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor, servirá con el tiempo para integrar y vivificar las Sagradas Escrituras en la vida litúrgica de la iglesia y en la vida diaria de los católicos. San Jerónimo dedicó su vida a la traducción de toda la Biblia al latín: el Antiguo Testamento desde el idioma Hebreo y el Nuevo Testamento desde el Griego.

El Papa Francisco, en su Carta Apostólica anhela que “apreciemos las riquezas inagotables contenidas en el diálogo constante con y entre la Palabra de Dios, el Señor resucitado y su pueblo.”

La Biblia es una palabra viva, formada por el Espíritu Santo durante dos mil años y proclamada, predicada, estudiada y enseñada durante los próximos dos mil años en lo que nosotros, como católicos, aceptamos como una tradición. Es la Palabra viva de Dios, el corazón y el alma de la vida y el ministerio de la iglesia, la que continúa formando el cuerpo del Señor, la iglesia. “Los cielos y la tierra pasarán, pero Mi Palabra nunca pasará.” Lucas 21:33

Obispo Joseph R. Kopacz

Las Sagradas Escrituras que la Iglesia Católica en todo el mundo proclamó el fin de semana pasado retrataron maravillosamente el diálogo siempre activo entre el Señor resucitado y su cuerpo, a través de la Palabra viva de Dios.

En el Evangelio del domingo, en la sinagoga de Nazaret, el Señor enrolla el pergamino del profeta Isaías después de anunciar la liberación, la libertad, la vista a los ciegos y un año de gracia y favor proclamando “Hoy mismo se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oír.” Lucas 4:21

¿Por qué? Porque Jesús es la Buena Noticia que viene con la salvación para todos los que escuchan su voz y se hacen sus discípulos.

Toda la Escritura está inspirada por Dios (2Tim 3:16) y tiene la intención de llevarnos a Jesucristo, pero sin duda, las palabras más importantes de toda la Biblia son la ipsissima verba de Jesús, sus propias palabras.

Su discurso inaugural en la sinagoga de Nazaret, donde fue miembro toda su vida, se encuentra entre algunos de los más inspiradores y esperanzadores. En la primera lectura del Libro de Nehemías el fin de semana pasado, Esdras, el sacerdote y escriba, habló a los israelitas que se reunieron para escuchar la Palabra de Dios después de años en el exilio. “…hoy es un día dedicado a nuestro Señor., No estén tristes, porque la alegría del Señor es nuestro refugio.” (Nehemías 8:10) Nosotros podemos tomar en serio estas palabras de aliento cada vez que nos reunimos en fe.

Aperuit Illis es el título de la Carta Apostólica del Papa Francisco que inauguró el “Domingo de la Palabra de Dios.” Aperuit Illis, literalmente significa “les abrió” y está tomado de la aparición de la resurrección en el camino a Emaús.
Este año, mientras nos esforzamos por profundizar nuestro amor por el Señor en el Año de la Eucaristía, volvamos a la historia de Emaús cuando el Señor resucitado caminó con dos de sus discípulos afligidos, grabando sus palabras en sus corazones, abriendo sus mentes, para entender las escrituras que se referían a Él y luego sus ojos para reconocerlo en la fracción del pan.

Finalmente, los dos discípulos salieron corriendo del lugar donde se encontraban para anunciar la Buena Nueva. Este pasaje de las Escrituras es el paradigma de la Misa, cuando somos alimentados en la mesa de la Palabra de Dios y la mesa de la Eucaristía, y, luego, al concluir nuestro culto, somos enviados a anunciar el Evangelio con nuestras vidas.

En cuanto a la Palabra de Dios en otros escenarios además de la Misa, creemos que Dios siempre nos está invitando a crecer en nuestra fe y en nuestro amor por las Escrituras. En el Libro de Apocalipsis, tenemos el amado pasaje que se ha convertido en la pieza central de la iniciativa de Dios. “Mira, yo estoy llamando a la puerta; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos.” Apocalipsis 3:20

El Papa Francisco nos anima, “si escuchamos su voz y abrimos las puertas de nuestras mentes y corazones, entonces él entrará en nuestras vidas y permanecerá con nosotros.” Que nos sintamos cómodos con la Biblia en cualquier forma posible en nuestra vida diaria.

En estación y fuera de estación, en las buenas y en las malas, que el gozo del Señor sea nuestra fortaleza. Con nuestra Santísima Madre y todos los santos, que escuchemos la Palabra de Dios y la pongamos en práctica. Que la proclamación de la Palabra de Dios, cada fin de semana, ilumine nuestras mentes y corazones para saber que el Señor siempre está cerca.

Holy Trinity at work in diocese

By Bishop Joseph R. Kopacz, D.D.
This past weekend we celebrated the Baptism of the Lord, the culmination of the Christmas season when the voice of our loving God resounded over the Jordan River after the baptism of his beloved Son who stood as one with his Father in heaven, bathed in the light of the hovering Holy Spirit. In that moment at the outset of Jesus’ public ministry, the loving unity of the Holy Trinity was proclaimed for all to hear.

Indeed, “God is love.” God the Father’s voice was the reassurance for all of the voices of the patriarchs and prophets, kings and suffering servants yearning for the Messiah over centuries. When the fullness of time unfolded, we heard the voices of the angels, shepherds and magi, the testimony of Matthew, Mark, Luke and John our beloved evangelists, and finally the testimony of John the Baptist, “behold the Lamb of God.”

Through faith and baptism, we are center stage in this divine drama. On the one hand this is largely evident when we raise up our voices in prayer, especially at Mass. When we choose to keep holy the “Lord’s Day” and gather in our churches as the Body of Christ, by God’s grace; we can recognize that we too are God’s beloved children, sisters and brothers in Jesus Christ, and temples of the Holy Spirit.

Bishop Joseph R. Kopacz

Remember the Lord’s assurance, that “the least born into the Kingdom of Heaven is greater than John the Baptist” and all who preceded him. The heavens were opened at the moment of Jesus’ baptism and remain permanently so in his death and resurrection so that the glory of God will shine forever on the face of Jesus Christ.

The star of faith enlightens our minds and hearts to know that love is our origin, love is our constant calling, and love is our fulfillment in heaven. The church by its very nature is the sacrament of salvation pointing the way to the heavens for all the world to see.

On the other hand, standing upon the cornerstone of faith in the divine drama, all the baptized, grafted onto to the vine are intended, by God’s design and grace, to live as God’s beloved in the world. The church throughout the world and on the local level is a living body where the least, as St. Paul eloquently wrote, are given special attention. Our faith in Jesus Christ is deeply personal and at the same time, never individualistic. Grafted on the vine of Jesus Christ, we are members of his body with different gifts, ministries and works for the common good beginning at home, in the church and in the world.

As you turn the pages of this edition of the Mississippi Catholic, I invite you to do so through the lens of our unity with the Holy Trinity and the bond that is established with one another through faith and baptism. For example, the Catholic Service Appeal is very balanced in its structure and purpose. Each year your generosity strengthens the Body of Christ throughout the Diocese of Jackson through many ministries, while also serving many on the margins of our communities through Catholic Charities who may never be able reciprocate in turn. Thus, our Service Appeal is genuinely Catholic.

The Synod on Synodality that is well underway in the Diocese of Jackson and in the church throughout the world is an extraordinary way to raise up our voices in prayer and dialogue. Although gatherings will occur in our parishes and other ministries at different times throughout February, the prayer and scriptures passages that guide these encounters will be the same for everyone, a visible sign of the unity that the Lord intends, and an opportunity to strengthen this bond under the hovering presence of the Holy Spirit and the loving gaze of our God.

Lastly, we can understand the annual diocesan report through the lens of this bond of unity. There are many moving parts in a complex organization that must be managed, and the Diocese of Jackson is no different in this respect. Yet, on the deeper level we pray to never forget who we are so that all our daily labor in support of our ministries is not a matter of maintenance, but truly of mission.

We are God’s children now, members of the body of the Beloved Son of God, encouraging one another to be fully alive with the mind and heart of Jesus Christ. May our voices and actions point the way for our struggling and suffering world.

All that we do as the Catholic Diocese of Jackson is the work of our faith and baptism in the power of the Holy Trinity.