Necesitamos más funerales

ESPÍRITU Y VERDAD

Por Padre Aaron Williams

Tal parece que cada vez más nos estamos refiriendo al tiempo como “antes de COVID” o “después de COVID.”

 Uno de los efectos de la pandemia de COVID ha sido la tendencia de las familias a solicitar la renuncia a la Misa fúnebre normal y tener simplemente un “servicio junto a la tumba” al aire libre para sus seres queridos fallecidos. Por lo general, esto se hace para evitar reunir a una gran multitud y porque el servicio se lleva a cabo al aire libre junto a la tumba.

 Sin embargo, me temo que también a veces las familias están haciendo uso de esta excusa para evitar el estrés o el gasto que suele conllevar la planificación de un funeral completo. En estas situaciones, por lo general me gusta aconsejar a las personas que es mucho menos probable que se arrepientan de tener un funeral para su ser querido fallecido a que se arrepientan de no haberlo hecho.

Padre Aaron Williams

Pero nosotros, como católicos, no creemos en la necesidad de las Misas fúnebres simplemente porque parece “lo correcto”. Nosotros creemos que la Misa fúnebre católica cumple un trabajo espiritual, que está ausente en un funeral sin Misa y mucho menos en un “servicio junto a la tumba.” Tal vez sea importante mencionar que técnicamente no existe un rito católico para un “servicio junto a la tumba;” simplemente hay un rito del entierro, que siempre se hace junto a una tumba, ya precedido de una Misa fúnebre o no.

El mundo secular ha comenzado a llamar a los funerales “celebraciones de vida”, pero esto se opone fundamentalmente a la comprensión católica de un funeral. Cuando un católico va a un funeral, no estamos allí porque necesitamos celebrar una vida vivida y ahora terminada. En la muerte “la vida se cambia, no se acaba”, decimos en el prefacio fúnebre. Un funeral que simplemente menciona la vida terrenal de una persona niega nuestra creencia en la resurrección y la necesidad muy real que los muertos tienen de nuestras oraciones.

En el Segundo Libro de los Macabeos, escuchamos la historia de Judas Macabeo y sus soldados reuniendo los cuerpos de los que habían caído en la batalla y ofreciendo oraciones y sacrificios por ellos. Esto se hizo porque Judas se dio cuenta de que estos hombres caídos habían cometido el pecado de idolatría y que éste necesitaba ser expiado.

Registra el autor sagrado que después “hicieron una oración para pedir a Dios que perdonara por completo el pecado que habían cometido. El valiente Judas recomendó entonces a todos que se conservaran limpios de pecado, ya que habían visto con sus propios ojos lo sucedido a aquellos que habían caído a causa de su pecado. Después recogió unas dos mil monedas de plata y las envió a Jerusalén, para que se ofreciera un sacrificio por el pecado. Hizo una acción noble y justa, con miras a la resurrección. Si él no hubiera creído en la resurrección de los soldados muertos, hubiera sido innecesario e inútil orar por ellos.” (2 Macabeos 12:42-44).

El propósito fundamental del funeral católico es orar por los muertos, y la oración más eficaz que podemos ofrecer es la Santa Misa. Por lo tanto, no hay mayor oración por nuestros queridos difuntos que una Misa funeral. Al hacerlo, cumplimos una obra de misericordia tanto espiritual como corporal, orando por los muertos y sepultándolos.

Todos los textos y oraciones del funeral católico apuntan a esta doble realidad: (1) que los muertos necesitan oración y purificación a causa de sus pecados y (2) que Dios es misericordioso y nos promete la esperanza de la resurrección a vida eterna. Llegamos al funeral, en palabras del Padre Paul Scalia, predicando en el funeral de su padre, Justin Antonin Scalia, “para prestar nuestras oraciones a ese perfeccionamiento, a esa obra final de la gracia de Dios, al liberar [a los muertos] de todo estorbo del pecado.”

La emoción general de la Misa exequial es la misericordia, razón por la cual, incluso en la liturgia reformada, el color litúrgico prescrito para un funeral es el violeta o el negro. En las Diócesis de los Estados Unidos, el blanco se otorga por indulto como tercera opción “cuando sea pastoralmente apropiado”. Cabe señalar que, en algunas culturas, particularmente en algunas culturas asiáticas, el blanco es el color del luto, lo que lo convierte en una elección adecuada en estos contextos.

La Misa exequial, o Misa de Cuerpo Presente, no es, como algunos la llaman, una “celebración de la resurrección,” pues sabemos que antes de ser elevados a la perfección del cielo, la mayoría de los cristianos deben pasar por la purificación espiritual que Dios ofrece a las almas del purgatorio. Hacemos una gran injusticia a nuestros seres queridos fallecidos al no orar por ellos.

A menudo, cuando planeamos funerales, nos llenamos de emociones difíciles y queremos olvidar la realidad de la muerte distrayéndonos con pensamientos más felices. Pero la verdad es que la muerte es el resultado de la Caída, del pecado de nuestros primeros padres y de nuestra pecaminosidad heredada.

 La esperanza y el gozo de la muerte cristiana es que Cristo pueda purificarnos con su gracia y hacernos dignos de su presencia para siempre. Y podemos prestar nuestra ayuda a este perfeccionamiento por nuestras propias obras de oración, ayuno y limosna y muy especialmente por nuestra ofrenda de la Santa Misa.