Contagiada por el fervor del venerable Fulton Sheen, un hombre plenamente vivo

Ely Segura , OSV News

Me pregunto dónde estaba yo que no conocía al arzobispo Fulton Sheen hasta hace relativamente poco. Fue hasta mi llegada a Chicago en el 2019 cuando su nombre empezó a ser familiar para mí, sólo eso. Su nombre.

Una noche, mientras navegaba en YouTube buscando material para mi ministerio parroquial, me topé con un video cincuentero en el que un elocuente y vivaz obispo compartía sabias palabras sobre el sentido de nuestra existencia. Se trataba del hoy venerable Fulton John Sheen en una de las transmisiones de su reconocido programa “Life is Worth Living” (algo así como “la vida merece ser vivida”). Quedé prendada inmediatamente.

Al escuchar a Fulton Sheen por primera vez sentí una nostalgia ajena; nostalgia de algo grande que no viví en su momento, pero que comprendí había sido un parteaguas para la Iglesia estadounidense del siglo pasado. Un hombre pleno, lleno de Dios, hablaba con valentía y entusiasmo sobre el Dios trinitario a través de la televisión nacional, portando con orgullo y gozo las vestiduras de un obispo católico. ¡Excelente! ¡Piel de gallina inmediatamente!

Su obra, como toda obra de Dios, perdura hasta nuestros días, expandiéndose por todo el mundo. Porque, por ejemplo, el rosario misionero yo sí que lo conocía y sí que lo había rezado con la misma intención con la que lo había concebido Sheen en 1951.

Leí por ahí una frase atribuida a la escritora chilena Isabel Allende que resonó mucho en mí: No tengo miedo a la muerte; le tengo miedo a la falta de pasión, a no haber vivido con suficiente intensidad. Ya había aludido a ello San Ireneo de Lyon en el segundo siglo del cristianismo cuando afirmó: “la gloria de Dios es el hombre viviente: y la vida del hombre es la visión de Dios”. 

Para mí, el venerable Fulton Sheen es el prototipo del ser humano que cumple estas declaraciones. Fue un ser humano repleto de la gracia y la sabiduría divina capaz de afirmar, con su testimonio –pese a sus numerosas vicisitudes y altibajos–, que la vida es digna de ser vivida, apreciada y contagiada en cada segundo en que nos es donada.

En mayo de 2024, cumplí una tarea que me había propuesto antes de abandonar Chicago. Visitar el Museo del arzobispo Fulton Sheen, situado en el Centro Pastoral de la Diócesis de Peoria. 

Me preparé brevemente antes de mi visita leyendo un entrañable libro de memorias escrito por Joan Sheen Cunningham (sobrina del obispo) titulado “Mi tío Fulton Sheen”. Reservé una habitación de un hotel cercano al museo por un par de días y, con el entusiasmo de Pentecostés de aquellos días, emprendí un viaje por tren a Peoria. 

El museo está a pocos pasos de la Catedral de Santa María de la Inmaculada Concepción, en donde el joven Fulton Sheen fuera ordenado sacerdote en 1919, y en donde reposan hoy sus restos mortales. 

Aunque, en realidad, es un espacio pequeño y sencillo, yo experimenté allí una emoción desbordante que debí contener porque había hecho esa peregrinación por mi cuenta y no tenía alguien allí presente con quien compartirla.

Durante mi estancia en Peoria visité el museo y la catedral dos veces. Traté de absorber al máximo toda la información tan exquisitamente seleccionada y todos los objetos tan armónicamente exhibidos. Miré con calma el filme que se proyecta en una sala inspirada en el programa “Life is Worth Living”. Me encantó. Compré una copia de este film para compartir su contenido con mi comunidad posteriormente. 

Es fácil imaginar el gozo que sentí cuando en marzo de este año el Vaticano anunció la fecha oficial de la beatificación de Sheen. Para celebrarlo, propuse “Tesoro en vasija de barro”, su autobiografía espiritual, como título para mi club de lectura católico en abril pasado.

Me gozo con toda la Iglesia. Me gozo porque otro de los nuestros es elevado a los altares. Siento muchas ganas de contagiar esta admiración por él, su fidelidad a Cristo y la manera en cómo nos enseñó a vivir. Al venerable le presento constantemente mis intenciones pastorales y profesionales, y ruego para que otras personas no pasen por esta vida –como yo por tanto tiempo– sin tener la dicha de conocer la existencia de este formidable ser humano.

Ely Segura es laica, creadora del proyecto Teófilo, una iniciativa para la formación en la fe de adultos hispanos en Estados Unidos. (www.proyectoteofilo.com)